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Ángel Duarte: El otoño de un ideal. El republicanismo histórico español y su declive en el exilio de 1939 (Alianza Editorial, 2008)

Ángel Duarte: El otoño de un ideal. El republicanismo histórico español y su declive en el exilio de 1939 (Alianza Editorial, 2008)

    AUTOR
Ángel Duarte Montserrat

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Barcelona, 1957

    BREVE CURRICULUM
Catedrático de Historia Contemporánea. Su área de investigación se ha centrado en la naturaleza de los ideales y de los movimientos republicanos en España y entre los españoles de la emigración. Asimismo se ocupa del estudio de las relaciones globales en el marco de la Guerra Fría y en el nuevo orden internacional. Entre otros trabajos, es coautor de La paz simulada. Una historia de la Guerra Fría (Alianza Editorial)



Ángel Duarte Montserrat (foto de AGF)

Ángel Duarte Montserrat (foto de AGF)


Tribuna/Tribuna libre
El otoño de un ideal. El republicanismo histórico español y su declive en el exilio de 1939
Por Ángel Duarte, lunes, 2 de febrero de 2009
El otoño de un ideal. El republicanismo histórico español y su declive en el exilio de 1939 del Catedrático de Historia Contemporánea Ángel Duarte quiere ser una aproximación a la lenta agonía de los ideales republicanos en el exilio posterior a 1939. Privados del solar y de los elementos que los nutrían en España, esos ideales languidecieron a lo largo de cuatro décadas en tierras de América y Francia. Aquello que había sido un horizonte de esperanza para miles de españoles, la República, se desvanece al atravesar la bruma atlántica. Con esa promesa de liberación, quedan por el camino los valores reformistas, laicos, liberales y cívicos que la sostenían. En estas páginas se recuperan esos esfuerzos desesperados por mantener con vida fuera de nuestras fronteras el árbol de la libertad. Es, quizás, un relato triste. Pero de gran relevancia para explicar tanto lo que fue durante cerca de un siglo el combate democrático (c. 1840-1939) como la disociación entre los conceptos de República y de Democracia que tanto contribuiría al buen éxito de la Transición.

EL REPUBLICANISMO ESPAÑOL, UN PROYECTO CENTENARIO

El propósito de este ensayo podría formularse de manera sucinta. Con El otoño de un ideal el autor trata de explicar cómo languidece, en el exilio posterior a 1939 y tras la derrota en una brutal guerra civil, el patrimonio de ideas, valores y tradiciones organizativas del republicanismo histórico español. Procuraremos, en otras palabras, acercarnos al modo en el que una cultura y un proyecto como el republicano, en el cual y durante cerca de una centuria habían depositado sus expectativas amplios sectores de la sociedad española, dejó de ser, en la segunda mitad del siglo XX, un referente operativo. Dejó de ser útil, en Argentina o en México, en Francia o en los Estados Unidos, en el doble terreno en el que antes lo había sido en España. A saber, facilitando materiales culturales a los insatisfechos para con el estado de cosas vigente; ideas y valores que podían usarse para la movilización política en el interior de la nación. Más allá de los combates cotidianos en los que se encontraban inmersos los individuos, el republicanismo operó como un horizonte de esperanza, como una utopía posible para los colectivos humanos que participaban en la creencia en el progreso y en su corolario final, la felicidad humana. Sectores que, en cualquier caso, desbordaban los siempre estrechos límites de la militancia en uno de los muchos partidos o asociaciones que se adjetivaban como republicanas. También intentaremos reflexionar, desde la perspectiva del historiador y a la luz del crepúsculo ya anunciado, a propósito de los fenómenos recientes que están teniendo lugar en nuestro país en el sentido de reivindicar y recuperar ese legado, el republicano y el de la República.

El árbol de la libertad en tierra española

Es, la de este libro, una historia triste. Si logro mi propósito, los lectores de estas páginas se encontrarán ante el relato de la lenta agonía de una generación de españoles y, con ellos, frente a la pérdida de una pretensión de ciudadanía. El otoño del republicanismo es algo muy parecido a la muerte de un ideal cívico, liberal en sus orígenes y democrático en buena parte de sus expresiones; que no en todas. De un ideal que, a pesar de las múltiples influencias foráneas que llegó a absorber a lo largo de su dilatada trayectoria, nunca dejó de ser esencialmente español (1). Una empresa republicana y patriótica que, en los diversos países de América y de Europa en los que se ve desterrada tras 1939, se encuentra privado del líquido elemento y del sustrato geológico que le había dado vida y que le había permitido sobrevivir a los embates, a menudo penosos, de las coyunturas y del acontecer político.

El republicanismo español, haciendo uso de una metáfora botánica de aroma netamente jacobino y revolucionario, sería como un árbol cuyas simientes habrían sido lanzadas sobre la tierra de España en los primeros tiempos de la revolución liberal. Esa semilla habría germinado con los años. Los combates políticos la habían hecho crecer; el brote inicial se convirtió pronto en un tronco robusto. Las heladas y las sequías, en forma de represiones, clandestinidades, exilios y condenas a prisión, parecían, en no pocas ocasiones, marchitarlo. Pero lo cierto es que con la llegada del buen tiempo, y revelando tener unas sólidas raíces, el árbol rebrotaba e incluso daba nuevas ramas. Las raíces eran consistentes, arrancaban de cada municipio, de cada localidad o de cada barrio dotado de un centro, un ateneo o un periódico democrático; en ocasiones se guarecían en las logias masónicas, en las sociedades librepensadoras y en las tertulias anticlericales. La arboleda republicana, en su conjunto, estaba bien adaptada al régimen de lluvias, a la composición química del suelo, al cierzo y a la tramontana,… El árbol de la libertad republicana formaba parte del ecosistema político, social y cultural de este país. Nacía y se nutría de las experiencias vecinales y laborales; de las prácticas de poder, de sumisión y de revuelta. Era inseparable de las manifestaciones más variadas de relación social. Ello fue siempre así hasta 1939. El franquismo, en efecto, arrancó de raíz dicho árbol. Lo expulsó, parecía que para siempre, del solar hispano. Un número significativo de españoles procuró mantenerlo vivo en otras tierras, aunque fuese en los invernaderos que, adoptando la apariencia de centros, periódicos, editoriales e instituciones varias, se crearon en Toulouse o en Buenos Aires, en México o en París, en Nueva York o en Argel. Lo cierto es que el árbol, el histórico al que me estoy refiriendo, apenas consiguió sobrevivir y dar nuevos frutos en esas tierras lejanas.

Dejémonos ya de metáforas arbóreas, y aclaremos de modo concluyente que el autor de estas líneas entiende que el republicanismo histórico se extingue en el exilio de 1939, y que la reaparición, en la España de nuestros días, de banderas y símbolos, palabras y consignas de color republicano guarda escasos vínculos con lo que fue la trayectoria de los republicanismos hispánicos anteriores a las largas décadas de la Dictadura franquista. Es, qué duda cabe, una opinión. La intentaremos argumentar en las últimas páginas de este volumen. Nuestra propuesta parte de la premisa según la cual, desde mediados del siglo XIX y hasta los años 1930, la cultura política republicana fue un instrumento fundamental para la acción colectiva y para la plasmación de afinidades entre amplios segmentos de los sectores sociales populares y de las clases medias, profesionales o no, de este país. El mito de la República, las más de las veces federal y en ocasiones unitaria y descentralizadora, fue, al mismo tiempo un mecanismo de contestación a lo existente y un plan, difuso e impreciso en la mayoría de sus expresiones, de futuro. Como todo mito, el de la República, así como el de la Federal, fueron, en tanto que proyectos, paraísos perpetuamente aplazados. Es ese aplazamiento, en ocasiones, motivo de angustia: “Sin ver su ideal realizado, muere el federal honrado”, aseguraba una aleluya de 1872 (2). Pero también, como todo mito proyectivo, es un sedante que da pábulo a la esperanza y amortigua los dolores del tiempo presente. Es, en definitiva, lo que permite al padre ilusionar a la progenie con un recurrente “Hijo, ¡tú la verás!”. La tierra de promisión, ya que no al alcance de uno mismo, siempre lo estará al de las futuras generaciones.

El republicanismo, en tanto que ideal, facilitó un complejo y variado repertorio de recursos, filosóficos y ornamentales, ideológicos y rituales, de lecturas del pasado y de horizontes para el porvenir, de metáforas que sedujeron la imaginación de un gran número de trabajadores y pequeños empresarios, artesanos y comerciantes, campesinos y obreros, abogados y periodistas, maestros de escuela y catedráticos de universidad. La gama de adhesiones, como, alternativamente, la de los recelos que suscitaba el vocablo República, no pudo ser más variada. Ya desde los años veinte y treinta del siglo XIX, en los círculos exaltados, comuneros y carbonarios -que así se llamaban las sociedades secretas y quienes participaban en ellas-, los elementos profesionales e intelectuales procuraron, según sus censores, estimular y dar cabida a la participación política de “la clase más infame de la sociedad”. Esas voces críticas entendían por lo más ruin no otra cosa que “un albañil, un zapatero, un tripero, un carnicero, un relojero,…” (3). Es decir, gente de oficio, menestrales y artesanos. Esos habrían sido los asistentes a una reunión de exaltados en la Zaragoza del abril de 1822. Ese sería, en sus rasgos más esenciales y de superior duración, un componente importante, central me atrevería a asegurar, de la sociología del posterior movimiento republicano. Fue, el republicano, un ideal interclasista, mesocrático y, al mismo tiempo, sobre todo en sus escasos momentos triunfantes, de nítidos perfiles plebeyos, que consiguió resistir, mientras operó en España y aunque de forma sincopada, al desgaste de los años y de los fracasos.

Para completar esta primera y rápida aproximación, el lector deberá tener presente que el republicanismo nació y vivió en los límites, o directamente fuera, del sistema político creado con la revolución liberal. Los republicanos, presentándose a ellos mismo como herederos consecuentes de los diputados de Cádiz, reclamándose legatarios de los principios avanzados en la Constitución de 1812, procurando culminar esa tarea inconclusa de la creación de una Nación de ciudadanos, tendrán, de hecho, una muy débil o nula participación legal en las estructuras centrales del Estado a lo largo del tiempo. Otra cosa será en algunos Ayuntamientos o incluso en ciertas Diputaciones. Se sienten la médula de la política española, pero no lo son. En absoluto. Pudiera decirse, con un punto de exageración dada su presencia en los gobiernos locales y provinciales, que vivieron a la intemperie. Por lo demás, serán distinguidos por parte de los observadores externos, y veces por sus propios militantes, por su capacidad para jugar, de manera preferente cuando no exclusiva, en el terreno de los principios abstractos, mediante el retruécano y la fórmula sentenciosa. Finalmente, y cada vez con mayor intensidad, serán estigmatizados por su incompetencia, por su querencia por el caos y el desorden, y por su impotencia para llevar a la práctica sus presupuestos teóricos y sus visiones del mundo. No deja de resultar sorprendente, releer en un artículo escrito por Álvaro de Albornoz, un conspicuo representante del radical socialismo de principios de siglo XX, ministro de la Segunda República y jefe de su Gobierno en el exilio, una diagnosis crítica en línea con lo que acabamos de comentar. Allá por el año 1916 y en referencia al republicanismo posterior a la experiencia de la Primera República, tras algunas consideraciones que dejan clara la incompetencia de los liderazgos, Albornoz ponía en cuestión algo más. Decía, desde las páginas de España, “En irreductible oposición con las masas, [Emilio] Castelar; jefe de una escuela social más bien que político, [Francisco] Pi [y Margall]; e indeciso y vacilante [Nicolás] Salmerón entre los estímulos de una conciencia y las solicitudes de la calle, puede decirse que toda la actuación republicana durante treinta años es progresismo puro. La misma vana y pomposa declamación, idéntico prurito de los problemas abstractos y de los principios generales, la misma falta de sentido político, igual incompetencia técnica, el mismo funesto espíritu de división y discordia. La misma falta de civilismo, la eterna nostalgia de la conspiración y el pronunciamiento, la misma sumisión al caudillismo bereber. Como el progresismo tuvo la espada de Espartero y después la de Prim, el republicanismo progresista lleva cuarenta años esperando ver surgir la República de la espada triunfador y radiante de un general de fortuna” (4). La mirada de Albornoz se adscribe al venero progresista; algo muy parecido podríamos encontrar en los textos de esos otros republicanos que se reclamaban de filiación federal.

Esta suerte de balances crueles no obsta para que, incluso entre sus más fieros detractores, tenga que reconocerse la otra cara del republicanismo español: éste fue, o procuró ser, una escuela. En el sentido de que fue una cultura y un movimiento que hizo accesible, a amplios sectores de la sociedad, el aprendizaje de las reglas y de las condiciones de la política moderna. Que ese proceso de aprendizaje fuese exitoso, o no, sería más discutible. En buena medida, y por su carácter de enemigo mortal de la reacción, de la contrarrevolución y del moderantismo liberal, el republicanismo del ochocientos fue, de manera inevitable, una cultura de guerra civil. Junto a la dimensión cívica, plasmada en centros y en periódicos, en tertulias y en bibliotecas; junto a la sintonía con algunas de las corrientes intelectuales más serias de aquellas épocas -del krausismo al positivismo-; junto a todo ello, en fin, existió otra dimensión, la bélica, que tuvo su lugar en las milicias y cuerpos de voluntarios, en las partidas que salían a la captura del carlista o aseguraban la defensa de la ciudad asediada, en los motines y en las masas arracimadas en las barricadas, al fin y al cabo, otra variante de la guerra civil.

NOTAS:
(1) Blas Guerrero, A de: Tradición republicana y nacionalismo español: 1876-1930 (Madrid, Tecnos, 1991).
(2) Termes, J.: Anarquismo y sindicalismo en España. La Primera Internacional (1864-1881) (Barcelona, Ariel, 1972).
(3) Zavala, I. M.: Masones, comuneros y carbonarios (Madrid, Siglo XXI, 1971).
(4) El artículo de Álvaro de Albornoz se recoge en Suárez Cortina, M. (1998), "El republicanismo español tras la crisis de fin de siglo (1898-1914)", Cuadernos de Historia Contemporánea 20, pp. 165-189.



Nota de la Redacción: Este texto corresponde al de libro de Ángel Duarte, El otoño de un ideal. El republicanismo histórico español y su declive en el exilio de 1939 (Alianza Editorial, 2008). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento tanto al autor como a Alianza Editorial por su gentileza al facilitar la publicación en Ojos de Papel.

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