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miércoles, 9 de marzo de 2011
El faro por dentro (Siruela): apuntes sobre la escritura de Menchu Gutiérrez
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[6485] Comentarios[0]
“El faro por dentro” de Menchu Gutiérrez es una obra maestra del género (¿de qué género?, podemos y debemos preguntarnos), un libro de una bella intensidad, extrema y rara..., un perfecto ejemplo de novela en comunicación con el gran espectro poético.




Juan Antonio González Fuentes


Dejo aquí el texto que ayer martes 8 de marzo leí en una sala del centro cultural de Caja Cantabria como presentación del libro de Menchu Gutiérrez, El faro por dentro (Siruela).

“Fue en esta misma sala, hace poco más de un año. Concretamente el 3 de febrero de 2010. Ese día se celebró el homenaje a Marisa Samaniego en el que participé, y ese día me reencontré con Menchu Gutiérrez. Así lo dejé anotado en una especie de diario literario que llevo desde hace tiempo: “reencuentro con la escritora Menchu Gutiérrez”. Escribí la palabra “reencuentro” con la intención de ser preciso en lo relativo al acontecimiento en el tiempo, aunque hubiera sido más adecuado escribir “descubrimiento”. A Menchu la había conocido bastantes años antes en Valladolid, un poco de manera fortuita. Fue en un encuentro de poetas ostensiblemente al margen de la corriente dominante en ese momento en la poesía española, la llamada “poesía de la experiencia”, ya saben, García Montero y compañía. Es decir, aquel de Valladolid, para qué engañarnos, fue un encuentro de poetas raros que escribían una poesía más bien rara, extraña, bastante hermética y difícil de digerir, aplicados todos estos calificativos y criterios siguiendo aburridos términos experienciales.

Con Menchu coincidí en la misma mesa durante la última comida de aquel pandemonium poético. Irradiaba magnetismo, un aura con algo de sobrenatural que a la vez intimidaba y reconfortaba a partes iguales. Había en ella una hermosura limpia revestida de timidez natural, nada impostada. De ella emanaba verdad, y una cierta trascendencia, ni mucho menos altiva, que desarmaba. Pero lo que de ningún modo olvidaré de aquel primer encuentro fortuito es el apelativo que dedicado a ella flotaba por todo el comedor sin enunciarse explícitamente: aquella mujer de una desarmante delicadeza era la poeta del faro. Sí, a partir de entonces Menchu Gutiérrez fue ya para siempre, en mi imaginario literario, la poeta del faro.

Y aquel 3 de febrero del año pasado me reencontré con la poeta del faro, y desde el primer momento tuve la nítida sensación de que el reencuentro era para siempre, que a partir de ese instante en el que nuestras miradas volvieron a cruzarse se forjó algo que va a durar para toda la vida. Esa es la cálida sensación que me embarga desde entonces. La poeta del faro ha llegado para quedarse, está en mi vida con su presencia y su literatura.

Nos volvimos a ver el 13 de abril de ese mismo año, 2010, y en esta misma sala. Lo tengo también apuntado en el diario literario. Ese día estaba yo muerto de responsabilidad, como hoy, sentado en esta tribuna, intentando no salir muy damnificado de una conversación literaria con Enrique Vila-Matas. De esa tarde conservo una foto muy especial. Vila-Matas, Menchu –la poeta del faro reencontrada- y yo. Guardo la imagen como un tesoro de sensaciones, de emoción. Tras el acto literario me veo en la bodega de El Riojano hablando con Menchu de ópera: Wagner versus Verdi, de cine, de libros, de vida... La conversación con Menchu es como estar sentado en la más cómoda butaca que imaginarse pueda, con las piernas estiradas frente a un hermoso fuego y con una bebida reconfortante al lado, mientras en el exterior sopla el viento y el frío y se contempla con ojos curiosos la tormenta. Todo es calma y sosiego aparente, civilización, pero por los vasos comunicantes que se establecen con ella, con la poeta del faro, discurre la lava hirviente del intercambio de ideas, de experiencias, de opiniones, de ánimos..., a una velocidad que casi deja sin resuello. Y es que Menchu Gutiérrez es un faro; sí, es un faro que emite luz, la luz alimenticia de su interior, junto a unas quebrantas en las que el océano se estrella día y noche.

Después han llegado los paseos, los tés, las conversaciones, las lecturas, los correos electrónicos, un Godard diseccionado desde el estupor..., y la inolvidable y reciente tarde en Liérganes: Pedro el fabuloso, el té y los cafés, las montañas, Brigitte tumbada junto al fuego de la chimenea, Joaquín Martínez Cano, la hermosura en madera de la biblioteca, la canción tradicional irlandesa que escuché con la devoción con la que se contempla un altar y que me trajo a la memoria la escena final de Los muertos de John Huston, y sobre todo el despacho de Menchu, el despacho del faro-poeta: un nido, la rosa, la bola que contiene la nieve del mundo, el escritor que trabaja dentro de la boca del cocodrilo..., un estado de ánimo, una presencia, una atmósfera que concentra un universo completo. La poeta del faro. El faro como poema, como poesía. Y de aquella tarde un haiku que ya es del faro, que ya es de Menchu:

La rosa sola
que muere de su muerte:
limpia luz de ayer

Menchu Gutiérrez (fuente de la foto: Siruela)

Menchu Gutiérrez (fuente de la foto: Siruela)

La lectura de El faro por dentro me ha traído a la memoria una vieja película de 1948, Jennie, del director alemán William Dieterle, una historia protagonizada por Jennifer Jones, Ethel Barrymore y Joseph Cotten. En un día del crudo invierno de Nueva York, sentado en un banco de Central Park, rodeado de pequeños cúmulos de nieve, al mediocre pintor Eben Adams se la aparece una niña, Jennie Appleton, que tararea una extraña canción. Ambos entablan conversación, pero en un momento dado, envuelta en niebla, la niña desaparece. Idéntica secuencia de aparición y desaparición se va a ir repitiendo a lo largo de los años y en diferentes escenarios. Eben investiga y descubre que, en efecto, Jennie Appleton existió, hija de unos artistas de circo que murieron tras un horrible accidente en la pista. Pero todo eso ocurrió hace muchos años. Es imposible que Jennie siga siendo una niña. En cada nueva aparición, Jennie se revela un poco más mayor, y Eben se enamora de ella y pinta su retrato, una obra maestra que le trae fama y prestigio. Pero Eben no sabe si Jennie es real o es solo un fruto de su imaginación, si se le aparece realmente o solo es un reflejo de lo que ocurre en su interior, en su adentro de faro humano. Todo es borroso, un ensueño entre lo real y lo irreal. La escena final de la película transcurre en un faro en medio de una impresionante tormenta. Eben descubre que Jennie desapareció en el mar hace muchos, muchos años, durante la última gran tormenta que recuerdan los lugareños.

Desapareció en la isla que acoge al faro, donde se descubrió el bote y donde se supone que Jennie intentó refugiarse. Una nueva tormenta se anuncia, y Eben decide alquilar un bote y adentrase en el mar hacia el faro, hacia Jennie. ¿Qué pasó con Jennie? Lo siento, pero no pienso contarles el final.

Jennie es una película de “atmósfera”. Tiene una de las mejores fotografías en blanco y negro de la historia, con un marcado contraste de luces y sombras y la utilización en algunas secuencias de una luz difusa que resalta la irrealidad de la historia, la atemporalidad de las localizaciones y la figura extraña y evanescente de la protagonista.

La música es también fundamental para crear la atmósfera, el estado de ánimo. Las notas de Preludio a la siesta de un fauno de Debussy acompañan las apariciones de la protagonista. La canción de Jennie, compuesta por Bernard Herrmann, habitual de las películas de Hitchcock, ayuda a reforzar el tono romántico y de misterio. La letra de la canción es una de las más misteriosas y sugerentes de la historia del cine. Presten atención: “De dónde venimos nadie lo sabe. A donde yo voy, todo va. El viento sopla, el mar se agita..., nadie lo sabe”. Jennie es una historia de fantasmas, de atmósfera cuyo desenlace transcurre en un faro, quizá por eso El faro por dentro de Menchu Gutiérrez (un libro sin romántica banda sonora) me ha hecho pensar en la vieja película del maestro alemán.

En el último libro publicado por Enrique Vila-Matas, Perder teorías, el personaje protagonista, un evidente alter ego de Vila-Matas, es un escritor que viaja a la ciudad francesa de Lyon invitado por una organización cultural para pronunciar una conferencia. Llegado al hotel, nadie de la organización se presenta a buscarlo, y él, paradójicamente encantado de encontrarse solo y sin compromisos en el hotel, aprovecha el momento para desarrollar una teoría sobre el futuro de la novela, o dicho de otra manera, cómo deben ser las novelas, qué ingredientes deben presentar para ser voz de su tiempo, de la contemporaneidad.

Vila-Matas, en la página 28 de Perder teorías, establece que, en su opinión, hay al menos cinco rasgos irrenunciables, imprescindibles, que deben estar en toda novela que quiera sentirse perteneciente a la presente contemporaneidad.

Los cincos rasgos esenciales son:
  • La “intertextualidad”
  • Las conexiones con la alta poesía
  • La escritura vista como un reloj que avanza
  • La victoria del estilo sobre la trama
  • La conciencia de un paisaje moral ruinoso
Pues bien, El faro por dentro (Siruela) de Menchu Gutiérrez, posee todos y cada uno de los rasgos establecidos por Vila-Matas, salvo quizá el último, donde yo suprimiría el adjetivo “ruinoso”, por negativo o peyorativo, y lo dejaría en “la conciencia de un paisaje emocional”. Estamos, por tanto, en El faro por dentro, ante un ejemplo pleno, perfecto, de lo que se supone debe ser hoy una narración contemporánea. Así quiero empezar.

Hay algo de relato de fantasmas en El faro por dentro, incluso hay trazas de lo que quizá podría entenderse como un relato de horror. No sé si Menchu lo ha pensado, pero a los aquí presentes que hayan leído la novela les propongo un ejercicio: “¿cómo creen que la llevaría al cine un guionista?”, “¿a qué elemento o elementos se agarraría para hacerla visible?”. “Hacerla visible”. Ahí reside, en mi opinión, una de las claves de este libro y de la forma en general de contar, de narrar, de Menchu Gutiérrez: la dificultad de visualizar el motor que hace avanzar la narración, pues el motor no mueve las ruedas de una trama que avanza en una determinada dirección con final previsto; sino que el motor mueve la emoción, mueve emociones que además eclosionan en el íntimo interior –y aquí no es redundancia- del hilo conductor u omnipresente de la historia (en el caso de El faro por dentro, el farero). Estamos ante una historia de emociones que estallan, deambulan, recorren el interior de un personaje y que se reflejan, enmarcan y se palpan en la atmósfera exterior, en el escenario físico en el que acontecen los acontecimientos, las emociones. En este sentido, El faro por dentro es una historia de calma en la acción, y de intensidad en la calma, que tiene lugar en un espacio fuera de lugar. Así, la escritura de Menchu Gutiérrez es de naturaleza musical, es decir, es de naturaleza poética, y en este punto no admito objeciones.

La estrecha relación novela (narración) y poesía (lírica) creo que donde mejor comienza a eclosionar por vez primera de forma muy consciente es en la novelística anglosajona modernista, y sobre todo en escritores como Joyce o Virginia Woolf, autores cuyas novelas presentan páginas y páginas directamente relacionadas con la alta poesía. A este respecto siempre he pensado, como ejemplo casi insuperable, en el comienzo de Las olas de Virgina Woolf, un texto casi híbrido, sin género, en el que la narración está recorrida de principio a fin por la poesía. Así es, en mi opinión, la escritura de Menchu Gutiérrez, así son sus libros: páginas que dejan atrás la vieja catalogación en géneros literarios, obras en las que lo autobiográfico, lo poético y la pura ficción se funden de manera perfecta.

De alguna manera Menchu Gutiérrez se cuenta en El faro por dentro, pero lo hace “desde” la poesía, o al menos desde el uso de una técnica narrativa por cuya sangre circula a velocidad de crucero el aliento poético: ritmo, metafísica, capacidad sugeridora y alusiva del lenguaje, creación de una atmósfera de ensoñación (en la frontera abierta con lo irreal), la potencia verbal para expandir los posibles significados de las frases y dejarlos en suspensión, flotando en la mente y la capacidad a la vez emotiva y reflexiva del lector.

Menchu Gutiérrez: El faro por dentro (Siruela, 2011)

Menchu Gutiérrez: El faro por dentro (Siruela, 2011)

Soy sabedor de que cuando empleo aquí el término “aliento poético” me estoy yendo por las ramas, dada la imprecisión espantosa de la frase. Digamos que creo que cuando Menchu Gutiérrez se plantea la narración literaria de su historia en el faro, bueno, de la suya y la del farero, y la de Basenji y la niebla, y la del océano y el propio faro…, lo hace plenamente consciente de que el empleo de las técnicas narrativas tradicionales no le van a ser útiles para expresar y plasmar el verdadero “estado de la cuestión”, y que va a necesitar de la capacidad expresiva de la alta poesía para lograr su empeño: “contar” el motor de sus emociones, un “estado” interior y su evolución. El resultado, sinceramente, es una obra maestra del género (¿de qué género?, podemos y debemos preguntarnos), un libro de una bella intensidad, extrema y rara..., un perfecto ejemplo de novela en comunicación con el gran espectro poético.

Prosigo. El arte no debe servir de consuelo: para consolarnos ya tenemos al prójimo y la distracciones masivas. El arte debe provocar, perturbar, inflamar las emociones, llevar nuestro entendimiento a lugares no previstos e inclusos no deseados. Y a fe mía que con El faro por dentro Menchu Gutiérrez provoca y perturba al lector, lo coloca en un espacio, quizá no deseado, de entendimiento y emoción que desasosiega, que no nos hace sentir cómodos como lectores, que no nos sitúa en un rail determinado con paradas ya establecidas y cómodas estaciones.

Otra columna central sobre la que descansa El faro por dentro es el estilo. Un modo de narrar la calma en la acción y la intensidad en la calma que es sagaz, inmisericorde en la sutileza y la precisión, hechizador y tenso, que logra situar al lector en el centro justo de unas emociones en espiral (precisamente como la escalera interior de un faro) que demandan, que exigen una lectura atenta y comprometida de quien decida abrir las páginas del libro.

Sí, El faro por dentro es un relato de fantasmas, pero también tiene pasajes que me han recordado la atmósfera de la novela negra, como en los que aparece una misteriosa y atractiva mujer rubia, a la que yo, no sé por qué, le he puesto la cara medio cubierta de Verónica Lake. Basenji, el perro africano, deambula entre el mundo de los muertos y el de los vivos, y es, como la Jennie cinematográfica, un ser que no sabemos nunca del todo si es real o es un espectro, incluso un reflejo del farero protagonista, o un síntoma de la muerte, la muerte que en ocasiones llega con el hálito de la niebla. En El faro por dentro no respiran escenarios al uso, geografías literarias manoseadas. Todos los lugares están fuera de lugar, fuera de sí, pero todos son a la vez protagonistas de la historia que está teniendo lugar, todos simbolizan o ayudan a expresar emoción, todos se integran en la callada aventura. Todos son elementos que hacen funcionar el motor interno de las emociones.

La atmósfera de El faro por dentro es en cierto modo la de la ensoñación y el recuerdo. Una ensoñación fijada por la niebla y sin contornos definidos En este sentido el faro no es posible sin la memoria. La poesía tampoco. El faro por dentro es una historia de memoria. No es posible recorrer el interior del faro si no es con la memoria, si no es de memoria. Ésta es la salvaje propuesta de Menchu Gutiérrez en un mundo cada vez más avocado a la amnesia. Y aquí dejo otro haiku para la poeta del faro:

Distinta a todo
la distancia es eclipse,
memoria en marcha

Menchu Gutiérrez ha escrito un relato kafkiano en su circularidad, en su autorreferencia constante, un relato con vocación de conectar íntimamente con la mente y el corazón de los lectores. Estos quedan seducidos y con las defensas bajas ante la maestría narrativa de Menchu, ante la ola expansiva de un lenguaje a la vez críptico y diáfano, alusivo y preciso como un bisturí, como un microscopio de muchos y muy diversos aumentos que permite distintos niveles de lectura, pues hay además muy diversos niveles de realidad, de sustratos de realidad en las páginas de este libro. A cada lector se le propone el esfuerzo de profundizar en varios niveles, en varias capas narrativas y poéticas, de sentido y emoción.. Menchu Gutiérrez le pone música interior a su relato midiendo con inaudita y muy trabajada inteligencia los tiempos de su narración. El faro por dentro es una pequeña joya, una profunda reflexión en torno a las emociones y a la supuesta indefensión que provocan, o a la inaudita fortaleza interior que generan.

El faro por dentro es una lectura por completo inolvidable, y estar aquí, diciéndoselo a todos ustedes, con Menchu a mi lado, es un sueño hecho realidad, y una felicidad de esas que sirven para toda, toda la vida.”   
   

***


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LIBRO (septiembre 2010): Andrés Trapiello: Las armas y la letras. Literatura y guerra civil (1936-1939) (Destino, 2010)

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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, creación, historia, artes, música y libros) como cronológicamente.


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