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martes, 20 de marzo de 2007
Seís días completos hablando por el móvil
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[3168] Comentarios[2]
En el último año y medio o dos años he dedicado más de seis días completos a hablar por el teléfono móvil. ¿Y si los hubiera empleado en leer libros, o escuchar música, o conocer mejor a mi familia?

www.ojosdepapel.com

Juan Antonio González Fuentes


Hará ahora poco más o menos cuatro años que marché con Ella a pasar unos días a Granada. Entonces aproveché para cambiar de teléfono móvil, pues el antiguo era un auténtico zapatófono: enorme, pesado y casi inútil para su función, pues apenas permitía mantener una conversación con coherencia audible y entendible. Creo que aún anda guardado por alguno de mis cajones, pieza de un imaginario museo de arqueología tecnológica que montaré a la menor oportunidad en la que mi chifladura encuentre un nuevo cauce expresivo.

Adquirí entonces un móvil que no era desde luego el más innovador del mercado. Sus prestaciones eran las básicas, y no tenía ni cámara, ni conexiones a internet, ni pantalla en color, ni juegos, ni sonidos envolventes, ni prácticamente nada de nada. Sólo se podía hablar y “mensajearse” con los afines. Han pasado, insisto, cuatro años y continuo con el viejo móvil de antaño. Es pequeño, manejable y, aunque un poco deteriorado por el paso del tiempo, aún cumple a las mil maravillas sus funciones requeridas.

Cuando lo saco del bolsillo y lo expongo a la contemplación pública, las miradas de los presentes, casi siempre, se dirigen a él con cierta incredulidad, y luego se dirigen a mí con toda la conmiseración posible y acumulativa. Deben pensar que soy una completa antigualla, una especie de abuelete antipático que tiene un móvil de pobre de solemnidad, un personaje triste y obsoleto al que las nuevas tecnologías adelantan por derecha e izquierda sin que siquiera se percate de su decrepitud innovadora.

A mí me da completamente igual, y siempre me tomo a chufla a estos personajes obsesionados casi por lo último de lo último, por estar en el mundo a través de los objetos que enseñan, y no a través de sus pálpitos, sensaciones y dialécticas peripatéticas. Menos mal que he escrito algunos libros de poemas, y tal condición me hace entrar a su inteligencia como un tipo del que se puede esperar cualquier cosa, incluso que tenga un móvil sin cámara y que no sepa lo que es un mp3 ó 4, que al parecer ya hay 4.

¿Qué no tienes un mp3 ó 4? Me escupen a la cara con los ojos desorbitados. ¡Pero si puedes almacenar en ellos cuatro millones de canciones para escucharlas luego en la oficina! ¿Cómo explicarles que no concibo escuchar el Vissi darte de Tosca cantado por María Callas en un aparatejo ridículo que no está capacitado para hacerme llegar ni por lo más remoto lo que ella dejó impreso en su interpretación? ¿Cómo explicarles que la Sinfonía Titan de Mahler, el adagio de la Novena de Beethoven, el cuarteto de Rigoletto de Verdi, un scherzo de Chopin..., no caben metafísicamente en los cables diminutos y escuchimizados de un mp lo que sea? ¿Cómo explicarles a la gentes sin que te odien o te miren con ademán repulsivo que, por ejemplo, el final de El tercer hombre, o el ataque de las dos columnas de indios al pequeño grupo capitaneado por John Wayne en The Seachers no puede, no debe verse jamás ni siquiera en una pantalla gigante de televisión, cuando menos en un reproductor casi de mano como los que llevan los taxistas nocturnos para escuchar los chismorreos de las Hormigas blancas o Salsa Rosa?

En fin, a lo que iba. Sigo teniendo el mismo móvil que estrené en Granada. Y entre sus funciones sí está la de guardar un archivo con la duración de las llamadas recibidas y la de las efectuadas. Una vez, debió de ser hace por lo menos año y medio, borré sin querer los datos guardados en tal archivo, pero desde entonces los he conservado y observado con curiosidad creciente.

Abro ahora mismo el de llamadas efectuadas y me marca exactamente 55:40:37 horas; abro seguido el de llamadas recibidas y registra 96:02:48. Sumo con impaciencia en el mismo móvil las dos cantidades y me da la cifra siguiente: 151 horas, 43 minutos y 41 segundos. ¡151! horas de charla telefónica en año y medio o dos años y medio de tiempo! Es decir, más de seis días completos de mi vida de los últimos 24 o 28 meses empleados en hablar por teléfono, y sólo con el móvil.

Si a esa cantidad le sumase las horas que he podido hablar por teléfono del tipo que sea a lo largo de toda mi existencia, lo más probable es que me abrumase la cantidad resultante, los días, semanas, probablemente los meses que he empleado sólo en hablar con otros en la distancia por medio de un aparato.

Claro que me invade otra curiosidad acuciante. Si al tiempo calculado de hablar por teléfono, le sumase las horas diarias que dedico a dormir, y las que dedicó, por ejemplo, a alimentarme. ¿Qué cantidad obtendría? ¿Qué porcentaje final de tiempo de lo que será mi vida completa habré empleado en dormir, alimentarme y hablar por teléfono? Sólo pensar en alguna cifra aproximada y lógica a ese respecto hace que todo me dé vueltas, que necesite apoyarme en algo para no caer, y que una náusea imperioso me atenace el gaznate.

Si una sola y pequeña parte de ese tiempo calculado lo hubiera ya empleado por ejemplo en leer libros, en ver cine, en escuchar música, en viajar, en escribir, en hacer el amor, en jugar al tenis o al fútbol... ¿Cuántas lecturas formarían parte ahora de mi memoria y de mi ser, cuántas películas habría podido ver, cuántos poemas o libros habría podido escribir, cuántas integrales sinfónicas de los grandes maestros podría haber escuchado y luego repasado, cuántas ciudades nuevas podría haber visitado? ¿Podría haberme convertido en un consumado jugador de tenis, en un futbolista de nivel, en un amante de mayor pericia? ¿Y si hubiera dedicado ese tiempo a mi familia, a conocer mejor a mi padre muerto o a mis hermanos, o a saber más cosas de los abuelos que murieron y hoy apenas los recuerdo y sé algo de verdad de ellos?

Sencillamente no quiero ni pensarlo, no puedo pensarlo sin sentir la quemazón inaudita y terrorífica de quien ha malgastado a manos llenas algo que jamás volverá a tener, algo que no puede comprar ni pagar ni adquirir de manera alguna, un tesoro que le incumbe de tal modo que lo conforma de arriba y abajo y que, sin embargo, lo va dilapidando estúpidamente y encima paga a otros por facilitar el despilfarro.

En eso consiste hoy el desarrollo perfecto del capitalismo, su culminación suprema, empresas que comercian y generan beneficios utilizando la materia prima más valiosa de la historia: el tiempo personal de los ciudadanos que, además, se lo regalamos generosamente, a paletadas, sin pedir nada a cambio, contentos por ser parte inconsciente y bobalicona del engranaje.

Soy sólo un estúpido, un completo idiota, y además, quizá, sin solución.


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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


Comentarios
24.03.2007 21:12:52 - ella
Comentarios ...El movil sirve muchas veces para tener contacto diario, semanal o mensual (con la frecuencia que se desee) con muchos seres queridos, amigos..etc. Así que no es necesaria tanta demonización. Como en todo, en el punto medio está el equilibrio. Fdo: Una adicta al móvil

17.03.2009 12:35:24 - 001



Sinceramente tu comentario hace que pensar.Mi adiccion es el movil no puedo dejar de hablar por el y tras mucho tiempo pensando me e dado cuenta de ello.Mis facturas son increibles mas de la mitad de un suelo normal.Y si calculara el tiempo que hable desde que tengo movil... es mas de lo que e dormido en mucho tiempo.Creo que es indispensable en los tiempos que corren y sin lugar a dudas digo que no puedo vivir sin el.Pero a mi ... me esta volviendo pero como dice la chica de arriba todo esta en el equilibrio y yo lo perdi desde el primer momento










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