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Robert de Board: <i>Consulta para Sapos. Una aventura psicológica</i> (milrazones, 2010)

Robert de Board: Consulta para Sapos. Una aventura psicológica (milrazones, 2010)

    AUTOR
Robert de Board

    BREVE CURRICULUM
Es consultor de organizaciones en el Reino Unido. En 1973 fundó un programa de formación experiencial en grupo que dirigió hasta 1999. Ha enseñado gestión y liderazgo a una generación de ejecutivos internacionales en la Henley Business School, de la University of Reading. Además de ayudar a altos ejecutivos a comprender y emplear mejor su inteligencia emocional, es autor de otros dos libros de éxito, Counselling Skills (1994) y El psicoanálisis de las organizaciones (Paidós, 1996)




Tribuna/Tribuna libre
Robert de Board: Consulta para Sapos. Una aventura psicológica
Por Robert de Board, sábado, 1 de mayo de 2010
Robert de Board, en el mundo empresarial un reputado consultor de organizaciones, es además un magnífico comunicador que ha escrito tres libros de éxito. En Consulta para Sapos. Un aventura psicológica (milrazones, 2010) aprovecha los personajes y situaciones de El viento en los sauces, de Kenneth Grahame, un cuento infantil popularísimo en Reino Unido que ha sido traducido varias veces al castellano, para dar una visión más profunda de las relaciones personales. Resulta fascinante observar cómo las actitudes de unos personajes de cuento, sencillos como nosotros mismos, despliegan unas interioridades problemáticas, también como las nuestras y las de nuestros amigos. Y cómo un poco de conocimiento de principios generales válidos para todo el mundo, un poco de inteligencia emocional, puede ayudarnos a mejorar la relación con nosotros mismos y con los demás.

Del postfacio del profesor José Luis Condom Bosch:

Consulta para Sapos es el relato de un proceso terapéutico con constantes referencias al Análisis Transaccional. Posiblemente esta será la frase con que la crítica lo etiquetará. El lector ya se habrá dado perfecta cuenta de que no se trata de un libro que pretenda debatir la teoría de Eric Berne, ni mucho menos imponer una determinada visión de la relación terapéutica. Trata de una manera diáfana de divulgar aquellos aspectos centrales de la teoría estructural de la persona útiles para la vida cotidiana. […] De Board en esta obra explica todo lo que sería necesario saber del porqué nos sentimos mal en determinadas situaciones.

El primer encuentro de Sapo con su counselor

Sería muy largo contar todo lo que pasó los días siguientes. Primero, sus amigos cuidaron a Sapo. Luego lo animaron. Después le dijeron, muy severamente, que se calmara. Por último, le mostraron el negro futuro que le esperaba a menos que se serenara, como dijo elocuentemente Tejón.

Pero nada funcionaba. Respondía lo mejor que podía, pero no había rastro del viejo Sapo, tan lleno de vida y dispuesto a burlar sus bienintencionadas filí­picas. Al contrario, estaba triste y deprimido, y cuanto más le aconsejaban sus amigos lo que debía hacer, más triste y deprimido se encontraba.
Finalmente Tejón no pudo aguantar más. Este admirable animal tenía muchos discursos, pero no le sobraba la paciencia.

—Bien, presta atención, Sapo: esto no puede seguir así. Intentamos ayudarte, pero parece que no quieres —«o no puede», pensó Topo con perspicacia— ayudarte tú mismo. Solo queda una cosa. ¡counseling!

Se hizo un silencio horrorizado. Hasta Sapo se sentó un poco más derecho. Ninguno de los animales sabía bien qué significaba counseling, pero sabían que era una actividad misteriosa a la que se sometía gente que había pasado por algo terrible. Rata, que en el fondo era un conservador, dijo:

—¿De verdad crees que Sapo está tan malo? Es decir, ¿no te parece que todo eso del counseling es una moda? Por los periódicos parece que todo el mundo está en eso del counseling. En mis tiempos, a la gente con problemas se le daba un par de aspirinas. Probablemente les iría mejor —Rati recordaba que la primera idea sobre el counseling había sido suya, y empezaba a encogérsele el estómago.

—Pero tenemos la dirección de un counselor local —terció Topo—. Creía que estábamos de acuerdo en que Sapo debería verlo. Estoy de acuerdo con Tejón.

—Así se habla, Topo —respondió Tejón—. No te preocupes, Rati. Sapo debe estar muy mal, porque hasta el consejo que yo le doy parece caer en oídos sordos. Sé que puedes ser obstinado, Sapo, pero parece que necesitas alguna clase de ayuda que sorprendentemente tus amigos no podemos darte. A grandes males, grandes remedios. Tenemos que inten­tar el counseling.

Y así fue como, tras mucho telefonear y arreglar y empujar y alegar, Sapo llegó a una gran casa llamada El Aguazal. Era un edificio rectangular de tres plantas de ladrillo rojo envejecido a color terracota con algu­nas franjas amarillas. Infundía una sensación de estabi­lidad y delicadeza, parecía la clase de casa donde una familia podría permanecer mucho tiempo. Tras llamar al timbre, Sapo se encontró en una habitación llena de libros con algunas sillas y una mesa grande donde había toda clase de trastos, incluyendo una cabeza de porcelana con palabras inscritas a lo largo y ancho del cráneo. Tenía un letrero: «Frenología, por L. N. Fowler».

Garza entró, era alto y de aspecto sabio, y se sentó en la silla de enfrente de Sapo. Le deseó buenos días, y se quedó mirándolo en silencio. Sapo, que se había acostumbrado a que la gente le hablara, esperó a que empezara el sermón. Pero no pasó nada. En el silen­cio, Sapo sentía cómo le latía la sangre en la cabeza y parecía que subía la tensión de la habitación. Empezó a sentirse muy incómodo. Garza continuaba mirán­dolo. Hasta que Sapo no lo pudo soportar más.

—¿No me va a decir qué tengo que hacer? — preguntó lastimeramente.

—¿Sobre qué? —preguntó Garza.

—Bueno, lo que tengo que hacer para ponerme bien.

—¿Se siente mal?

—Pues sí. Pero ¿verdad que le han hablado de mí?

—¿Quiénes?

—Ya sabe… Tejón, y Rata, y todos esos… —y con estas palabras Sapo empezó a llorar y dejó salir una riada de infelicidad que había acumulado sin saberlo durante mucho tiempo. Garza se mantuvo callado, pero le acercó una caja de pañuelos de papel. Final­mente los sollozos de Sapo remitieron, respiró y se sintió un poco mejor. Entonces habló Garza.

—¿Le gustaría decirme por qué está aquí?

—Estoy aquí —respondió Sapo— porque me hicie­ron venir. Dijeron que lo que me hacía falta era coun­seling y sacaron su teléfono del periódico. Y estoy preparado para escucharle y hacer lo que usted crea mejor. Sé que ellos desean de verdad lo mejor para mí.

El counselor se inclinó en su silla:

—Entonces ¿quién es mi cliente, usted o ellos?

Sapo no entendía bien.

—Mire —dijo el counselor—, sus amigos quieren que yo le preste ayuda para aliviar su preocupación por usted. Usted parece querer ayuda para agradar­los. Así que creo que mis clientes son sus amigos.

Sapo estaba confundido con todo esto, y se le veía.

—Quizás podamos aclararlo —dijo el counselor—, ¿quién va a pagar las sesiones?

«Tenía que haberlo pensado», pensó Sapo. «Es exactamente igual que los demás, solo se preocupa de que le paguen».

—No tiene que preocuparse por eso —dijo, sintién­dose un poco el Sapo de antes— Tejón dijo que él se ocuparía del aspecto económico. Se le pagará, descuide.

—Gracias, pero me temo que eso no baste en abso­luto. Sugiero que acabemos esta sesión y la considere­mos una experiencia sin mayores consecuencias.

Por primera vez en muchos días, Sapo empezó a sentirse enfadado.

—Mire —dijo con voz más fuerte—, no puede hacer eso. Dice usted que es un counselor y he venido aquí a por counseling. Me he sentado aquí esperando que me diga algo y resulta que lo único que me dice es que mi dinero no sirve. ¿Qué más tengo que hacer para que las cosas arranquen?

—Esa es una pregunta muy buena, y voy a respon­derla —contestó el counselor—. El counseling es siem­pre un proceso voluntario, tanto para el counselor como para el cliente. Esto quiere decir que solo pode­mos trabajar juntos si usted quiere hacerlo por sí mismo, no solo para agradar a sus amigos. Si acorda­mos trabajar juntos tenemos que hacer un contrato, y luego, cuando acabáramos el trabajo, le enviaría mi factura. Ve usted, no es una cuestión de dinero. Pero esto solo puede ser responsabilidad suya, de nadie más.

La mente de Sapo corría. Sin entender completa­mente el sentido de las palabras, se daba cuenta de que se le estaba pidiendo que fuera responsable de su propio counseling. ¡Y eso que él no era el counselor!

Por otro lado, el counselor había empleado la pala­bra trabajo y eso suponía la implicación activa de Sapo en lo que ocurriera. Todo esto era un cambio muy grande de su actitud inicial de esperar que alguien le dijera qué hacer. Estos pensamientos eran molestos, pero a la vez excitantes. Puede que hubiera un modo de salir de su desgracia, y que pudiera descubrirlo él mismo. Tras lo que pareció una eternidad, Sapo habló.

—Creo que me he portado como un tonto y no por primera vez. Pero me parece que empiezo a ver lo que usted intenta y me gustaría trabajar con usted. ¿Pode­mos empezar otra vez?

—Me parece que ya hemos empezado —contestó el counselor. Y entonces pasó a detallar lo que sería el acuerdo para trabajar juntos en un programa de coun­seling.

—Nos encontraríamos una hora una vez a la semana, durante el tiempo que haga falta. Propongo cada martes a las diez de la mañana, empezando la semana que viene. En la sesión final repasaremos lo que hayamos hecho y lo que usted haya aprendido, y podrá considerar los planes para el futuro que desee.

—¿Y cuánto cobra? —preguntó el práctico Sapo.

—Cuarenta libras por sesión. Le cobraré ese importe al final de cada sesión.

Y tras una pausa considerable añadió:

—Bien, ¿ha decidido qué le gustaría hacer?

Sapo no tomaba decisiones meditadas con frecuen­cia. O las tomaba en el calor del momento, y se arre­pentía el resto de su vida, como salir corriendo en un coche del que se acababa de encaprichar, o hacía lo que le decía alguien, normalmente Tejón, y se sentía deprimido después. Le hubiera gustado consultarlo con la delicada Rata: «Rati, ¿tú qué crees que debo hacer?» y así quitarse de encima la responsabilidad. Pero Garza lo estaba mirando de una manera espe­cial, como si estuviera seguro de que él, Sapo, tomaría una decisión sensata. Finalmente dijo:

—Me gustaría trabajar con usted e intentar descu­brir por qué me siento tan deprimido y qué puedo hacer para mejorarlo. Tengo aquí mi agenda. ¿Nos ponemos de acuerdo en las fechas?

Cuando el counselor lo acompañaba a la puerta, Sapo se volvió hacia él y le preguntó:

—¿Cree usted que hay alguna esperanza de que mejore?

Garza se detuvo y lo miró directamente a los ojos.

—Sapo, si no creyera que todos somos capaces de cambiar y mejorar, no me dedicaría a esto. No está garantizado que las cosas mejoren. Pero puedo prome­ter que tendrá usted mi atención completa. Y espero el mismo compromiso por su parte. Si trabajamos juntos así, podemos esperar un resultado positivo. Pero en última instancia depende todo de usted.

Sapo caminó de regreso, intentando entender lo que significaban esas palabras.



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Nota de la Redacción: este texto corresponde al tercer capítulo del libro de Robert de Board: Consulta para Sapos. Una aventura psicológica (milrazones, 2010). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento a la editorial milrazones por su gentileza al facilitar la publicación en Ojos de Papel.
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