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martes, 16 de octubre de 2007
Mozart: el milagroso adagio del cuarteto nº 12
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[9762] Comentarios[1]
El adagio del cuarteto nº 12 de Mozart es un milagro que ningún ser humano debería morir sin haber escuchado y sentido con plena atención

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Juan Antonio González Fuentes

Si con la aguja de un compás gigantesco pudiera pinchar exactamente mi casa, y trazar alrededor un círculo que en vez de espacio físico estableciese el espacio temporal de quince minutos, delimitaría una geografía en torno a mi hogar en el que con una inversión máxima, insisto, de quince minutos andando, tendría la posibilidad de acercarme a la filmoteca regional de Cantabria, o a la filmoteca municipal de Santander en el cine Los Ángeles, o a mi librería favorita Gil, o a mi puesto preferido de perritos calientes en la plaza de Pombo, o al Ateneo de Santander, o a mi despacho de trabajo, o a la sala de exposiciones del Mercado del Este, o al teatro y sala de exposiciones de Caja Cantabria, o a la sala de exposiciones de la Fundación Botín en la calle del Martillo, a mi pastelería Máximo Gómez de guardia, o al Museo de Bellas Artes, o a la sede de la Fundación Gerardo Diego, o a la Biblioteca de Menéndez Pelayo, o a la chocolatería Áliva, o a media docena de locales de copas y pinchos que de vez en cuando frecuento, o a...

Quiero decir con toda esta retahíla a buen seguro insufrible para el lector, que ando bastante por las calles de mi ciudad y que apenas saco de su aparcamiento el vetusto Golf que heredé de mi padre. Sí, ando mucho por la ciudad, la verdad es que entre semana me desplazo a todos mis los lugares habituales andando, y que mi pequeño escenario vital es en verdad pequeño y muy asequible al paseo.


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Wolfgang Amadeus Mozart


Y cuando paseo canto. No, aún no formo parte de la legión de pirados con distintas mañas y aficiones que pueblan el paisaje urbano de Santander, o al menos no he caído todavía en la cuenta de engrosar tan delirantes filas. Canto o tarareo sólo para mí, para mis adentros, y en tal condición debo decir que he logrado convertirme en un virtuoso de la voz y de varios instrumentos, incluso en un reputadísimo director de orquesta.

Sí, canto arias de ópera, generalmente para tenor, aunque también me atrevo con algunos momentos para barítono especialmente hermosos en mi opinión. La que más veces se repite en mi repertorio silente, no sé por qué a bote pronto, es “Tombe degli avi miei”, de la ópera de Donizetti Lucia di Lammermoor, pero podría nombrar otras muchos instantes de ópera que en mi voz callada hago memorables y merecedores de aplausos y bravos mientras camino.

Pero de un tiempo a esta parte las arias de ópera han quedado arrinconadas en mi repertorio, incluso los conciertos para piano y orquesta que interpreto con las manos en los bolsillos del pantalón o la chaqueta y moviendo los dedos han quedado también olvidados. Desde que no tengo televisión y paso las noches enteras leyendo y escuchando música no me quito de la cabeza, de ninguna manera, una melodía que he redescubierto en el trascurso de estas escuchas atentas y misteriosas en el silencio y la oscuridad de la noche.

Se trata del adagio del cuarteto para cuerdas número 12 de Mozart. Sí, es evidente que ya había oído sus notas en otras ocasiones, pero ha sido ahora cuando esta música ha echado raíces profundas dentro de mí y no me abandona ni al sol ni a la sombra, quizá ya para siempre.

¿Es posible una música en apariencia más sencilla, más relajada, más serena, más etérea, con más alas? Y a la vez, exactamente al mismo tiempo, ¿es concebible una música más profunda, más sabia, más hondamente humana, más insondable, más abarcadora de todo tipo de emociones y pensamientos? Este adagio mozartiano es un milagro construido sobre los soportes menos altivos que imaginarse uno pueda. Su escucha es tan emocionante, tan purificadora, que uno siente que le han dado la vuelta como a un calcetín, que por fin ha topado con una materia producida por alguien que parece haberlo entendido todo: el principio y el final, la razón de ser de la vida y de la muerte, la alegría y la tristeza, la grandeza más absoluta y la modestia destilada hasta la esencia. Todo, de principio y fin parece estar condensado en estos minutos de música prodigiosa y alejada por completo de lo gradilocuente y lo vacuo.

Ningún ser humano debería morir sin haber escuchado y sentido estas páginas cuyas notas contienen lo concebible y lo inconcebible con la serenidad pasmosa que sólo puede estar inmersa en el mayor y más natural de los milagros.

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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


Comentarios
16.02.2009 1:25:12 - Paulina Sanchez



Siempre me ha gustado todo tipo de musica, pero cuando escuche Adagio de Mozart fue increible lo que senti. Y cuando lei este articulo me identifique tanto con este milagro.










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