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Pablo Peña Almagro: <i>Si volviera a nacer</i> (Ediciones Carena, 2009)

Pablo Peña Almagro: Si volviera a nacer (Ediciones Carena, 2009)

    AUTOR
Pablo Peña Almagro

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Jaén (España), 1961

    BREVE CURRICULUM
Diplomado en Profesorado de EGB por la Universidad de Granada, entre 1990 y 1995 trabajó como responsable de la red comercial de dos compañías multinacionales de seguros. Ha publicado los libros Como gotas que van al mar (1999) y La sombra de un ángel (2006)




Creación/Creación
Pablo Peña Almagro: Si volviera a nacer (Ediciones Carena, 2009)
Por Pablo Peña Almagro, jueves, 1 de abril de 2010
Si volviera a nacer (Ediciones Carena, 2009), novela de Pablo Peña Almagro, no es más que el relato de la vida de Catalina, una mujer nacida en una pequeña ciudad, en un tiempo difícil, que se siente obligada a huir hacia un destino incierto. Pasado el tiempo siente la necesidad de saber qué fue de los que un día formaron parte de su propia existencia. Por esta razón regresa a Jaén....
1957, NO SÓLO UN AÑO EN LA VIDA DE CATALINA

El velo de la memoria sólo deja ver parte de lo que un día fue toda la verdad, funcionando como lente transformadora que modifica, aunque sólo sea en parte, lo que un día realmente ocurrió.
En el fondo todos queremos recordar los fragmentos de nuestras vidas a nuestro gusto y, amparados por el paso de los años, acabamos por rememorar claramente lo que en realidad no pasó, o al menos, no como lo recordamos.
Puede que Catalina fuese víctima de tal influencia o puede que no, pero para ella, todo ocurrió así:

Corría el año 1957 y en Jaén los años de posguerra parecía que no iban a acabar nunca, pero ya habían transcurrido 18 desde que esta terminara y los más jóvenes necesitaban empezar a pasar página, aunque esto no sería del todo posible antes de que se sumasen algunos años más.
Catalina, tan joven y entusiasta como todas las jóvenes de dieciséis años, remendaba un roto en uno de los pocos pantalones que su padre podía permitirse tener. En aquella casa toda la ropa se remendaba y remendaba, hasta que ya no era posible seguir apañándola y entonces pasaba a ser trapo para todos los usos. Lo cierto es que José tampoco es que necesitase mucha ropa; un par de pantalones y algunas camisas de diario que servían como indumentaria habitual para el trabajo y el trajecillo para la misa del domingo, el mismo trajecillo que venía luciendo desde hacía ya más de once años, cosa que ya empezaba a ser palpable por las huellas que el uso y el paso del tiempo habían dejado en el tejido, no obstante, aquel traje le seguía cayendo como un guante.
El padre de Catalina, era un hombre duro, serio, delgado, uno setenta y cinco de altura y con el pelo más negro que una cucaracha, buen trabajador y poco hablador, creyente de misa de domingo y devoto de la Virgen de la Capilla. Todos sabían de su mal humor y por esto, todos le guardaban el aire de forma que a sus cuarenta y nueve años no podía contar con nadie que pudiera considerar su amigo y es que no era raro el escucharlo relatar solo y siempre con aquel tono de reproche, sobre unos y otros, daba igual lo que fuera, José siempre estaba cabreado, quejumbroso o molesto, y mejor que no la emprendiera con alguno porque de lo contrario, los votos y las voces se escuchaban en todo el barrio. Se podía decir que José era un hombre con malas pulgas al que nadie podía soportar pero, como también era un buen oficial y le cundía el trabajo, éste nunca le faltaba.
No era aquella delgadez de José algo ocasional sino más bien el resultado del ejercicio continuado en lo que por entonces era el más común de los gimnasios, donde los aparatos más ejercitados eran el pico, la pala, el legón y el trasiego de ladrillos y cubos de masa, ahora llanos, ahora vacíos. Esto, unido a los almuerzos cortos, no tanto en tiempo sino más bien en el contenido, seguidos de algo de reposo, pero poco, diez, quince minutos, muchas de las veces en la misma obra y, otra vez al tajo, hacía que el padre de Catalina siguiese teniendo el mismo tipillo de torero que siempre había tenido, o al menos, el que ella recordaba de su padre desde que tuvo uso de razón.
En aquellos tiempos, a finales de los cincuenta, el trabajo en la obra no es que fuese una novedad y, muy al contrario de lo que con el tiempo acabaría sucediendo, escribientes, abogados y gente de carrera eran los menos, casi siempre hijos de algún señorito o militar de alto rango, pero, aprendices de cualquier oficio, manos para lo que hiciera falta y albañiles para la obra, a patadas.
Todo el universo de aquel hombre giraba en torno a su familia, su trabajo y la misa de todos los domingos. No era mucho, pero para él resultaba más que suficiente, quizá su secreto residía en no pedir demasiado a la vida. Aquel hombre había vivido una larga y cruel guerra, la peor de las posguerras posibles y podía contarlo, pero toda aquella miseria vivida había acabado por cobrarse un alto precio de modo que no podía resultar raro que se le hubiera esfumado la alegría, la esperanza y hasta la ambición.
A veces Catalina se sentía arrastrada por aquella tristeza, especialmente cuando le oía sentenciar cosas como: “los que somos unos desgraciados no podemos aspirar a otra cosa que no sea trabajar hasta reventar”, o advertencias del tipo: “lo que ahora tenemos, hubo un día que ni soñando pensé que podríamos tener, de modo que vamos a no pedir nada más, a ver si al final lo vamos a perder todo”. Aquella actitud tan negativa, propia de los que un día llegaron a tocar fondo, le llevaba incluso a sentir como extraño y siempre ajeno aquello que algunos denominaban con cierta ligereza como la felicidad. De hecho, resultaba claro que él estaba convencido de que nunca podría llegar a alcanzarla, ni tan siquiera a acercarse a ella.
De este modo, José sólo se limitaba a vivir, acompañando el sucesivo goteo de los días, esperando que le llegase la vejez, o lo que fuera que acabase de una vez con su penosa existencia. Su único deseo era que lo que le quedase de vida transcurriese de un modo tranquilo, sin demasiados sobresaltos, bastantes había vivido ya en otros tiempos. Lo cierto es que en aquella España de 1957 nadie podía pedir cambios importantes en nada, ya era bastante con mantenerse a flote en una sociedad que empezaba a surgir de sus propias cenizas.

Aquel sábado, madre e hija se encontraban como de costumbre a esas horas del medio día; en la cocina, en silencio, Catalina remendaba aquel pantalón mientras la madre daba los últimos toques al puchero del que saldría lo que ese día sería el almuerzo para todos los que habitualmente se sentaban a la mesa, a las dos en punto, como un reloj. Araceli, la menor de las hermanas, jugaba con alguna vecinilla, sentadas ambas en el escalón de la puerta de entrada de la casa. A los diez años de edad, aún se tienen algunos privilegios, por mala que esté la vida.
—Madre, ¿cree usted que padre mató a alguien en la guerra? —preguntó de repente Catalina.
—¿Pero, cómo se te ocurre preguntar eso? Yo qué sé. Y además, de eso no se habla.
Catalina, sin levantar la mirada de la tela, continuó.
—Pero, padre estuvo en la guerra, ¿no?
—Pues claro que estuvo, se la zampó enterita, tres años.
—Pues entonces no es raro que matase a alguien.
—¡Catalina!, ya te he dicho que de eso no se habla.
—Pero qué más da madre, hace ya tanto tiempo...
—No hace tanto. Además, ya sabes que en la guerra se mata y en aquella pasaron cosas de las que nadie puede estar orgulloso de modo que lo mejor es dejar las cosas donde están y olvidarse de todo lo antes posible. Lo que pasó, pasó y punto, además, ¡que no se habla más de ese tema y que ya se ha terminao! Y empieza a poner la mesa que ya son casi las dos y padre está al llegar.
—¿Padre y tú ya erais novios cuando se lo llevaron a la guerra?
—¿Pero qué perra te ha dado con la guerra?
—Pero dime, ¿ya erais novios?
—Pues claro, tu padre y yo estábamos a punto de casarnos, ya llevábamos casi dos años de novios cuando empezó la guerra, pero entonces él tenía veintiocho años y fue de los primeros que se llevaron, no forzoso, pero como si lo fuera.
—Tuvo que ser duro para ti, ¿verdad?
—No te puedes imaginar cuánto.
—¿Y después?
—Después siguieron tres largos años durante los cuales no se podía hacer otra cosa más que esperar y rezar. A veces llegaba alguna carta pero aquello era muy de tarde en tarde.
Se hizo un silencio de unos segundos. Catalina, sentada en su silla de enea, seguía remendando el pantalón, aunque su interés estaba más en lo que la conversación podía revelarle de quien a sus dieciséis años no era más que un gran desconocido, al que amaba y respetaba pero con el que siempre había mantenido aquella enorme distancia, establecida y fijada por ese hombre al que siempre debía hablar de usted, con el que no podía manifestar muestras desmedidas de afectividad sin que éste reaccionase de inmediato para poner algo de seriedad, distancia y compostura en el trato. Todo aquello hacía que Catalina se sintiese tremendamente lejos de aquel hombre al que tanto admiraba, del que esperaba el menor de los reconocimientos en lo que de diario venía haciendo para sentir, cuando esto ocurría, como el pecho se le hinchaba y un escalofrío le recorría toda la espalda y entonces era la niña más feliz de todo el mundo, pero esto ocurría tan pocas veces, y era tan habitual que entre ellos existiese tanta distancia que, lo normal era que su relación fuera para Catalina como un paraje estéril donde no podía agarrar más que el mayor de los silencios, el más absurdo de los respetos y hasta el más irracional de los miedos.
De repente, Manuela continuó con su relato.
—Un día de aquel verano del 39, alguien tocó a la puerta de la casa de mis padres, donde yo aún vivía, y al abrirla allí me lo encontré, como una aparición. Al principio no me di cuenta, estaba muy delgado, muy negro, sucio y con barba de varios días. Llevaba tres años esperando aquel momento y cuando llegó, me quedé paralizada, sin palabras y sin saber qué hacer. Fue él quien habló, me dijo: “Hola, he regresado”, entonces me abracé a él y..., hasta ahora.
—Qué emocionante. Te daría una alegría que ni paqué.
—Pues claro.
—Y cuenta, cuenta. Qué pasó después.
—Después las cosas no se pusieron nada bien, después de la guerra ya sabes, pero el caso es que tu padre ya tenía más de treinta así que, a los diez meses de que él volviera a tocar a la puerta de la casa de mis padres, nos estábamos casando. Fue una boda cortita, en la iglesia de San Juan, la familia y poco más, los justos, pero no creas, yo llevaba hasta mi vestido de novia.
—Qué bonito.
—Sí, muy bonito. El caso es que después de la boda nos fuimos a vivir a la casa de mi tía Pepa que nos dejó una habitación que le sobraba que si no, no sé dónde nos hubiéramos podido meter. De ahí en adelante la cosa empezó a ir de mal en peor. En aquellos años pasamos mucho. No había de nada y a malas fatigas podíamos poner algo a la mesa todos los días.
—Bueno, pero por lo menos estabais juntos y tan contentos.
—No sé, no sé. Tu padre no es que estuviera nunca tan contento, ya lo conoces, y el caso es que no siempre fue así pero es que cuando terminó la guerra y volvió, vino tan cambiado, imagino que lo que tuvo que vivir durante aquellos tres años no sería fácil de digerir ni de olvidar, debió pasarlo tan mal...
—El pobre, qué mala suerte.
El silencio volvió a la cocina, silencio sólo atenuado por el chof chof del guiso dentro del puchero y el canturreo esporádico del canario que en aquella dependencia, y dentro de su jaula, vivía.
—Pero entonces, seguro que tuvo que matar a alguien.
—¡Y dale que te dale! ¡Que pongas ya la mesa que a tu padre le gusta comer a las dos en punto y son ya menor diez!
—Bueno, ya voy. ¿Dejo aquí el pantalón, en la silla? El roto ya está remendado.
—No, déjalo encima de la cama de padre, a ver si se va a manchar, y venga, vamos a poner la mesa. ¿Dónde estará tu padre? Parece que tarda —se preguntó por lo bajini Manuela, mientras Catalina salía por la puerta, blandiendo sobre su antebrazo izquierdo el pantalón recién remendado.

A las dos en punto todos estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina, cada uno en su sitio. Manuela, madre y esposa, pendiente de todo y de que nada faltara. Araceli, la pequeña, la que un día llegara sin avisar y sin que nadie la esperara. José, el emperador en aquella casa, el que mandaba y disponía, el que trabajaba y mantenía, al que se debía total respeto y obediencia, él ocupaba el lugar de preferencia, su lugar, aquella silla que era como su pequeño trono. Y Catalina, zambullida en la más complicada y hermosa de las etapas de la vida, la tempestuosa adolescencia, esa etapa en la que las ilusiones, los deseos, los sueños y anhelos son el centro de cada pensamiento.
—Bendice Señor estos alimentos —dijo José con voz firme.
Y todos respondieron.
—Amén.
—A comer.
Era como la orden que todos acataban sin rechistar. Cuando padre decía a comer era a comer y no cabía ni hablar, ni mirar, ni mucho menos canturrear o silbar. “A comer” era “a comer”, aunque ya se sabe que las órdenes son siempre para los demás, de forma que era José el único que podía sacar algún tema de conversación y los demás podrían entonces continuar aquélla, pero si él no tenía ganas de hablar, que por lo natural era las más de las veces, aquí no hablaba ni Cristo Bendito.
Una vez hubieron terminado con lo que ese día fue el almuerzo y, como si se tratase de parte de la homilía que cotidianamente se venía repitiendo todos los días en aquella casa, José preguntó.
—¿Hemos terminado?
Y al no recibir respuesta, continuó.
—Señor, te damos las gracias.
A lo que todos respondieron.
—Amén.
Dándose de este modo la comida por concluida. Seguidamente, los cuatro se levantaron y cada uno se puso a lo que le correspondía. Padre al sillón para descansar unos minutos antes de su regreso a la obra, madre e hijas a recoger el menaje usado en la comida, barrer alrededor de la mesa, cosa de la que se debía ocupar Araceli, con una escoba más alta que ella misma, con la que casi no podía, y Catalina con su madre al resto de las labores; fregar el vedriado, guardar el pan en su talega, la fruta en su sitio y si había sobrado algo de comida, a la alacena, que allí no se tiraba nada, nunca.
Ya casi habían terminado en la cocina cuando...
—Catalina. Me ha dicho doña Remedios que estás avanzando mucho en el taller de costura, dice que está muy contenta con tu trabajo y que se te da muy bien la aguja, aunque eso ya lo sabía yo.
—Bueno, es que no es tan difícil. Además, como casi siempre se hace lo mismo; camisas, pantalones, arreglos de abrigos, de chaquetas o de gabardinas, total, que una vez que has aprendido ya no es tan complicado, hecho un arreglo, ya sabes hacerlos todos.
—De todos modos tú sigue así y sigue aprendiendo que eso puede serte muy útil en el futuro, cuando tengas tu familia, que algún día la tendrás.
Catalina no dijo nada, a los dieciséis años no se piensa demasiado en el futuro o en lo oportuno que algo pueda acabar siendo con el paso del tiempo. Lo que sí que era cierto es que a ella le encantaba ir al taller de costura de doña Remedios, allí se encontraba con amigas más o menos de su edad y otras que aun siendo mayores, ya empezaba a considerar también como amigas suyas, además, el ambiente de trabajo era muy agradable y doña Remedios no exigía demasiado ya que tampoco es que pagase mucho. Aquello era casi una reunión de amigas que hacían trabajos de costura mientras hablaban de esto o de aquello, por lo general de los cotilleos del barrio o de aquella novedad que alguna de ellas había escuchado o sabido porque alguien se lo había contado antes, o simplemente pasaban el rato canturreando alguna coplilla a la vez que le daban a la aguja y al dedal sobre el trapo que en cada momento tocaba tener entre las manos.
Los sábados y los domingos, sin embargo, no tenía que acudir Catalina al taller de costura y a cambio se dedicaba a ayudar en los quehaceres de la casa y a echar una mano en lo que fuera necesario y dispuesto por Manuela. Pero los fines de semana pasaban rápidamente y pronto llegaba de nuevo el lunes, día en el que volvía al taller de costura para disfrutar de todo lo que para ella significaba el taller de doña Remedios.

LA ADOLESCENCIA Y SUS COLORES

Era divertido, al salir del taller de costura, caminar por la calle Martínez Molina, con dirección al barrio de la Magdalena, las tres amigas y compañeras de oficio, Catalina, Ana y María, como tres reinas, bien estiradas, sabedoras de su lozanía, con aquella frescura, conscientes de no pasar desapercibidas para nadie, orgullosas de ser aquellas jovencitas que trabajaban en el taller de costura.
De este modo regresaban una vez más hacia sus respectivas casas cuando a Ana le llamó la atención algo que observó y que se venía repitiendo en los últimos días, un encuentro que al principio parecía ser ocasional, pero que, repitiéndose tantos días seguidos, ya no era tan normal.
—Niñas, me parece que alguna de nosotras tiene un admirador secreto.
—¿Qué me dices? —dijo María, que era la más alta y nerviosa de las tres.
—No sé pero..., llevo algunos días observando y me parece que un chico nos mira mucho, ¿no os habéis dado cuenta? Yo siempre lo veo cuando volvemos del taller.
—¿Cómo que un chico? No sé, yo veo a mucha gente.
—Ya, pero este es distinto, ¿no os habéis fijado?
—¿Fijado en qué? —intervino Catalina como haciéndose de nuevas.
—Cuando nos acercamos a la plaza de la Magdalena, ya se le ve la cabecilla asomando por la esquina de los soportales pero cuando llegamos a la altura de la plaza, ya no está allí aunque siempre aparece por algún sitio y..., nos mira, disimulando, pero nos mira. Ese está colado por alguna de nosotras pero, averigua de quién.
—Sí, yo también me había dado cuenta —dijo Catalina sin dejar de mirar hacia adelante.
—¡Verdad que sí! ¿A que no son figuraciones mías? ¿Lo has visto ahora? Estaba en la esquina. ¿Verdad?
—Pues yo no he visto nada —masculló María.
Las tres amigas continuaron su camino en silencio, en formación, avanzando con firmeza hacia la plaza. Al pasar junto a ella buscaron, disimulando torpemente, hasta encontrar a aquel que desde hacía algunos días parecía esperarlas sin otro interés aparente más que poder verlas pasar.
Una vez hubieron sobrepasado aquella plaza, la que extendía su amplitud al margen derecho de la calle por la que caminaban, María que, a parte de ser la mayor de las tres era también la más ingenua, masculló.
—No sé, yo no he visto a nadie especial. ¿Y cómo decís que es ese joven?
—Sí mujer, ¿no lo has visto?, de mediana altura, delgadillo, con el pelo castaño, creo —contestó Ana.
—No, el pelo lo tiene moreno y no está tan delgado —repuso Catalina a la descripción que le había dando Ana.
—Vaya, parece que hay alguien que se ha fijado en el chaval algo más de lo que parecía.
—Lo que pasa es que lo he visto alguna vez en la misa del domingo y por eso lo sé. También sé que trabaja en esa carpintería, la que hay en la plaza y se ve que con el serrín el pelo parece que lo tiene castaño, pero es moreno.
—Bueno, vale, moreno —aceptó Ana.
—¿Y has hablado con él? —preguntó María.
—Qué va, siempre está lejos, además, estoy con mis padres. ¿Qué quieres?, ¿que me maten?
—Mujer, un “buenos días” no es para tanto. Pero dime, entonces, ¿te mira?
—¡Ya estamos con la casamentera! —exclamó Ana— que cuando pasamos por la plaza también estas tú y estoy yo, vamos a dejar que sea el muchacho el que se fije en la que quiera, además, lo mismo no es nada de lo que estamos pensando, que se os ven unas ganitas de cazar a alguien que no veas.
—No te mosquees que sólo estamos hablando y, además, que yo no soy una casamentera, que al final, esas siempre se quedan para vestir santos.
De ese modo llegaron hasta la esquina en la que comenzaba la calle Molino de la Condesa en la que vivía María, donde cada día se despedía de sus amigas hasta otro momento futuro que las reuniese de nuevo.
—Bueno, nos vemos mañana.
—Hasta mañana —contestaron Ana y Catalina al unísono y sin detener sus pasos continuaron el camino.
Ya no hablaron más de aquel tema y casi de ningún otro porque lo que les quedó de trecho lo hicieron casi todo en silencio, caminando por la calle que llamaban Magdalena Baja con dirección a la Puerta de Martos hasta que llegaron a la esquina donde cotidianamente se separaban. Una escueta despedida se cruzó entre las dos amigas dando por terminada la relación hasta el siguiente día.

Claro que Catalina se había dado cuenta de la presencia de aquel chico, invariablemente presente desde hacía más de dos semanas, cada vez que ellas pasaban por la plaza. Presente aunque distante porque nunca había hecho el menor intento por entablar conversación con ellas, ni tan siquiera había probado a acercarse y cuando Catalina encontraba su mirada, de inmediato éste la retiraba y salía a estampida huyendo de la situación, escondiendo aquellos ojos negros tan profundos.
Claro que Catalina lo había visto, claro que sabía que estaría allí cada día, claro que cada vez con más entusiasmo esperaba que estuviera asomado a aquella esquina y claro que estaba deseando conocerlo, ¿pero cómo?
Tenía dieciséis años y a esa edad el corazón todavía es frágil y vulnerable, aún permanecía desprotegido de posibles invasiones que indolentemente pudieran apoderarse de él, de modo que Catalina no adivinó cómo, ni cuándo, ni por qué, pero lo cierto es que aquel joven ya se le había empezado a colar en sus sueños y en su pálpito, el que se aceleraba cada vez que éste se cruzaba por su mente o cuando se encontraba cerca. A esa edad no es difícil soñar, mucho menos cuando en el fondo del sueño está ese frágil corazón que sólo entiende de amor y buenas intenciones.

En los días que siguieron se vino repitiendo aquella situación pero ahora sí, las tres estaban impacientes por llegar a la altura de la calle Martínez Molina desde donde se empezaba a ver la esquina en la que estaban los soportales de la plaza de la Magdalena para verificar, día tras día, con disimulo pero con entusiasmo, que allí estaba el buen mozo. Después, pasaban las tres, cuchicheando, riendo abiertamente y buscando de soslayo la mirada del joven, hasta que una tarde éste no se presentó. Aquello no tenía ninguna gracia, aquel príncipe azul que siempre las esperaba en el mismo lugar, no estaba. Se habría cansado de tanta risilla, aunque también podía ser que le hubiera pasado algo, quizá un accidente en la carpintería. Las tres pasaron junto a la plaza en silencio, albergando cada una un pensamiento distinto pero al fin con la misma preocupación. ¿Se habría acabado aquella historia, antes de haber empezado?
—Hoy no está —dijo María de un modo un tanto simple. Catalina y Ana no dijeron nada, sólo continuaron caminando junto a su amiga.
De repente, sin saber de donde salió, estando las tres a la altura de la entrada principal de la Iglesia que da nombre a la plaza de la Magdalena, les salió al paso Marcelino, un amigo de Ana, de la infancia. Su llegada súbita sobresaltó a las tres amigas que iban ensimismadas con sus pensamientos.
—Hola, perdonad un momento.
—¡Marcelino, lechuga, que nos has dado un susto de muerte! —protestó Ana.
—Perdona pero es que..., bueno, lo que digo es que si no os importa, me gustaría presentaros a un amigo.
Antes de que hubiera terminado la frase, las tres ya estaban mirando y viendo a la persona que detrás de él esperaba a la señal para acercarse.
—La verdad es que él me ha dicho que tiene muchas ganas de conoceros pero no sabía cómo hacerlo, es un poquillo vergonzoso. Después se enteró de que tú y yo somos vecinos y amigos desde niños y..., yo no lo conozco mucho pero parece un buen chico, ¿qué os parece?, ¿os lo presento?
Las tres se miraron con una leve sonrisa y con un gesto entre timidez y desinterés acabaron por dar el visto bueno a lo que Marcelino les requería.
Éste se giró y con un gesto acompasado de cabeza y mano le indicó al chaval que esperaba bajo el arco de la puerta de la Iglesia de la Magdalena, que se acercara.
Cuando llegó junto a Marcelino, dijo.
—Hola. Mi nombre es Daniel, aunque mis amigos me llaman Dani.
Aquella tarde, Dani se había arreglado para la ocasión y, en lugar de la habitual indumentaria de trabajo, lucía lo que parecía ser la ropa de los domingos, con la que ya en otras ocasiones había sido visto por Catalina a la salida de misa.
—Yo soy Ana, esta es María y esta Catalina —dijo la primera con desparpajo y aplomo, propio de quien se siente segura de todo lo que hace, o al menos, esa es la impresión que quiere dar.
Seguro que aquel dato ya lo debía saber Dani que no dijo nada, sólo quedó como clavado allí, junto a Marcelino, que no hacía otra cosa sino mirar, como espectador de palco, lo que empezaba a ser una función de cine mudo.
La cara de Daniel empezó a tomar un tono rojizo quizá fruto de ser el objeto de las miradas de las tres jóvenes a las que hacía un momento se había presentado con la formula que tantas veces había ensayado delante del espejo. La respiración acelerada, aquel tum tum golpeando en el pecho y en la garganta y los nervios que empezaban a dominarlo todo. El movimiento de los ojos, cada vez más errante y nervioso, pero siempre retornando, a intervalos, hasta los de Catalina para seguidamente volver a perderse en algún otro lugar hasta que por fin encontró las fuerzas suficientes.
Las miradas de Catalina y Daniel quedaron fijas la una en la otra, clavadas como a fuego, como si nada más existiese a su alrededor.
Aquella situación empezó a incomodar a Ana que siendo como era un tanto dominante, a la que ciertamente le gustaba manejarlo todo, acabó preguntando.
—¿Bueno, qué es lo que quieres?
Dani miró por un momento a Ana como sorprendido.
—Yo quiero..., lo que quisiera es..., sólo quiero ser vuestro amigo.
—Pues ya somos amigos y, si no quieres nada más, que se nos hace tarde.
Y Ana hizo ademán de seguir su camino a lo que Dani reaccionó.
—¿Podría acompañaros cuando salgáis del taller de costura?
Entonces tomó la palabra Catalina para decir con rotundidad.
—Sí puedes.
Dani exclamó en sus adentros: “¡Fenómeno!”, pero de una forma más prudente y correcta dijo: “pues entonces hasta mañana”.
—Hasta mañana —respondió Catalina y reanudó el camino interrumpido poco antes y que le llevaba diariamente hasta su casa. Ana imitó el gesto de su amiga sin decir nada, y María, que había quedado como paralizada, observando lo que parecía ser la primera parte del primer acto de una representación teatral, la que se acababa de desarrollar justo delante de ella, repitió de una forma un tanto nerviosa y mecánica: “hasta mañana” y dando una carrerilla hasta llegar junto a sus amigas, continuó caminando con ellas en el que ya era el camino tantas veces recorrido después de salir del taller de costura.
En los días que continuaron se vio a Dani acompañando invariablemente a las tres amigas desde el taller de costura hasta la Iglesia de la Magdalena, donde siempre se despedía sin querer ir más allá. No era cosa de acompañar a nadie hasta la puerta de su casa y que esto pudiera causar molestias para alguien, pero lo que sí que parecía haber quedado claro desde el primer día es que la persona por la que Dani bebía los vientos no era otra sino Catalina y, era con ella con quien más le gustaba hablar, con la que tenía mayores atenciones y junto a la que siempre le gustaba caminar. Resultaba claro que aquella relación era especial, tan pura y sincera como sólo la más tierna adolescencia sabe crear. Hasta Ana había aceptado que en aquella disputa, nadie podía tener nada que hacer, además, hacían tan buena pareja.
En pocos meses ya era algo que corría de boca en boca, al menos entre los jóvenes del barrio y, como era de esperar, también llegó a oídos de la madre de Catalina.
Estaba atardeciendo un día anodino cuando llegó a la casa la mayor de las hijas de Manuela, ésta planchaba algunos trapos sobre la mesa de la cocina.
—Hola madre, ¿cómo está? —dijo Catalina a la vez que le daba un beso en la mejilla.
—Hija, me he enterado de que estás viéndote con un muchacho.
Esto hizo frenar de repente los pasos de la joven que se dirigía, con cierta premura, hacia el aseo que había en la planta baja de la casa.
—Yo, no.
—Pues dicen...
—¿Qué dicen?
—¡Mira, no me vengas con milongas!, que si estás tonteando con un mozo tú verás, pero que eres muy niña y no tienes edad todavía. Y como se entere tu padre prepárate porque no sé lo que puede pasar.
—Madre, que no es más que un amigo.
—¡Ves como yo sabía! ¡Ni amigo ni nada! Tú a tu costura, a tu casa y en paz.
—Pero que no es más que un amigo.
—¡Que te prohíbo que veas a ese niño!
—¡No es un niño!
—¿No será mayor? ¿Cuántos años tiene?
—Madre, que no me puede prohibir que lo vea.
—¿No será un viejo verde de esos que engatusan a las niñas? Mira que padre os pega dos tiros a cada uno. ¿Dime, quién es?
—¿Pero qué le pasa, madre? Que sólo es un amigo, que tiene mi edad, que no pasa nada. Además usted no puede prohibirme que vea a mis amigos o a mis amigas.
—¿Qué no puedo? ¡A tu cuarto! ¡Ya hablaremos si puedo o no puedo! Que nos vas a buscar la ruina. ¡Ninguna niña decente habla con mozos, que no se te olvide eso!
Catalina salió corriendo de la cocina y entró en su dormitorio, se tiró bocabajo sobre su cama y así estuvo un buen rato, llorando de coraje y de rabia, con esa sensación tan normal a los dieciséis de que ningún mayor puede ser capaz de entender nada de nada.
Como es natural, la regañina de Manuela no sirvió más que para enlazar aún más aquella relación de forma que ya no era suficiente el paseo, dos veces al día, después de la salida del taller de costura, y sin realmente proponérselo empezaron a buscar las ocasiones que les eran propicias para poder verse a solas, cuando y donde les fuera posible.
Sus pensamientos y su anhelo diario no eran otros sino el poder encontrarse en algún lugar reservado de las miradas de todos para poder entregarse a los besos y caricias de quien era su otro yo, la persona por la que se podía llegar a morir o a matar. El amor había atrapado a aquellos dos, casi niños.
Aquel era su primer amor, un torrente de nuevas experiencias se derramaba por todo su ser, un horizonte de nuevas sensaciones, algo inimaginable hasta hacía tan sólo unos pocos meses, pero algo tan grande que escapaba de su control, que les producía un ansia desesperada. Uno respiraba por el otro, la felicidad llegaba sólo por el recuerdo de la otra persona, el mundo desaparecía con un solo beso.
Pero la felicidad sólo es una parte de la vida y la otra parte nunca deja que sea ésta quien presida y gobierne por mucho tiempo. Ninguno de los dos podía saber hasta qué punto, lo que estaban viviendo en aquellos días, les iba a marcar a lo largo de toda su existencia.
Lo que vino después fue sólo la típica historia de despropósitos a los que se llega por mala información, mala fortuna y un exceso de interés por explorar eso que hierve en el interior de todo adolescente y que, encontrando el lugar y el momento menos apropiado, en algunas ocasiones da como resultado la mayor de las esperanzas casi siempre nublada por la mayor de las tormentas.


 
Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Carena en la persona de su director, José Membrive, la gentileza por permitir la publicación de este fragmento del libro de Pablo Peña Almagro, Si volviera a nacer (Ediciones Carena, 2009).

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