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viernes, 15 de febrero de 2008
De vacaciones en Dublín con James Joyce
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[5541] Comentarios[0]
La visita al The James Joyce Centre de Dublín es completamente desilusionante. Todo en el centro parece indicar que Dublín quiere pasarle factura a su polémico y famoso hijo

Juan Antonio González Fuentes

Juan Antonio González Fuentes

El pasado mes de diciembre viajamos hasta Dublín aprovechando las vacaciones por las celebración de la Constitución. Hacía 15 años que no viajaba a las Islas, concretamente desde la primavera del año 1991, cuando pasé un trimestre para mí inolvidable en la Leicester University. 

Como era de esperar Dublín nos recibió con frío y una lluvia continua pero tranquila, que incomodaba pero no impedía los paseos, y menos a dos santanderinos como nosotros, es decir, a dos habituales paseantes bajo la lluvia cantábrica. El vuelo, en compañía de bajo coste, Madrid-Dublín, nos dejó en un aeropuerto sencillo y no muy grande con un cierto aire antiguo, como de los años setenta. El taxi nos condujo por paisajes anochecidos y casi de postal navideña, pudiendo contemplar desde nuestros asientos cantidad de árboles de navidad iluminados que se asomaban a las ventanas de las casas buscando la curiosidad de los paseantes. Tras un sinfín de vueltas y más vueltas por calles estrechas y confortables, el taxi nos dejó en la misma puerta de nuestro hotel con apellido literario, el hotel Conrad, un cinco estrechas que resultó una sede inmejorable para nuestra particular conquista de la capital de Irlanda.

Dublín es una capital pequeña y con pocos habitantes. La frase es perfecta en su construcción y en la intención de lo que quiere significar. Es decir, Dublín no es una ciudad pequeñita, es, claro, mucho más grande que mi ciudad, Santander, o que casi todas las capitales de provincia españolas, pero sí es una “capital” pequeña, en comparación con cualquiera de las europeas que conozco (París, Londres, Lisboa, Roma, Madrid, Moscú, Praga, Budapest), o con cualquiera de las “grandes” ciudades del viejo continente.

Dublín no tiene metro, lo que puede dar una idea de sus dimensiones, o mejor dicho, de las dimensiones de su núcleo central, de su centro histórico y antiguo, perfectamente abordable en varios paseos si uno no le hace ascos al ejercicio andarín. Así que a lo largo de nuestra estancia, y partiendo del Hotel Conrad, nos recorrimos en diversos y largos paseos el Dublín que todo turista debe contemplar y caminar: las catedrales, los parques más importantes, la biblioteca y el museo nacionales, el Trinity College, las calles comerciales y más populosas, el parlamento, el castillo... Además de los monumentos y lugares emblemáticos de visita obligada, también nos perdimos por varias magníficas librerías, por cafés, pubs y algunos restaurantes de moda que, por cierto, cubrieron sobradamente las expectativas.

Quizá lo que más me llamó la atención de Dublín, además de su confortable y doméstica belleza, fue la juventud de sus habitantes (realmente llamativa y escandalosa) y el bullicio alegre y constante de sus calles. Los cafés, los pubs, los restaurantes, los clubes..., estaban siempre a rebosar, en una especie de fiesta callejera sin término. Desconozco si las fiestas navideñas contribuyeron a crear tal ambiente festivo, pero lo que sí es indiscutible es que a comienzos de diciembre la Navidad estaba instalada en toda regla en la capital de Irlanda. Decoración al uso, árboles de navidad públicos y privados, nacimientos en los escaparates de las licorerías o de las tiendas de comestibles, transeúntes cargados de regalos y de bolsas lujosas, tiendas y centros comerciales tan transitables como imagino debía de serlo la cueva de Alí Babá y sus cuarenta ladrones.

En resumidas cuentas, lo pasamos francamente bien en Dublín, y es un viaje que recomiendo con gusto a todos aquellos que deseen realizar una escapada festiva y amena y no dispongan de muchos días para disfrutarla.

Bien. Punto y aparte. Como amante de las letras que soy y también algo mitómano y fetichista, en este viaje a Dublín no dejé de intentar seguir o buscar algunas de las huellas de sus escritores más famosos por sus calles frías y húmedas calles invernales. Me topé con Yeats, por ejemplo, en una exposición a él dedicada en la Biblioteca Nacional, a tiro de piedra de un pub en el que una placa indicaba que era uno de los lugares preferidos por James Joyce para probar el alcohol. También me di de bruces con Oscar Wilde, más concretamente con su coloreada y un tanto estrambótica estatua, escondida casi tras unos arbustos en la casi deprimente esquina de un melancólico parque situado justo enfrente del edificio en el que nació o vivió el poeta, ocupado ahora por un no recuerdo qué instituto de no sé qué jóvenes americanos. A Bram Stoker, el creador del aristocratizado Drácula, no me lo encontré de ninguna forma, aunque tampoco hice mucho por encontrarlo. Al que sí me empeñé en ver fue a James, y no al Bond de turno, si no al Joyce del Ulises y de Dublineses.  

Al casi ciego Joyce me lo tropecé en dos ocasiones. Una en forma de bastante afortunada estatua en una de las principales avenidas del centro de Dublín, la hermosa calle O’Connell. La verdad es que sus conciudadanos no parecían hacerle mucho caso a su estatua, y pasaban junto a ella sin echarle un simple vistazo. Sin embargo los turistas nos apostábamos con algún disimulo en distintos puntos estratégicos para inmortalizarnos junto al escritor hecho bronce. La segunda vez fui a buscarlo al The James Joyce Centre Dublin, situado en un edificio dieciochesco en el número 35 de North Great George’s Street. Hacía dicho lugar nos encaminamos una mañana en la que el sol brillaba entre las nubes y hacía un poco más llevadero el frío sólido y sincero del Dublín georgiano. Tras mucho caminar y mucho consultar los planos y las guías, tras mucho seguir las señalas municipales que más que mostrar parecían querer esconder el lugar, por fin, digo, dimos con él.

Joyce y Dublín, Dublín y Joyce, el Ulises dublinés de Joyce, los relatos Dublineses de James Joyce, Los muertos, la última obra maestra de John Huston basada en un relato dublinés de Joyce. Todo hacía presagiar que la visita al Joyce Centre sería memorable, que dicha institución guardaría tesoros fabulosos relacionados con el escritor y poeta, que el Centro Joyce de Dublín sería un monumento en sí mismo erigido por Irlanda y su capital a uno de sus hijos más ilustres.

The James Joyce Centre Dublin

Pues nada de nada. Si en cualquier lugar de España se tuviera un centro dedicado a un escritor de la categoría de Joyce como se tiene el de Dublín, hablaríamos con toneladas de palabras de la pobreza de nuestra vida cultural, de vergüenza, de situación intolerable, de desprecio al talento, etc, etc... Un inmueble de al menos tres alturas acoge en James Joyce Centre de Dublín. Salvo los trabajos interactivos que pueden consultarse en algunas pantallas de ordenador, el resto de lo exhibido es casi de barraca de feria de localidad atrasada.

The James Joyce Centre Dublin

Unos pocos cuadros salpicando las paredes del edificio, una mesa camilla con un puñado de libros de muestra, la recreación casi funeraria y anoréxica del dormitorio del escritor, algunos cuantos folletos desperdigados por las esquinas y casi nada más de verdadero provecho y dimensión. Toda esta visita realmente infructuosa y tétrica por 5 euros cada adulto.

The James Joyce Centre Dublin

Salí no dando crédito a tamaña pobreza, a tal descuidado escarnio en supuesto homenaje al genio de las letras irlandesas. A los pocos pasos de mi consternación compartida con Ella, nos tropezamos casi con un pequeño grupo de estudiantes españolas a la caza y captura del santuario joyceano. “Dad media vuelta y no perdáis el tiempo en semejante ejemplo de improvisación, dejadez y desahogo cultural. Id a tomar una cerveza al bar más cercano, saldréis ganando”, espeté a las compatriotas antes de que tirarán 5 euros en tamaña alcantarilla.

Estupefactos, Ella y yo entramos en un local situado muy cerca del James Joyce Centre. Otro edificio antiguo y hermoso, en el que se vendían antigüedades y se servían bebidas y tentempiés junto a un hermoso y efectivo fuego encendido. Nos sentamos junto a la chimenea, pedimos bebidas calientes y la placentera sensación de confort nos devolvió al mundo de los turistas vivos y coleando. El té y el fuego de los leños nos devolvieron a la magia dublinesa de la que a patadas nos habían echado los restos polvorientos y famélicos de un supuesto homenaje permanente al escritor James Joyce. Estaba claro, Dublín le estaba pagando a su hijo con la misma moneda con la que él les obsequió en buena parte de su obra. Dublín parece querer pasarle factura a Joyce en su Centro a él dedicado, y doy fe de que lo logra.


NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


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