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León Moreno: <i>Como fiel amante o la invención del Lazarillo</i> (Madrid, 2012)

León Moreno: Como fiel amante o la invención del Lazarillo (Madrid, 2012)

    TÍTULO
Como fiel amante o la invención del Lazarillo

    AUTOR
León Moreno

    EDITORIAL
Turpin Edciones

    OTROS DATOS
ISBN: 978-84-937716-5-2. Madrid, 2012. 167 páginas. 15 €



León Moreno

León Moreno


Tribuna/Tribuna libre
Como fiel amante o la invención del Lazarillo nos lleva a los orígenes de la literatura de la mano de León Moreno
Por Miguel Veyrat, lunes, 9 de julio de 2012
Por experiencia poética entiendo el encuentro,
fortuito o no, con una obra, literaria o no,
que se muestra enseguida necesaria.
Daniel-Henri PAGEAUX

La lyre d’Amphion (1)

La mi triste vida que dessea
yr donde fueres, como fiel amante,
e conseguirte, dulce mia idea

El marqués de Santillana

Un principio de la ciencia comparatista, que utilizan también los micro-historiadores interesados en la transmisión de sentido a través de la literatura, establece que las voces primigenias que emitieron aquellos significantes básicos del latido de la humanidad, se reproducen como resonancias de sus propios ecos sobre el espejo permeable de los siglos. Su modulación precisa para constituirse en “hecho literario” nos llegaría a través de los contextos culturales en que se forjaron las lenguas: como ríos que a su vez dieron en los estuarios de las culturas sucesivas. Personalmente siempre estuve de acuerdo con esta idea y así lo he expresado en numerosas notas añadidas a mis libros de poesía refiriéndome al principio de la interanimation (2) entre alientos, formulado por el grande y sabio poeta británico John Donne. Viene a cuento esta introducción —enseguida veréis por qué—, a propósito de la deliciosa obra que uno de los más grandes comparatistas del mundo universitario internacional, Daniel-Henri Pageaux (3), hispanista de formación y especialista en mestizajes culturales, ha querido urdir sobre las controvertidas paternidades de Lázaro de Tormes con el sugestivo título de Como fiel amante o la invención del Lazarillo (4).

Para que su historia resultara tan creíble como cualquier otra inventada —o sea, real— al imaginar personajes españoles y extranjeros, ambientes y contextos que en mezcla con las gredas dejadas por las aguas de las distintas  culturas  que se mezclaron en nuestro Siglo de Oro, se dotó el autor D-H. Pageaux de un heterónimo con parte del nombre de uno de los grandes viajeros judíos que atravesaron los caminos de la época: aquel León Hebreo autor de los Diálogos de amor. Será pues esencial elemento de intercambio el diálogo—monólogo a menudo , fiel a su pícaro original— en la historia urdida por su sucesor en el tiempo, o sea el autor de “Fiel amante”, León, apellidado Moreno por esta vez. Mas nuestro buen narrador contemporáneo, Homo Viator al igual que Ahasverus, asume  que además de los sabrosos diálogos correspondientes a toda novela moderna, debe usar otros géneros, como será el más antiguo de la historia de la literatura llamado “epistolografía”, nacida directamente en las tablillas cocidas  al fuego de Uruk— y cuyo más ilustre precedente literario español pudo ser “Proceso de cartas de amores” (1553) de Juan de Segura, aunque Diego de San Pedro ya intentara el procedimiento en sus “novelas sentimentales”, que por cierto habrían de obtener posteriormente en la Inglaterra del XVIII su más elevado rango con la célebre “Pamela” de Samuel Richardson.

A tales técnicas, unirá  en la mezcla y mortero de su trama la no menos tradicional basada en los relatos que ideaban los viajeros para amenizar sus travesías largas, polvorientas y tediosas, prolongándose en las pícaras reuniones posteriores por las posadas y mesones del camino, escenario de todas las pillerías posibles. Ya tenemos pues reunidas diversas “literaturas” entre misteriosas misivas, maliciosas conspiraciones, cuentecillos encabalgados al modo oriental a más de placenteros o fatigosos viajes siempre en la línea teórica del “alter ego” de León Moreno —es decir Daniel- Henri Pageaux—, expresada meridianamente en una frase de los párrafos finales de su colección de ensayos titulada La Corne d’Amaltée (5): “La búsqueda de las fuentes de antaño o de cualquier lectura intertexual de hoy en día, muestra a las claras que el comparatista apuesta sobre un dato que no duda en calificar de poético: un texto puede esconder otro, puede asimismo revelar otro”.

           

Mas vayamos al grano de una vez. Con todos estos mimbres en sus frágiles manos de humilde catedrático de Instituto en París —en la ficción—, animado espiritualmente por un epígrafe del Marqués de Santillana y enamorado de una mujer que a su vez ama a otro pero que le etiqueta y mantiene como su “Fiel Amante”, León Moreno da inicio a la tarea de reconstruir el camino documental en que habrá de hallar los hechos y los datos donde un texto oculte y al tiempo revele otro, para que a su vez ayude a  tejer por entero el cesto de su búsqueda: Nada menos que la autoría durante tantos siglos controvertida de la paternidad literaria de Lázaro de Tormes, príncipe de todos los pícaros que asolaron y asuelan todavía esa gastada y sucia  piel de toro —por más que a diario se sacuda con más y más sacrificios—, llamada España, reconcomida eterna y precisamente de “lazería”, miseria o desgracia. La intriga o torcido de mimbres se inicia con otro tema clásico de la literatura universal —tanto como para que Cervantes lo tomara por origen de la historia de su ingenioso hidalgo, en las cartas de Cide Hamete Benengeli— y que consiste en el hallazgo, fortuito o no, de unos papeles que narran una historia que a su vez remite a otra y ésta a otra más, con la que el autor deberá recomponer “su propio mundo”.

 

Amor, ese fiel y omnipresente lazarillo, hará en esta ocasión que el flechado León revise para ponerlos en orden, por mandato de la amada como vimos, los legajos heredados por su rival en amores de un antepasado francés del s. XIX, que a su vez los recibiera de otro su tatarabuelo, viajero desde la Gascuña natal en las postrimerías del  “mundo” del Emperador Carlos. Será pues ese don Gabriel que visita España mediado el XVI, enamorado siervo de doña Beatriz, condenada —como quiere la tradición literaria más profunda en su género—, a casarse “con otro” y después morir, quien protagonice la danza y la trama de manos del improvisado detective León Moreno, frustrado amante a su vez de la bella, culta e inteligente doña Elisa. Llegamos de este modo a la figura más importante de nuestro libro, que se encarnará —como no podía ser de distinto modo en la época— en el fraile Jerónimo que a ambos ha de acompañar como chaperón, un devoto erasmista y albañil experto de los hallazgos narrativos que la relación epistolar producirá. Precisamente coincide éste en su identidad ficticia, y no por casualidad, con el nombre real de fray Juan de Ortega (6), a quien el gran hispanista Marcel Bataillon defendió apasionadamente como verdadero autor del anónimo La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades.

 

Entre tales hitos transcurre por tanto nuestra historia, real como la vida misma pues en ella todo resulta grato en un ambiguo se non è vero è ben trovato, que contiene las muy vívidas pláticas y escenas palpitantes de la vida cotidiana en varias ciudades de una España donde entonces importaban Salamanca, Toledo o Sigüenza… y donde se asentaba la esencia del carácter que alimentó a “sus” autores. Un grito callejero, como el de un ciego llamando a su criadito, un encuentro fortuito con un hidalgo arruinado pero altivo, el paso de un riachuelo que viene crecido, una reunión de frailes y estudiantes salmantinos en torno a jarras de buen vino o compartiendo unas uvas, los trucos de un astuto “bulero” operando en la crédula estupidez de las conciencias atemorizadas por la Santa Inquisición —la cual por cierto prohibió la obra largo tiempo, contribuyendo a su éxito bajo capa— son fuentes tan cabales de literatura como los relatos de los marineros que regresaban con las manos vacías de pesca a las costas en que moraba un ciego ambulante llamado Homero.

 

Mas vayamos de una vez a lo mollar como dijimos, declarando de entrada que no desvelaremos los hechos harto conocidos de aquel gran libro que aplicó su caleidoscopio a la sociedad española del XVI; tampoco los actuales sucesos narrados en la conspiración ideada por Moreno, para dirigirnos a lo que de verdad puede importarnos: Que esta “nonada” que comentamos,  como la ha calificado su autor, se lee como una deliciosa intriga que contiene como final feliz el propósito de contar al curioso lector el modo en que la literatura se transmite hasta quedar impresa —por ejemplo— en una edición Príncipe de las cuatro clasificadas hasta hoy (7): la publicada en Amberes por Martín Nucio, basada supuestamente en el original que habría llegado a sus manos desde las del infeliz protagonista de nuestra historia: tras regresar don Gabriel en su día a la Francia de origen con la faldriquera llena de papeles y el corazón de amor desguarnecido, sus “papeles” se habrían deslizado hasta la imprenta neerlandesa.

 

Todo puede ser verdadero cuando las fuentes no decantan aguas claras, y a menudo quizás sea mejor que permanezcan en el misterio del aliento que las produjo —como en toda auténtica intriga construida por una vida plenamente disfrutada. Como bien dijo D.-H. Pageaux en el epígrafe de este artículo, Por experiencia poética entiendo el encuentro, fortuito o no, con una obra, literaria o no, que se muestra enseguida necesaria. Y ante tal eventualidad, ¿qué podrá importar —salvo a los historiadores de la cultura siempre en liza con los nombres y las fechas—, que el autor de esas breves y estupendas páginas sean obra de Iñigo Hurtado de Mendoza, Juan de Valdés o de su hermano Alfonso, Juan de Arce o Juan de Maldonado, el mismísimo Lope de Rueda o el ínclito fray Juan de Ortega? Al seguir las vueltas y revueltas de esta deliciosa trama que comienza en mal de amores, acaba en las desgracias del burlado cornudo don Gabriel de Bianos, con el mismo adorno en la testuz que aceptará su propia criatura Lázaro de Tormes al final de sus días ya serenados de hambres y dolorosos lances compartiendo con un clérigo su mujer, terminaremos convencidos de la autoría del jocundo y astuto fray Juan creado por León Moreno.

 

Termino ya diciendo que lo mejor que me habría podido suceder tras la lectura de este libro, esta “nonada”, me sucedió con harto agrado, ya que me vi obligado a sumergirme en las amarillas y mil veces subrayadas páginas de mi vieja edición escolar de “Clásicos Ebro” en las que bebí con ansiedad y provecho para disfrutar, cuando niño, de aquel estilo sencillo y vivo que tuvo la virtud de preñar con el género “picaresco” a la Europa de su tiempo influyendo en siglos y autores posteriores. ¿Cómo no citar aquí al Guzmán de Alfarache (1599) de Mateo Alemán y la Vida del Buscón llamado Pablos (1626) de Francisco de Quevedo? Sin obviar una larga lista de títulos y personajes interesantes como pueden ser los del escudero Marcos de Obregón, Estebanillo González, la pícara Justina, las “arpías” de Madrid, la  “garduña” de Sevilla, el  bachiller Trapaza o el sagaz diablo cojuelo de Vélez de Guevara, quien levantara los tejados de las casas para espiar lo que hacían los madrileños en la intimidad. Añadiríamos por último el esperpento de aquél español fijodalguesco y ensoberbecido que el inmortal Boccaccio llamara “Diego Rata”, como que en siglos posteriores y en el ámbito europeo la fortuna de la novela picaresca producirá obras por contagio como el Gil Blas de Santillana del francés Lesage, Fortunas y adversidades de la famosa Moll Flanders del inglés Daniel Defoe o Las aventuras de Simplicissimus del alemán Grimmelshausen.

Como también se aprovecharon no sólo los autores de las imitaciones posteriores o relatos ya citados, sino los textos precedentes al Lazarillo escritos desde el modelo inicial, el “Liber antecessor” que fuera el Asno de Oro del genial romano Lucio Apuleyo. Todas ellas, en castellano, francés, italiano o alemán, proceden del modo más primitivo de narrar en forma de carta de petición, o descargo, declaración judicial, de patrimonio  o fe de vida o relato ante el juez o la “autoridad” política y civil para su halago: La vida misma en definitiva, de la cual “cuando calla o falla la Historia, sale la ficción a revelar su propia verdad, ofreciendo al que leyere, historias de amor y de aventuras”. De la lectura “del Lazarillo” siempre se pesca algún buen pez o bota vieja, si no fuera neumático raído procedente de los detritus de nuestra historia política económica y religiosa, siempre responsable junto al absolutismo, de las costumbres sociales que tanto influyeron y aún persisten en el carácter y costumbres, sean malas o buenas, del español del siglo XXI.          

 

Sobre todo cuando un maestro de la Historiografía literaria, heterónimo del grande y humilde a un tiempo León Moreno, es quien se empeña en darnos la lección —no excátedra sino a pie de calle— de cómo entre personas, cosas, hechos, ideas, comportamientos y emociones surgen extrañas conexiones mentales que se repetirán a lo largo de las edades del hombre, usando para ello de enredos semejantes como los que inventaron juntos la bella y desgraciada doña Elisa, el frustrado pero fiel amante don Gabriel más el jocundo y sabio jerónimo llamado fray  Juan. Ambos a tres creen a pies juntillas que el amor lo mueve todo sobre la faz de esta triste tierra: Esta novela viene a darles razón. La tuvieron siempre, pues  será en esta nueva “Invención del Lazarillo” donde se encuentre encapsulada la “Invención de la literatura escrita”. Porque sus personajes no dejan de ser también los sucesores de aquellos enamorados Gilgamesch y Enkkidu, quienes alentaron sus propias aventuras junto a un primitivo miembro del mester de clerecía babilonio, acaso un mítico émulo de Utnapisdim, que la redactaría y grabaría en tablillas de barro algunos milenios antes de Cristo, para memoria de los hombres que no quieren morir: Del mismo modo que nació ese Lázaro, “contemporáneo” nuestro, ejemplo de quienes solamente pretenden sobrevivir deshaciéndose de la lepra del hambre.

 

No quisiera sin embargo cerrar estas líneas que dedico como homenaje al maestro D.-H. Pageaux —al modo como lo han hecho sus discípulos de toda una vida recogiendo cientos de ensayos consagrados a su magisterio en los dos tomos  titulados Plus Oultre (I y II) que ha publicado la editorial L’Harmattan de Paris—, sin una última cita en la que creo responder adecuadamente al contenido del epígrafe que desde  su pluma abre mi reseña. Creo ya a mis años en muy pocas cosas, pero creo firmemente, junto con el gran Novalis en sus Himnos a la noche, que todo “es” más real, cuanto más poético (8). Y en efecto, esperamos que el alba deba siempre regresar, aunque nos parezca que aún es de noche.


NOTAS
(1) Daniel-Henri PAGEAUX,  “La lyre d’Amphion”, (“De Thèbes à la Havane Pour une poétique sans frontières”. Par expérience poétique, j’entends la rencontre, fortuite ou non, avec une oeuvre, littéraire ou non, qui s’avère aussitôt nécessaire.
(2) Quizás a John Donne se deba la primera conceptualización de la “intertextualidad” que constituye hoy en día una de las bases de los estudios literarios. Sería en el movimiento de Interanimation, expresado por el gran clérigo poeta en su poema “The Extasie”, donde el alma mejor dispuesta para ello (abler soul) se interiorizase en la obra para expresarse después con una fuerza propia que tomó prestada de las demás.  El compost de “alientos con más empeño” (Donne) que en la memoria han formado los estratos significantes desde las diversas lenguas empleadas por el hombre —empeñado en apropiarse, tras delimitarlos, de  nuevos espacios de realidad—, se alimenta siempre el ánima de cada poeta que nace. Es lo que hemos dado en llamar “Literatura”.

(3) Daniel-Henri Pageaux es profesor de Literatura general y comparada en la Sorbonne Nouvelle desde 1975. Hispanista de formación, dirige la colección “Classiques pour Demain” en Editions l’Harmattan, es miembro correspondiente de la “Academia de Ciencias y Letras de Lisboa”, dirige numerosas publicaciones sobre ciencia comparatista y es autor asimismo de cientos de Ensayos, Estudios, Manuales, Ediciones diversas, Conversaciones, e incluso de más novelas como las tituladas Le Sablier Retourné o Le Système décima” con el pseudónimo de Michel Hendrel.

(4) Turpin Editores, 2012 (turpin@graficasalmeida.com)

(5) L’Harmattan, Paris, 2003.

(6) Fray Juan de Ortega era en aquél tiempo superior general de los Jerónimos, lo que explicaría el anonimato de la obra a él atribuida con enorme verosimilitud por el hispanista francés.

(7) “Juan de Junta”, en Burgos; “Hermanos del Canto” en Medina, siendo las dos de 1554 así como la mencionada en Amberes e impresa por “Nucio” de la que existen 7 ejemplares, más la de “Salcedo” en Alcalá con un solo ejemplar al igual que las de Burgos y del Canto. De la edición de Medina apareció en 1992 otro ejemplar muy bien conservado y emparedado en una casa del pueblo extremeño de Barcarrota.
(8) Die Poesie ist das echt absolut reelle. Dies ist dar kern meiner Philosophie. Je Poetischer, Je Wahrer. “Hymnen an die Nacht”.

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