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jueves, 20 de octubre de 2011
Memorias de uno a quien no sucedió nada, de Enrique Menénez Pelayo
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[5330] Comentarios[0]
En 1936 Kipling publicó su último libro, “Algo de mi mismo”, un tomo de memorias al que, con agudo sentido del humor, Borges puso por su cuenta un malévolo subtítulo: “Mas bien nada”. Esta anécdota borgiana siempre me ha hecho pensar en las memorias póstumas de Enrique Menéndez Pelayo, “Memorias de uno a quien no sucedió nada” (Madrid, 1922), a las que yo, tratando de imitar al genio argentino, también he colocado un subtítulo aclaratorio: “Aunque ese nada fue bastante”




Juan Antonio González Fuentes

En 1936 Kipling publicó su último libro, Algo de mi mismo, un tomo de memorias al que, con agudo sentido del humor, Borges puso por su cuenta un malévolo subtítulo: “Mas bien nada”. Esta anécdota borgiana siempre me ha hecho pensar en las memorias póstumas de Enrique Menéndez Pelayo, Memorias de uno a quien no sucedió nada (Madrid, 1922), a las que yo, tratando de imitar al genio argentino, también he colocado un subtítulo aclaratorio: “Aunque ese nada fue bastante”.

El título de las memorias de Enrique Menéndez Pelayo ofrece muchas posibilidades de comentario. Quizá lo primero que llama la atención es su deliberado contrasentido, es decir, por lo general se deja memoria de lo extraordinario que uno le ha tocado vivir, no de lo ordinario. Imagino que uno se plantea dar testimonio de sus vivencias cuando cree que le han sucedido cosas que pueden, por algún motivo, interesar a alguien. Si se confiesa que a uno no le ha sucedido nunca nada reseñable en la vida, ¿para qué testimoniar esa nada? Se me ocurren al menos tres razones que pudieron propiciar un título como este, no siendo ni mucho menos excluyentes entre sí. Una: llama la atención de cualquier lector. Dos: revela un profundo sentido del humor de carácter muy santanderino. Tres: proyecta un mensaje de asumida y subrayada modestia.

En cuanto al “sentido del humor santanderino”, lo cierto es que el comentario merecería una explicación por extenso, pero tan por extenso, que es imposible ofrecerla aquí. Por lo que respecta al asunto de la modestia, este debería ser entendible por cualquier español medianamente culto que habite en una población de más de veinte calles, pues apostaría a que no hay ningún “núcleo poblacional” con esa característica que no tenga una dedicada a Menéndez Pelayo, don Marcelino. Y es que Enrique fue durante toda su existencia, por encima de cualquier otra condición o circunstancia, el hermano de un genio, o de alguien considerado un genio por todo su entorno, toda su sociedad, desde muy temprana edad.

Ser hermano de “un genio” no debe ser nada fácil, hay que reconocerlo. En este sentido, y a mi modo de ver las cosas, Enrique adoptó una postura de enorme dignidad. Aceptó el hecho de la “genialidad” de Marcelino sin envidiosa pataleta, dio un sensato paso atrás, e incluso se convirtió en uno de los principales adalides de la figura de su hermano. Muchos son los adjetivos que podrían calificar a Enrique; el de imbécil no es uno de ellos.



Enrique Menéndez Pelayo (1861-1921)

Quien se acerque a la biografía de Enrique Menéndez Pelayo en seguida se percatará de que le sucedieron bastantes cosas en los años que rememora. Abandona nuestro autor sus recuerdos en 1893, siendo un treinteañero y narrando su experiencia como médico en el santanderino Hospital de San Rafael tras la devastadora explosión del carguero Cabo Machichaco. En su evocación biográfica quedan recogidos, por ejemplo, acontecimientos políticos (La Gloriosa, el reinado de Amadeo de Saboya…), su etapa de estudiante de medicina en Valladolid y Madrid, su trabajo como administrativo en la capital de España, su relación con la malograda Eladia Echarte, las tertulias y entretenimientos en los que participó en su primera juventud, su vocación literaria y periodística, la relación con su hermano Marcelino, el nacimiento y desarrollo de la célebre biblioteca del erudito, su titularidad como médico en el Hospital de San Rafael…Todo un conjunto de remembranzas que, hilvanadas con adecuadas dosis de gracia y ligereza, constituyen un entretenido, preciso e interesante relato, ineludible hoy para quien desee saber algo de la cotidianeidad pequeño burguesa en la pujante Santander de las últimas décadas del XIX.

Memorias de uno a quien no sucedió nada quizá sea la única obra perenne de Enrique Menéndez Pelayo, autor que publicó bastantes títulos más en campos como la poesía, la novela breve, el relato y el teatro. Todos trabajos epigonales, escasos de fuerza y personalidad, lastrados por la influencia de autores como José María de Pereda o Amos de Escalante, referencias que, seamos sinceros, tampoco permiten levantar mucho el vuelo.

Lo mejor de sus memorias, desde un punto de vista estilístico, es que no se presentan recogidas dentro del corsé literario de los autores mencionados y de otros pertenecientes a la llamada Escuela Montañesa. Las Memorias de uno a quien no sucedió nada discurren con la frescura más directa, eficaz, fácil e inmediata del Enrique periodista. Lean sin prejuicio ni grandes expectativas estas memorias de Enrique Menéndez Pelayo. Estoy casi convencido de que al llegar al final, aunque quizá lo duden, no tendrán la misma opinión que tuvo Borges de las del señor Kipling.

***


Últimas colaboraciones de Juan Antonio González Fuentes (Julio-Agosto 2011) en la revista electrónica Ojos de Papel:

LIBRO: John Williams: Stoner (Baile del Sol, 2011)

LIBRO (junio 2011): Sinclair Lewis: Doctor Arrowsmith (Nórdica, 2011)

LIBRO (mayo 2011): Sándor Márai: La gaviota (Salamandra, 2011)

LIBRO (abril 2011: James Ellroy: A la caza de la mujer (Mondadori, 2011)

LIBRO (marzo 2011): Charles Portis: Valor de ley (DeBolsillo, 2011)

LIBRO (febrero 2011)
: Luis García Jambrina: El manuscrito de nieve (Alfagurara, 2010)

LIBRO (enero 2011): Nicholson Baker: El antólogo (Duomo Ediciones, 2010)

LIBRO (diciembre 2010): William Kennedy: Roscoe, negocios de amor y guerra (Libros del Asteroide, 2010)

LIBRO (noviembre 2010): Joyce Carol Oates: Bestias (Papel de Liar, 2010)

LIBRO (octubre 2010): Kazuo Ishiguro: Nocturnos (Anagrama, 2010)

LIBRO (septiembre 2010): Andrés Trapiello: Las armas y la letras. Literatura y guerra civil (1936-1939) (Destino, 2010)

LIBRO (julio 2010): Oriol Regàs: Los años divinos (Destino, 2010)

LIBRO (junio 2010): Peter Sloterdijk: Ira y tiempo. Ensayo psicopolítico (Siruela, 2010)

LIBRO (mayo 2010): Irène Némirovsky: El caso Kurílov (Salamandra, 2010)

LIBRO (abril 2010): Elizabeth Smart: En Grand Central Station me senté y lloré (Periférica, 2009)

CINE (abril 2010): Kathryn Bigelow: En tierra hostil (2008)

LIBRO (marzo 2010): Patrick McGilligan: Biografía de Clint Easwood (Lumen, 2010)

CINE (marzo 2010): Martin Scorsese: Shutter Island (2009)

LIBRO (febrero 2010): Oliver Matuschek: Las tres vidas de Stefan Zweig (Papel de Liar, 2009)

LIBRO (enero 2010): Alex Ross: El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música (Seix Barral, 2009)

CINE (enero 2010): James Cameron: Avatar (2009)


NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, creación, historia, artes, música y libros) como cronológicamente.


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