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miércoles, 20 de mayo de 2009
Lech Walesa, Jaruzelski, Honecker, Caucescu... Los países socialistas después de Stalin (y II)
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[6924] Comentarios[1]
Al fallecer Stalin en marzo de 1953, la Unión Soviética que dejaba como legado aparecía ante los ojos del mundo como un ejemplo de país atrasado económica y socialmente que había sido capaz en muy pocos años de dejar atrás esa herencia gravosa hasta convertirse en una de las dos superpotencias mundiales. El prestigio del país como alternativa factible a la concepción capitalista ampliaba los apoyos soviéticos entre los partidos comunistas y la izquierda de la Europa occidental, y sobre todo, entre las fuerzas revolucionarias de algunos países asiáticos y africanos
Juan Antonio González Fuentes 

Juan Antonio González Fuentes

[NOTA: Ëste artículo es continuación de Los países socialistas después de Stalin (I)]

En Hungría, los aires renovadores fueron capitaneados por Imre Nagy, presidente del Gobierno en 1956. Su primera intervención fue de carácter apaciguador hacia el interior, solicitando a todos los sectores de la vida pública húngara el establecimiento de un pacto nacional para avanzar con precaución por la senda de la reforma, y de firmeza hacia el exterior, al negociar y obtener de los soviéti­cos su retirada de Budapest. Al creerse respal­dado en sus pretensiones de cambio, Nagy profundizó en sus reformas extin­guiendo el monopolio comunista, pero se encontró con la oposición frontal de la URSS. El diri­gente húngaro no se arredró y el 1 de noviem­bre de 1956 anunció a la comunidad interna­cional que su país abandonaba el Pacto de Varsovia y apelaba a la ONU para que le garantizase el estatuto de nación neutral, rom­piendo el statu quo en vigor desde la II Guerra Mundial. Esta última decisión llevó a los soviéticos a intervenir en Hungría: el 4 de noviembre unidades del Ejército Rojo toma­ron Budapest y anunciaron el cese en sus fun­ciones del Gobierno de Nagy. Días des­pués un nuevo ejecutivo prosoviético tomó las riendas del poder en todo el país.

El proceso de contestación al estalinismo tuvo en Polonia un comienzo más de índole social que política en los años cincuenta. Sin embargo, en 1964 el sector más reformista del POUP se posicionó públicamente a favor de una “revolución política antiburocrática”, animando a los militantes comunistas a terminar con la desidia y corrupción. La direc­ción del partido rechazó la propuesta de cambio auspiciada por la “intelligentsia”; como conse­cuencia, el país se vio sacudido por una protes­ta de intelectuales y universitarios que terminó con la depuración de los contestatarios en el partido y la universidad, y con la salida de Polonia de 25.000 polacos judíos, pues las autoridades presentaron la revuelta como un contubernio de «elementos sionistas» contra el Estado comunista.

En la República Democrática de Alemania, uno de los problemas más graves fue el de la emigración masiva de población hacia el Oeste. Además del coste económico, las autoridades de la RDA veían una pérdida de legitimidad en el hecho de que sus ciudadanos prefiriesen vivir dentro de un sistema capitalista antes que en la patria del proletariado alemán. Así, con el pro­pósito de evitar salidas masivas, las autorida­des germano orientales optaron por romper todo vínculo con el oeste y en agosto de 1961 ordenaron levantar el Muro de Berlín. Con la construc­ción del Muro, los dirigentes pretendieron erradicar la contestación revisionista, pero no pudieron evitar las implicaciones simbólicas del hecho.

Alexander Dubceck

Alexander Dubceck

En Checoslovaquia, fue la propia di­rección del Partido la que alentó una nue­va reforma en los ámbitos de la economía y de la política, nombrando en enero de 1968 al renovador Alexander Dubcek como primer secretario del PCCh. Una vez que el equipo diri­gido por Dubcek logró hacerse con las riendas del poder, el nuevo mandatario presentó al país en abril de 1968 (la "primavera de Praga") las líneas básicas de la reforma del sistema, el deno­minado "Programa de Acción". Atendiendo a sus postulados (relacionados con la propiedad colectiva de los medios de producción o el papel dirigente del partido), el Programa no cuestionaba el sistema socialista y sólo pretendía su transforma­ción para acomodarlo a los tiempos. La nueva dirección comunista acometió también toda una serie de cambios con los que lograr la adhe­sión de la ciudadanía: supresión de la censu­ra, mayor tolerancia con las confesiones reli­giosas o plena igualdad constitucional entre Chequia y Eslovaquia dentro de la nueva estructura federal del Estado.

Sin embargo, después de unos meses de tensas relaciones con las autoridades soviéti­cas, éstas decidieron por la intervención directa en el país con el apoyo de la RDA, Polonia, Hungría, Bulgaria y los sectores inmovilistas del PCCh: en agosto de 1968 los tanques del Pacto de Varsovia entraron en Praga. Así concluía el intento de construcción de un “socialismo con rostro humano”, las reformas que afectaban a las prerrogativas del partido fueron derogadas y en 1969 se sustituyó a Dubcek por Husak.

En Yugoslavia, una vez consolidado el modelo propio sobre la base de la autogestión y el no alineamiento, la muerte de Stalin facilité el reencuentro con la Unión Soviética: en 1955 Kruschev visita­ba Belgrado y en 1956 Tito viajaba a Moscú, se normalizaron las relacio­nes diplomáticas y se potenciaron los inter­cambios económicos. En el ámbito interno los desajustes socioeconómicos, el creciente antagonismo entre los diferentes territorios, los aconteci­mientos de 1968 y 1971 (movimientos estu­diantiles y políticos como la crisis croata y nacionalistas como la de Kosovo) se quisieron paliar con nuevas nor­mas jurídico-políticas y económicas. En el texto constitucional aprobado en 1974 aumentaban las prerrogativas legales de las distintas repúblicas en detrimento del poder del Gobierno federal. Tras la muerte del mariscal Tito en 1980, el país vivió una década marcada por la difícil situación económica y las diferencias entre los territorios de la federación, que la presidencia colegial no pudo evitar y fueron unidas a un resurgir de los sentimientos nacionalistas.

La intervención en Checoslovaquia de 1968 abrió paso a los años de la “normalización”, caracterizados por un regreso al control soviético sobre los países del bloque socialista, justificado de acuerdo a la doctrina de “soberanía limitada” enunciada por Breznev. El cierre de la vía reformista y la vuelta a las prácticas autoritarias y represivas habituales no evitó que continuasen los problemas para los gobiernos comunistas, a lo que hubo que sumar la difícil situación económica de los setenta, originando un malestar popular que en el caso polaco dio lugar a fuertes protestas.

Lech Walesa

Lech Walesa

Las primeras protestas graves se produjeron en Polonia en diciembre de 1970, en un contexto de inestabilidad crónica y una difícil situación económica, que alentó una protesta obrera en todo el litoral báltico, especialmente en ciudades como Gdansk o Gdynia, cuya represión generó fuertes disturbios sal­dados con muertos, heridos y cuantiosas pérdidas materiales. Los hechos provocaron la caída de Gomulka, dando lugar al programa “construyamos la segunda Polonia” impulsado por su sucesor Gierek, que resultó incapaz de cumplir sus objetivos de modernizar el país, continuando los problemas económicos y el descon­tento entre la población. La situación estalló con especial virulencia en el verano de 1980, con una oleada de huelgas comenzada en los astilleros de Gdansk y extendida a todo el país, dando lugar a un movimiento contestatario contra el régimen comunista con la fundación del sindicato independiente Solidaridad, liderado por Lech Walesa, con el apoyo de los intelectuales disidentes y de la Igle­sia Católica (debe recordarse además que en 1978 había sido nombrado Papa el polaco Karol Woytila). Además de provocar la caída de Gierek, sustituido como primer ministro por el prestigioso general Jaruzelski, el nuevo sindicato consiguió ser autorizado y alcanzó en un año diez millones de afiliados al año de su creación, convirtiéndose en la principal fuerza social del país. Ante el empeora­miento de las condiciones materiales y la radicalización de la vida política las autoridades decidieron en octubre de 1981 otorgar todo el poder a Jaruzelski, quien en diciembre proclamó la ley marcial, que se mantuvo por un año. Con ello, consi­guió cortar la expan­sión de Solidaridad y evitar la invasión del país por el Pacto de Varsovia, aunque tuvo escaso éxito en la reconstrucción socio-económica.

En el resto de los países del bloque socialista la situación fue más tranquila, caracterizada en todos los casos por el férreo control de la vida política y social por el partido comunista, la represión de toda disidencia, el estancamiento económico y un soterrado descontento social. Por lo general los gobernantes trataron de hacer frente a esta situación impulsado el crecimiento económico y el bienestar de la población, con resultados ambiguos dadas las dificultades del momento. La RDA presidida por Honecker se caracterizó por mantener una de las economías punteras del bloque socialista y unas envidiables prestaciones sociales, pero la falta de libertades, la presencia del muro y el ejemplo de la rica RFA explican el persistente malestar de parte importante de la población. Hungría, dirigida por Kadar, combinó el desarrollo del liberalizador "Nuevo Mecanismo Económico” con el estrecho control político mantenido por el partido, aunque con cierto relajamiento visible en la pseudorreformista Constitución de 1972 y en el estilo abierto del "socialismo a la húngara". En cambio Checoslovaquia respondió a los sucesos de 1968 con un proceso de depuraciones a gran escala en el partido y la administración, manteniéndose el gobierno atento a impedir todo “rebrote liberal”, por otro lado la reforma constitucional de 1971 reestructuró la federación, que pasaba a estar formada por dos estados con los mis­mos derechos y deberes (la República Socia­lista Checa y la República Socialista Eslova­ca). Bulgaria tuvo igualmente en 1971 una nueva Constitución, que la definía como un «Estado socialista de los trabajadores» y mantenía con todo vigor la ortodoxia habitual, esta situación fue contestada por los grupos opositores al régimen reclamando una apertura a través de la "Declaración de 1978".

En estos años Rumania mantuvo una evolución relativamente autónoma, marcada por el alejamiento de Moscú de su dirigente Ceaucescu. Este dictador megalómano promovió en el país una “revolución cultural" de inspiración china, condenó la intervención de Checoslovaquia en 1968 y reclamó un modelo socialista propio, acercándose a EEUU y Occidente al tiempo que se alejaba de la Unión Soviética. Esto le granjeó una cierta fama de “liberal” en los países occidentales, de los que obtuvo amplios créditos, pero la realidad es que el régimen rumano era el más despótico de la zona, con un acusado culto a la personalidad del “Conducator”, mientras que los grandes planes ideados por el dirigente fracasaron rotundamente a la hora de conseguir la modernización del país, dando lugar en los años ochenta a una gravísima situación económica.

***

Últimas colaboraciones de Juan Antonio González Fuentes en Ojos de Papel:

-LIBRO: Philip Roth, Indignación (Mondadori, 2009)

-CINE: Kevin Macdonald, La sombra del poder (2009)


NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


Comentarios
20.05.2009 21:07:07 - ralb



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