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Antonio Álvarez Gil:  <i>Después de Cuba</i> (Baile del Sol, 2009)

Antonio Álvarez Gil: Después de Cuba (Baile del Sol, 2009)

    NOMBRE
Antonio Álvarez Gil

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Melena del Sur, La Habana, 1947

    BREVE CURRICULUM
Reside desde 1994 en Estocolmo, Suecia. Su obra principal está publicada en Cuba, Uruguay, Costa Rica, Puerto Rico, Suecia, Italia y España. Álvarez Gil ha sido recogido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos aparecen regularmente en revistas y periódicos de varios países

    OBRA
Entre sus libros de cuentos figuran Una muchacha en el andén, Unos y otros, Del tiempo y las cosas, Fin del capítulo ruso y Nunca es tarde. Tiene, además, publicadas las novelas Las largas horas de la noche, Naufragios, Delirio nórdico, Concierto para una violinista muerta y Después de Cuba, y en proceso de edición la novela Callejones de Arbat. Su última novela, titulada Perdido en Buenos Aires permanece aún inédita

    PREMIOS
Por su obra de narrativa ha recibido El Premio David en Cuba y los Premios Ciudad de Badajoz, Ateneo Ciudad de Valladolid, Generación del 27 y Kutxa Ciudad de Irún, en España




Creación/Creación
Antonio Álvarez Gil: Después de Cuba
Por Antonio Álvarez Gil , miércoles, 1 de julio de 2009
Después de Cuba (Baile del Sol, 2009), de Antonio Álvarez Gil, habla sobre un pueblo que un día soñó con ser feliz en su patria y que, tras una larga e infructuosa búsqueda, comprueba que, tanto dentro como fuera de sus orillas, Cuba es una herida que nunca deja de sangrar. Escrita con un lenguaje cuidado y un tono ágil y ameno, esta novela muestra la cara más sorprendente de la realidad cubana actual, aunque también muchos de sus costados más dramáticos e incluso sombríos.
Mientras Araceli tomaba una ducha, Rolando encendió el televisor con la intención de distraerse un poco. Por los dos canales transmitían un acto político que se desarrollaba en algún pueblo o ciudad del interior. Se trataba, en concreto, de un barrio construido por la Revolución, porque estaba integrado en su totalidad por edificios de paneles semejantes a aquél en que vivía su hermana. Sobre el escenario, a cuyo fondo aparecía un gran cartel con una consigna de contenido patriótico, se veía una tribuna, ocupada en aquellos momentos por un hombre que vestía un pulóver blanco con la conocida imagen del Che impresa sobre el pecho. El hombre pronunciaba un fervoroso discurso, que escuchaban con suma atención los miles de asistentes al acto. A juzgar por el tono, más que discurso, las palabras del orador parecían una arenga de un general a un ejército que se dispone a entrar en combate. Según se apreciaba por la imagen, la exhortación rozaba su punto culminante. Quizás aquéllas fueran incluso las palabras de cierre, porque, tras dirigir una serie de encendidos llamados al pueblo, el hombre se detuvo, en espera de los aplausos de la muchedumbre. Cuando el plano cambió y la cámara se desplazó por sobre los asistentes, un mar de pequeñas banderas cubanas se agitaban en el aire. Rolando comprendió que aquella marea tricolor era el sucedáneo de los aplausos, una novedosa manera de expresar la aprobación de las masas, quizás menos ruidosa que la convencional, pero de una fuerza plástica mayor. En cualquier caso, la cámara paseó durante un buen rato sobre el bosque de banderitas. De repente, el plano volvió a cambiar, y ahora fue la primera fila de invitados la que ocupó la pantalla del televisor. Allí estaba el comandante en jefe, acompañado de varios compañeros de generación, vestidos todos de uniforme verde olivo, todos agitando al aire sus respectivas banderitas cubanas. Era el grupo de lo que en Cuba se denomina «comandantes históricos de la Revolución». Resultaba patético ver a aquellos héroes de otro tiempo, la mayoría totalmente envejecidos, con sus gorras de béisbol verde olivo y sus manos levantadas, agitando con aire inocente las banderitas de un lado a otro de sus rostros. Cuando por fin el orador retomó la palabra, lo hizo para decir varias consignas, que pasó a enunciar con voz alta y vibrante. La primera de ellas reclamaba el derecho inalienable del pueblo cubano a seguir viviendo en libertad a noventa millas del imperio; la segunda, aseguraba la victoria segura sobre cualquier agresión imperialista. Por último, la tercera reafirmaba la decisión irrevocable del pueblo de morir combatiendo por defender su independencia, su soberanía y su revolución. Enseguida, ante la mirada satisfecha del comandante en jefe y su pequeño grupo de comandantes históricos, el orador articuló un apasionado grito de «Viva la Revolución», que la gente de abajo coreó con un «viva» seco y fuerte; un «Viva la Patria», el cual fue contestado con otra respuesta semejante de la multitud y, ya en la cima del arrebato popular, un altísimo y rotundo «Viva Fidel». En este punto, por supuesto, la cámara recogió el gesto adusto del jefe de la Revolución, quien se había puesto de pie y paseaba la mirada sobre el pueblo que lo aclamaba. Sin dejar de agitar de un lado a otro su banderita de papel, el máximo líder sonrió a los miles de cubanos que en aquel momento se pusieron a agitar con todas sus fuerzas sus respectivas enseñas nacionales. Era la imagen del padre que sonreía magnánimo a sus hijos, la imagen del padre de la patria. No, se corrigió Rolando, no era sólo el padre.
Era a un tiempo la Patria, la Revolución y el Padre de ambas. Todo a la vez, junto y diferenciado. Los tres en uno, más o menos como la Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Espíritu Santo. Él era el Padre, naturalmente; pero también su Hijo, es decir, la Revolución. Lo más interesante, sin embargo, era que se había constituido también en Espíritu Santo, es decir, en Patria, que siendo quizás el concepto más abstracto de los tres, era la más idónea para cargar con las culpas y, al mismo tiempo, sufrir en cuerpo y alma las consecuencias de todo lo demás.

Sí, se dijo él, era una religión, concebida más o menos como la cristiana. Cierto que no todos estaban en la misa, ni tampoco todos los que iban a ella creían con igual fervor. Pero eran bastantes. Y muy devotos, en todo caso. De cualquier manera, lo que había en la pantalla era una buena muestra de los millones de fieles que veneraban a aquella Santísima Trinidad. Como si hubieran calcado la de Roma, aquella religión tenía sus mártires, sus viejos santones con gorras de pelotero verde olivo y, por supuesto, sus repetidas campañas de inquisición. Mientras se levantaba de su asiento, Rolando se preguntó cómo había sido posible que en algún momento de su vida él también creyera en semejante historia. Sin intentar encontrar la explicación, apagó el televisor y se dispuso salir al balcón para respirar un poco de aire fresco. No pudo hacerlo, porque en aquel justo momento tocaron a la puerta, y él se apuró en abrir.

—¡Oye, mi primo! ¡Qué bien estás!

Era Susana, que cruzaba el umbral con los brazos abiertos. Aunque ya él y Araceli habían hablado varias veces del tema, no dejó de sorprenderle el nuevo aspecto de su prima. Era evidente que se había adaptado perfectamente a su papel de novia-de-un-cubano-de-Miami, y que le encantaba desempeñarlo. Había ganado unas libras, y a Rolando le pareció más bonita y animada que antes, además de que se veía feliz y satisfecha de la vida. Su hermana le había contado que hacía tan sólo unas semanas Fernando había hecho un viaje corto a Cuba, con el fin de «ver» a su novia. El resultado del encuentro saltaba a la vista. Susana andaba vestida de la cabeza a los pies con ropa de la shapping, además de que los dólares que le había dejado el novio para comenzar las gestiones y papeleos de la boda, el pasaporte, etc., habían hecho lo suyo en la mejora y embellecimiento del cutis, el cabello y la estampa general de la otrora comunistísima prima. Cuando se abrazaron para besarse, Rolando tuvo por un instante la impresión de que los labios de Susana se regodeaban más de la cuenta en su mejilla, además de que habían elegido posarse en una zona peligrosamente cercana a sus propios labios. Por otra parte, nunca antes había sentido los pechos de su prima tan grandes, voluminosos y bien acoplados a su pecho como en aquel largo y cálido abrazo que se prodigaron allí en la sala de la casa de Araceli en Santa Marta. En cuanto se hubo separado de Susana, Rolando la tomó por los hombros y, haciendo como si repasara y apreciara de arriba abajo su persona, le dijo en tono de guasa:

—Y a ti, mi prima, la verdad es que te ha asentado el noviazgo. Te estás poniendo a punto.

—¿A punto para qué?

—Para la noche de bodas —siguió Rolando en el mismo tono—. Porque yo diría que va a haber noche de bodas, ¿no?

—Ya está bien —dijo Susana— deja el relajo y cuéntame.

—No, por favor —pidió Rolando—. No me hagas contar de nuevo «la historia del tabaco».

Abrazados como dos enamorados, fueron hasta el sofá y tomaron asiento. Allí Rolando se separó de Susana y, aprovechando el saludo de su prima con Araceli, que acababa de salir de la ducha, le dijo:

—Creo que la que tiene que contar eres tú. ¿Cómo ha sido eso?

Era la tarde de su cuarto día en Santa Marta. Por suerte no había nadie más presente, excepto Araceli, que estaba al día de la historia. De modo que Susana no tuvo inconvenientes en referírsela a su primo. Una parte importante del relato lo conformaba el intento de Fernando de conectar con Tania. Cuando el nombre de su antigua pasión salió a relucir, Rolando no pudo disimular un tropel de emociones diversas. No importaba, se dijo, las dos mujeres conocían muchos de los pasajes de su relación con Tania. Claro, quizás su prima sabía más de lo que él imaginaba que sabía. Así y todo, no se molestó en disimular su malestar por los esfuerzos de reconquista de Fernando, que en su intento se habría valido seguramente de su favorable situación económica en Miami. Susana, por su parte, apenas ahorraba detalles en el relato. Habló de su papel inicial en el asunto, del fracaso de Fernando y del cambio de situación. Se refirió a las interminables conversaciones telefónicas entre ellos dos, y al paulatino proceso de acercamiento posterior. Llegó, por fin, al momento de la declaración de sentimientos del hombre —que se reservaba para sí— y a su propuesta de matrimonio. Aseguró que le había costado aceptarla, teniendo en cuenta que ella y Fernando apenas se conocían. Finalmente se había decidido, y ahora estaba arreglando los papeles para comenzar una nueva vida «allá» con él. Rolando no pudo menos que apreciar el alcance de la ilusión de su prima, y se preguntó si en realidad estaría enamorada, o si todo aquel cambio de casaca no se debía exclusivamente a motivaciones más terrenales que las inducidas por el amor, el cariño u otros sentimientos de ese orden. En cualquier caso, la historia de Susana había vuelto a sacar a la superficie de sus pensamientos el tema de Tania, y se dijo que al día siguiente iría a verla a Bayanabo.



Nota de la Redacción: este texto pertenece a la novela de Antonio Álvarez Gil, Después de Cuba (Baile del Sol, 2009). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento a la editorial Baile del Sol por facilitar la publicación en Ojos de Papel.
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