Ficción
“…porque me gustaba que leyese escenas de la obra que escribía, y a él le gustaba leérmelas, y me avisaba de que, cuando en la representación se llegase a tal frase, que yo podía silbar o aplaudir, y así pasaba por entendido en los puntos críticos de los asuntos dramáticos”.
(“Un hombre que se parecía a Orestes”. Álvaro Cunqueiro)
A pesar de los pesares, tiene sus ventajas ser un ignorante lector. Porque el ignorante lector, que de otras cosas no sabe, sí que es consciente de su complejo. ¿Complejo de qué? Complejo de algo, qué sé yo. Y si no llega a una tan severa categoría de padecimiento sicológico, podría ser más o menos como que al ignorante lector le escuece la envidiosa quemazón de una limitación: la de no haber oteado siquiera la primera balda de las lecturas imprescindibles. Por eso, por llenar los estantes de su enciclopedia personal (entiéndame, la mental, no la física), se afana en recorrer la hoja de ruta que se ha marcado. Pero no transita los caminos del “mainstream” intelectual, ni de los clásicos recientes, tiene que ser diferente y encontrar al autor que nadie conoce, lo que le va a permitir hablar con cierto aire de entendimiento. El ignorante se investirá entonces de una autoridad que va a venir certificada por las cejas arqueadas de quien recibe una explicación. Ni más ni menos que agua oxigenada para el ignorante, H202, con que curar las heridas de su autoestima.