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viernes, 21 de mayo de 2010
Los poemas ásperos (2004-2009) de Fernando Abascal Cobo
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[7491] Comentarios[0]
El pasado 30 de abril presenté en el Museo de Bellas Artes de Santander el último poemario de Fernando Abascal (Santander, 1954), “Los poemas ásperos (2004-2009”), con el que La grúa de piedra, la colección que dirige y patrocina Luis Alberto Salcines, acaba de hacerse un hueco para siempre en la historia de nuestra poesía


 

Juan Antonio González Fuentes

El pasado 30 de abril presenté en el Museo de Bellas Artes de Santander el último poemario de Fernando Abascal (Santander, 1954), Los poemas ásperos (2004-2009), con el que La grúa de piedra, la colección que dirige y patrocina Luis Alberto Salcines, acaba de hacerse un hueco para siempre en la historia de nuestra poesía.

Les dejo con las palabras que leí en esa presentación:

“Ahora mismo, y en relación a este acto de presentación, estoy completamente seguro de al menos dos cosas. Primera, Fernando está incómodo, y sería capaz ahora mismo de invitarnos a todos a cenar, incluso a un restaurante caro, con tal de que esto no se prolongue más de la cuenta (posibilidad que queda aquí apuntada y depende por completo de él). Y segunda, esta presentación, la mía, la que les estoy leyendo a ustedes, le va a resultar simpática y amena, me la va a agradecer, por supuesto, pero en el fondo no le va a gustar nada, y sin duda con toda la razón.

Voy a dedicar sólo un instante a explicar por qué estoy seguro de lo dicho, aunque la causa primordial y última es que somos amigos y nos conocemos bien. Repito, amigos, y pueden ustedes otorgarle toda la gravedad de la que sean capaces a la palabra. Sí, somos amigos y nos conocemos bien.

A Fernando Abascal no le gustan los focos de lo que podríamos llamar la atención mediática, ni le gusta la imprescindible puesta en escena que, al parecer, requiere el hecho cultural y artístico en nuestros días para ser tenido en cuenta como tal, eso sí, con el ruido y la furia de un mundo idiota al que, paradójicamente, cada vez le importan menos estas cosas…Y es que a Fernando le disgusta sobremanera la banalidad de la luz de esos focos de los que hablamos, los lugares comunes con los que se etiqueta a los libros y a sus autores, la ausencia de rigor, de análisis, de verdadera crítica, la enorme y hueca impostura que subyace bajo este pequeño circo en cuyas pistas algunos hacemos malabares desde hace años.

Y esta es la causa principal por la que estos párrafos míos a Fernando no le van a gustar, aunque ya he dicho que disimulará la contrariedad de la mejor manera posible. Y es que yo no voy a ser capaz de hacer un análisis riguroso de su libro, no estoy capacitado para ello. No soy filólogo, no manejo ni las herramientas científicas básicas ni poseo el talento para hacer lo que él hace con los trabajos de los demás y, en silencio expectante, demanda para los suyos, obteniendo a cambio de dicho anhelo tan sólo impresiones. Impresiones impresionistas, valga la redundancia, como las que les voy a ofrecer ahora aquí, vaguedades en torno a un libro, Los poemas ásperos (2004-2009), con el que La grúa de piedra, la colección de Luis Alberto Salcines, acaba de hacerse un hueco para siempre en la historia de nuestra poesía.

Voy a empezar señalando un hecho que es esencial en el caso que nos ocupa. Escúchenme bien: Fernando Abascal es poeta. Y no, no lo es, como podríamos decirnos algunos de nosotros, por el simple hecho de haber publicado algunos libros con poemas. No, Fernando Abascal es un poeta de verdad, auténtico, de Ley, porque mira y dice como poeta, porque como tal reflexiona permanentemente sobre la materia prima con la que trabaja, las palabras, a las que hace pensar, y porque, él lo dice en uno de los más lapidarios versos de este libro, quizá a modo de poética en negativo, de reverso de poética: “Quien dice que ‘dice’ es dos veces nadie”. ¿Cabe mejor definición en negativo de lo que para Fernando Abascal es un poeta? Este verso es la silueta perfecta y vacía, claro, de su autorretrato.

Fernando es poeta de decir una sola vez, y por tanto, de un único y personalísimo nadie poético, y los poemas ásperos que aquí nos ofrece contienen versos que subrayan con claridad meridiana la naturaleza última de su ser poeta, de su íntimo ser nadie como poeta de verdad.

En este sentido el poema “Haz pensar a las palabras” es toda una declaración de intenciones, todo un tratado de poética condensado en tan sólo siete versos, y es el autorretrato completo de Fernando como poeta. Lo leo, por favor, estén atentos (pág. 14):

"Haz pensar a las palabras, míralas de frente,
como si te miraras en el espejo que te refleja.
Toca el mundo con tu mano y enrédate en su nada.
Como si fueran las piedras de un río que cruzas,
písalas, ábrelas con la navaja de tu piel,
entra en su no saber, extravíate en su olvido.
Enhebra la verdad en ellas, hace falta."

¿Se puede ser más claro, más rotundo en lo que se refiere a concebir y definir el sentido de la poesía hoy, en la contemporaneidad postmoderna? “Haz pensar a las palabras”, míralas de frente, te reflejan, son tú, son el sendero que te dice el mundo, que enhebran, que cosen la verdad, y a la vez, paradoja poética por excelencia de la poesía de después de las vanguardias históricas, son recipientes del no saber, y sólo pueden abrirse, penetrarse, si las abres con tu propia piel, en el riesgo del abismo frente al abismo, que señaló Juarroz, una referencia inexcusable en el caso de Fernando.

Las palabras, para Fernando Abascal, son la piel del poeta, son él mismo, forman parte de su esencia, lo reflejan como el vaho de un espejo, y a la vez, son la mejor representación de ese nadie que en definitiva también es el poeta, alguien que al decir revela su carácter íntimo de nada, de nadie, de pura búsqueda, de mirarse a sí mismo mirando el mundo e intentando nombrarlo, cosiéndole palabras, verdades que se enhebran porque, sencillamente, “hace falta”.

Sí, “hace falta” asegura Fernando Abascal al final del poema. “Hace falta” nombrar el mundo, coserlo literalmente a las palabras, esclavizarlo a ellas, es el único medio para sabernos de algún modo, y para extraviarnos también, definitivamente, quizá para siempre.

Fernando Abascal es un poeta que mira. Para él no es posible la poesía sin la mirada, no es posible nombrar sin ver, aunque lo que se vea sea simplemente lo oscuro. Lo verbaliza con nitidez en algunos versos de la serie de poemas que ha titulado muy significativamente DEL MIRAR, de la primera sección, In media res, de las cuatro en las que están divididos estos poemas ásperos. Escribe el poeta haciendo siempre pensar a las palabras, una letanía de conceptos, de ideas en torno a mirar y nombrar, dos espejos situados frente a frente. Cito:

“Nombrar es detenerse, hacer un nudo en la cuerda del tiempo, esquivar lo que fluye, remansar el agua de lo visible, ahuyentar lo oscuro, sentar un río en nuestra rodillas”.

“Mirar es entrar, vestir el vacío con las palabras de los ojos. La mirada conforma el decir, habita una desnudez de origen, el espacio sin nombre del que venimos”.

“Tras el mirar, la mordedura del decir, lo que identifica, lo que esclaviza”.

“Las palabras se miran en los espejos, se dicen”.

“Cerrar los ojos, ver en lo oscuro”. Fin de las citas.

Nombrar (poetizar diría yo) es remansar el agua de lo visible, vestir el vacío, ver en lo oscuro. Pienso que Fernando Abascal es un poeta religioso en el sentido en el que la pensadora María Zambrano emplea el término (“hacer pensar a las palabras” es aquí un punto clave).

María Zambrano, como Unamuno, como Heidegger, nos dice que la poesía es el único camino del conocimiento que puede llegar en el nombrar (en el concebir, en el alumbrar y ver, por tanto) a aquellos territorios a los que el pensar sistematizado de los sistemas filosóficos no llega. El lenguaje, el uso poético de las palabras, nos religan así a áreas del ser y del saber a las que nada más puede llegar. La palabra poética mira en lo oscuro, nombra lo que el lenguaje normalizado no llega ni siquiera a vislumbrar, a tantear. El lenguaje poético, en la estela de Fernando Abascal, es el que ve, nombra y alumbra. El lenguaje normalizado sólo palpa la superficie de la superficie del mundo. El poeta mira y hace pensar a las palabras para religar su nadie a lo infinito del ser y del sentir.

Mirar, nombrar, luz, espejos, palabras…, son los hitos conceptuales básicos de la poética de Fernando Abascal. Se mira el mundo para nombrarlo, y esa operación sólo se puede realizar pensando las palabras, y logrando que las palabras piensen, vean donde otros lenguajes nada ven. “Decir que se dice es ser dos veces nadie”. Los poetas de verdad no dicen que dicen, se limitan a decir. Son como el erizo del poema de Fernando, ese erizo en el que él, el poeta y el hombre Fernando se ha transformado (en el poema quizá sobre todo el hombre). Un animal secreto que anhela dejarse ir a un lugar sin centro, que sabe que lo único que en definitiva es verdad, la belleza, habita agazapada en un punto oscuro del arco que une las palabras.

Fernando es un poeta, es el erizo de su poema, uno de los poemas más hermosos, sabios y desoladores que he leído jamás, y que forma parte de este libro que hoy presentamos, estos poemas en verdad ásperos, sin concesiones, que están llamados a ser un antes y un después en la poesía de Fernando Abascal, un antes y un después en nuestra poesía, la de todos nosotros, la poesía más bella, la más verdadera”. 

***


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Más de Stieg Larsson:

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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, creación, historia, artes, música y libros) como cronológicamente.


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