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Opinión/Editorial
El partido de Fernando Savater y sus compañeros a la luz de la experiencia de Ciudadanos
Por ojosdepapel, viernes, 01 de junio de 2007
Tras una reunión celebrada en San Sebastián el 19 de mayo, en la que se congregaron varias decenas de personas relacionadas con la iniciativa cívica ¡Basta Ya!, se planteó que había un vacío de representación política y que, por tanto, de confirmarse esta hipótesis, bien fundada por el significativo fenómeno de la creciente abstención y el voto en blanco, la necesidad de crear un nuevo partido. Se trata de gente muy comprometida que ha plantado cara al nacionalismo terrorista y que, a una escala más general, ha venido oponiénsode al nacionalismo obligatorio, a su hegemonía en el País Vasco, deendiendo los valores constitucionales.
Los ejes centrales de la propuesta que pretende encarnar el nuevo partido pasan por levantar las hipotecas territoriales y clientelares que han de asumir PP y PSOE cuando han de gobernar en minoría parlamentaria, la lucha por la igualdad de derechos de todos los ciudadanos españoles sean de donde sean, la mejora de la separación de poderes, la reforma de la Ley Electoral que sobrerrepresenta a los nacionalismos periféricos, actuar como alternativa a éstos en las alianzas con los dos grandes partidos nacionales, una verdadera regeneración democrática del sistema político (listas abiertas, limitación de mandatos, etc.) y la prosecución de una política de Estado para luchar contra cualquier terrorismo sin concesiones políticas de ningún tipo.

Muchos sectores sociales han recibido con agrado y esperanza la nueva empresa de la gente de ¡Basta Ya!, pues no son pocos los que se sienten desamparados y defraudados por la deriva de la izquierda mayoritaria liderada por Rodríguez Zapatero. Ni su concepción confederal del Estado, ni su forma de llevarla a cabo, saltándose las disposiciones constitucionales, ni la forma de encarar la política antiterrorista a través de un proceso de paz, que encubre trapicheos políticos con la banda terrorista a cambio del cese de la violencia, son aceptables para muchos ciudadanos de izquierda.

El Gobierno no ha querido admitir que la negociación es un arma más que ETA emplea para alcanzar sus siniestros designios etnicistas, como se ha podido constatar desde mayo de 2006. Ni los terroristas han renunciado a la violencia, ni han cesado de extorsionar a los empresarios, ni han dejado de coaccionar y agredir a quienes se le oponen, y ni siquiera han desistido de perpetrar atentados tan graves como el de la T-4, con dos asesinatos y unos destrozos de una magnitud que anuncia un porvenir mucho más destructivo que lo visto hasta el momento. Han tomado buena nota del ejemplo yihaidista.

Mientras ETA y sus distintos tentáculos se dedicaban a los suyo, el Gobierno no ha dejado de manipular la realidad, deformándola con verdades a medias, disimulos, omisiones y juegos de palabras (cuyo culmen fue denominar “incidente” al atentado). No hubo verificación real del requisito de que ETA tuviera verdaderos deseos de paz; tampoco se cortaron, tal y como afirmaron señalados miembros del Gobierno, los contactos con la banda tras la monstruosidad de Barajas; en las reuniones previas a ésta se trataron cuestiones políticas como la autodeterminación y Navarra (es decir, el programa de máximos de ETA); se aceptó el chantaje del asesino en serie Iñaki de Juana Chaos para “evitar males mayores” (era, pues, mentira que fuera por una cuestión humanitaria); y se permitió, negando que lo fuera, que el brazo político de ETA llegara a las instituciones en las últimas elecciones del 27 de mayo a través de las candidaturas de Acción Nacionalista Vasca. Ahora, se ve públicamente a Otegui y compañía cantar victoria por los resultados de este partido y se constata cómo es este líder quien actúa de portavoz en nombre de ANV.

Es lógica, por tanto, la decepción de muchos demócratas vascos de izquierda con la política zapaterista de apaciguamiento respecto al nacionalismo totalitario terrorista y que se haya puesto sobre la mesa la posibilidad de articular un partido de nueva planta o bien en coalición o unión con Ciudadanos de Cataluña. Ahora la cuestión, además de verificar si cuentan con un apoyo social suficiente, está en evaluar críticamente el balance que ofrece el Partido de la Ciudadanía tras casi un año de recorrido.

El último dato, proporcionado por los resultados obtenidos en las elecciones del pasado 27 de mayo, sin llegar a ser desesperanzador es decepcionante, no tanto por la merma de sufragios cuanto por la reacción de los dirigentes del nuevo partido. De obtener tres escaños en el parlamento regional en noviembre de 2006, con casi 89.940 votos en toda Cataluña (3,04), se ha pasado a 67.315 (2,35%), lo que significa una pérdida en números redondos de más de 22.500 sufragios, si bien sólo se presentaron listas en 89 ayuntamientos que comprendían al 66% del censo catalán. Es particularmente negativo no haber obtenido ningún concejal en Barcelona y sólo 13 en total, cinco de ellos en un pequeño pueblo leridano de poco más de mil habitantes.

Sin embargo, lo peor no está en la obtención de tan pobre rendimiento electoral, sino, como se ha mencionado más arriba, en la reacción tan predecible, acomodaticia, banal y contradictoria de líderes que rápidamente parecen asimilarse en sus reacciones a los apparatchiks del resto de los partidos convencionales. Tanto Albert Rivera, presidente de la formación, como Esperanza García, cabeza de lista por Barcelona, han atribuido el considerable descenso a que la abstención les ha perjudicado lo mismo que a los otros partidos, como si Ciudadanos fuera “uno más”: ¿no venían a llenar un vacío de representación política que los intelectuales promotores del grupo habían detectado en la creciente abstención y el voto nulo y en blanco debidos a una elite dirigente concentrada en las obsesiones identitarias y desconectada de las verdaderas preocupaciones de la sociedad? Pues bien, en Cataluña ha habido diez puntos de abstención por encima de la media española (53,80% frente a 63,78%), a lo que hay que añadir 89.617 votos en blanco y 19.420 nulos. Los datos hablan por sí mismos.

El otro argumento insostenible de los líderes del nuevo partido es que se atribuya a los medios de comunicación públicos y privados catalanes la falta de eco de la campaña de Ciudadanos, cuando precisamente una de las razones que impulsó a los fundadores, miembros y simpatizantes a respaldar la organización fue la colusión de intereses y afinidades ideológicas entre la clase periodística y la elite política, representadas por un establishment transversal paralelo y sostenedor del asfixiante orden de creencias identitario. Así pues, quejarse del trato recibido por los medios de comunicación catalanes carece completamente de sentido. Lo ha expuesto con toda claridad uno de los mentores, Arcadi Espada, tanto en su blog como en la prensa de papel.

Por contra, mientras que la cúpula de Ciudadanos ha dado una respuesta autocomplaciente y descorazonadoramente acrítica, la base de militantes ha trabajo con intensidad y esfuerzo notorios, logrando una presencia muy destacada en las calles, imaginativa y cercana a los vecinos, que ha permitido paliar la falta de profesionalidad y bisoñez de la dirigencia.

De todo esto han de tomar buena nota los promotores vascos del nuevo partido. El paso a un plano muy secundario de los intelectuales fundadores de Ciudadanos, tan previsto como lógico a partir del momento en que se produjo la institucionalización del movimiento de resistencia como partido en el congreso de julio de 2006, ha dejado huérfana a la organización en el espacio mediático y carente del potencial que genera su discurso crítico. La experiencia y el bagaje no se improvisan ni pueden ser sustituidos por la voluntad, brillantez y lozanía de los jóvenes. La mordiente de la capacidad de análisis era un factor crucial desde el principio del proyecto Ciudadanos. Sin esa densidad crítica que constituye el capital moral e intelectual que aportan los escritores y profesores que impulsaron la iniciativa, la empresa política tiende a declinar, pierde su brillantez y atractivo.

Se produce, pues, un problema de profesionalización y competencia del personal que tiene que llevar las riendas del partido. No bastan caras jóvenes y bellas, combinación de trabajo y arrojo representados en cuerpos atractivos y frescos que presupongan que una imagen nueva implica necesariamente renovación de los comportamientos políticos. Con los resultados de estas elecciones y la reacción de los líderes de Ciudadanos ante los resultados, ha quedado acreditado que el componente humano que nutre la cúpula del partido, sobre todo de los más jóvenes, deja mucho que desear. Pese a estas deficiencias en las reacciones y preparación de los dirigentes y voceros, el proyecto Ciudadanos continúa siendo muy atractivo, los ideales y programas no han perdido un ápice de su validez y puede remontar el vuelo. Lo prueba que el despliegue público del partido haya condicionado las posiciones del PP y PSC en materias como la lengua y la enseñanza.

Por suerte o por desgracia, depende cómo se mire (no es nada venturoso llevar escolta), la experiencia política del colectivo ¡Basta Ya! es mucho mayor y no debe ocurrir lo mismo que con el grupo promotor de Ciudadanos. Parece haber quedado moderadamente claro que es la generación de la Transición la que debe liderar en el nuevo partido la defensa de la Constitución y los valores ciudadanos heredados de la tradición ilustrada y las revoluciones liberales y democráticas. Sin su presencia, sin la continuidad del discurso crítico y su renovación constante antes los distintos avatares de la coyuntura política, además del aprovechamiento del imprescindible protagonismo mediático, la vida del nuevo partido, una vez pasado la ráfaga de viento favorable que empuja la novedad, es muy posible que vaya decayendo poco a poco. Es necesario estudiar y aprender de la experiencia.
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