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Opinión/Editorial
¿Necesitan un nuevo partido los ciudadanos?
Por ojosdepapel, martes, 3 de julio de 2007
La nueva organización Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía celebró entre finales de junio y principios de julio su segundo Congreso. En principio, los resultados han sido decepcionantes. La cuestión capital de la política española, es decir, la necesidad de crear una nueva organización de carácter nacional que pueda actuar como partido bisagra entre el PSOE y el PP, evitando que ambos se encuentren a merced de los nacionalismos para alcanzar mayorías parlamentarias estables, no ha sido abordada de forma directa. La idea de fondo que alentó la creación de Ciudadanos era la de romper la hegemonía del nacionalismo en Cataluña, como un primer paso para impedir el vaciado de la Constitución y la constante erosión del Estado a manos de los partidos nacionalistas.
Ciudadanos no había nacido como un partido minoritario más, para defender intereses sectoriales (regionalistas, localistas o clientelares) y/o satisfacer las necesidades narcisistas de alguna personalidad políticamente frustrada o ambiciosa. El proyecto venía a cubrir un vacío constatable, su enfoque era innovador y las aspiraciones amplias y profundas: se trataba de influir sobre el curso de la política española y regenerar los hábitos y actitudes de los protagonistas de la vida pública, evitando los problemas que planteaba la creación de castas de políticos parásitos, sin casi preparación académica ni profesional, cada vez más alejados de la realidad y las necesidades de la sociedad.

Dos circunstancias agravaron esas exigencias. La creación del gobierno tripartito catalán, que consagraba la transversalidad nacionalista, y el sectarismo del gobierno Zapatero, que irrumpió anulando el pacto de la Transición, sobre el que se fundó la actual democracia española. Para ello se desarrolló un programa de fondo en el que se perseguía en, la práctica, la exclusión del sistema de la derecha política por medio de un pacto permanente con los nacionalismos a cambio de la creación de un Estado confederal. A esta alianza estratégica se le da fundamento histórico e ideológico con la reivindicación de un pasado idealizado que no es más que una burda tergiversación (el recurso de la memoria histórica de la guerra civil) y cobertura popular con una concepción maniquea de la paz que ha tomado cuerpo a escala doméstica a través de la búsqueda del apaciguamiento del terrorismo nacionalista vasco mediante una suerte de negociación permanente que incluye la aceptación de interrupciones por atentados (accidentes). De esta forma, aun sin quererlo, se consagraba como interlocutor político válido al terrorismo vasco, que así veía legitimado todo su pasado de asesinatos y destrucción (el punto débil de la estrategia que trata de ser mitigado por medio de la exhibición de las buenas, casi innatas, intenciones del presidente –como si las de los demás, per se, fueran malvadas--)

Salta a la vista que la degradación de la actual política española, debido a la catastrófica gestión política de ZP en ámbitos capitales como el terrorismo y las reformas estatutarias, han acelerado el tempo histórico. La división sectaria de los españoles es un hecho que ya está llegando poco a poco a la vida cotidiana, espoleada por los aceleradores que el Gobierno propaga a cada momento en que considera que debe radicalizar a la derecha para consagrar la virtualidad de su carácter extremo. Es inconcebible que tras la tragedia nacional que tuvo lugar con la masacre del 11-M, Zapatero haya ahondado las divisiones en lugar de buscar una política más plana y conciliadora que, sin lugar a dudas, le habría permitido alcanzar una victoria holgada en las elecciones en base a las estimables políticas sociales y de ampliación de derechos que ha ido abordando durante esta legislatura.

No ha sido así. La estabilidad política del país está en serio riesgo, pero en absoluto debido a que pueda estallar una guerra civil, sino porque los fundamentos de la convivencia entre las fuerzas políticas se están erosionando a pasos tan agigantados que pueden crear una situación de parálisis del Estado, tanto en su vertiente de aparato administrativo encargado de gestionar la solidaridad entre los ciudadanos como de degradación de su legitimidad en cuanto a garante del principio de igualdad de derechos y deberes de los españoles.

En Cataluña, la reacción a la asfixia nacionalista provino de un sector de intelectuales procedentes de la izquierda desencantados con la continuación del pujolismo a través de personalidades políticas como Maragall y Montilla. En el País Vasco, donde es más cercana en el tiempo la reivindicación de un nuevo partido, la reacción procedió de la asociación cívica ¡Basta Ya!, mientras se consumaba la desastrosa estrategia seguida por el Gobierno Zapatero para poner fin al terrorismo mediante políticas tan audaces como contraproducentes en las que posiblemente persistirá de forma contumaz si los electores no le ponen remedio.

La cúpula política de Ciudadanos, una vez que el proyecto adquirió cuerpo como partido, ha terminado por poner en evidencia su bisoñez, por falta de cuadros con experiencia, ausencia de un liderazgo maduro y carencia de ambición política, notables deficiencias verificadas en el batacazo electoral de las municipales y sobre todo que en las explicaciones dadas al varapalo. Por contra, la propuesta de los resistentes vascos no sólo atina en el diagnóstico, impedir el desmantelamiento del Estado y la consiguiente consagración de la desigualdad entre los españoles según el lugar de nacimiento o residencia (por cierto, el mismo que subyacía en la propuesta del grupo promotor de Ciudadanos), sino que también acierta en la imperiosa necesidad de poner en marcha cuanto antes una alternativa política de carácter nacional.

Ante este panorama, la ejecutiva saliente del Partido de la Ciudadanía resolvió plantear el segundo Congreso en términos de lucha de poder entre corrientes ideológicas, cuando esta no era la cuestión central que se debería debatir, sino la urgente creación del nuevo partido. La corriente de Rivera ha preferido consagrar un ideario político muy concreto, que se corresponde con el espacio político que ocupa el PSC-PSOE, el centro-izquierda (con matiz no nacionalista), que es, aunque sea de forma inconsciente, una forma de hacerse perdonar la disidencia. La pugna por hegemonizar el control del partido por parte del sector de Albert Rivera cierra de este modo la puerta a una posición abierta y receptiva a la complejísima realidad de una demanda social y política que exige capacidad de integración y asimilación del variado tipo de descontento de los votantes disconformes y abstencionistas frente a las prácticas partitocráticas y la constante presión nacionalista. La asunción de ese ideario ignora la realidad patente de que en los excelentes resultados electorales de Ciudadanos en las elecciones al Parlamento de Cataluña muchos votos procedieron del PP.

En definitiva, la apuesta ideológica puede que proporcione dosis de comodidad en el mapa político catalán a la dirigencia del partido (ser de izquierdas confiere un aval moral), pero tiende a alejar del partido a militantes y muchos posibles electores. El reelegido presidente, con el 54% de los votos, Albert Rivera, que tuvo un considerable voto de castigo a su gestión en el Congreso por su acusado personalismo, se ha apresurado a manifestar que no hay diferencia con la lista rival, encabezada por el profesor de Ciencia Política, Luis Bouza-Brey, respecto a la idea de crear un nuevo partido propuesta por los líderes de Basta Ya. Es posible que esto sea así, habrá que esperar y ver.

Sin embargo, el modo en que ha abordado la asamblea de su partido, constriñendo el espectro ideológico de la organización, y la forma ambigua en que se ha expresado acerca del tipo acuerdo que pretende (especulando con el tipo de vínculo), auguran más una ambición de poder y control sobre la unión resultante que una genuina preocupación por los problemas que se pretenden atajar con el nuevo partido. Y lo que es peor, sin haber aprendido nada de la lección de las municipales, ya ha dado por hecho que la nueva organización no estará preparada para las próximas elecciones y que sólo se podrán presentar listas en algunas circunscripciones. Exactamente lo mismo que sostuvo antes de la municipales y del consiguiente batacazo. Rivera no parece darse cuenta que es mero representante de unas demandas político-sociales, mientras que la propuesta de la iniciativa cívica vasca, acreedora de las mismas o mayores expectativas, cuenta con un capital moral de años y sacrificios constantes que él nunca ha tenido.
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