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Rogelio Blanco Martínez: <i>La recua de Abigaíl</i> (Endymión, 2012)

Rogelio Blanco Martínez: La recua de Abigaíl (Endymión, 2012)

    TÍTULO
La recua de Abigaíl

    AUTOR
Rogelio Blanco Martínez

    EDITORIAL
Endymión

    OTROS DATOS
ISBN: 978-84-7731-548-3. Madrid, 2012. 188 páginas. 10 €



Rogelio Blanco es doctor en pedagogía, licenciado en antropología, en filosofía y letras y diplomado en sociología política (foto gentileza editorial Berenice)

Rogelio Blanco es doctor en pedagogía, licenciado en antropología, en filosofía y letras y diplomado en sociología política (foto gentileza editorial Berenice)


Tribuna/Tribuna libre
Sin olvido, sin rencor. Jorge Semprún
Por Rogelio Blanco Martínez, martes, 02 de abril de 2013
Domingo, mañana del 12 de junio. Cementerio de Gerenville, aldea situada a 80 kilómetros de París. Personalidades francesas y españolas (Ángeles González-Sinde, Ministra de Cultura, Felipe González, Carlos Solchaga, Claudio Aranzadi, Javier Pradera, etc.). Al lado del monumento “aux enfants morts pour La France”, un recuerdo más de la batalla de Verdún, silencio y respeto. Un ataúd, envuelto con la bandera republicana española, en el que reposa el cuerpo de Jorge Semprún. Ceremonia laica. Palabras de recuerdo. Lectura de textos de Jorge. Silencio entre las paredes de piedra del pequeño cementerio de la aldea. Un cementerio perdido entre trigos y cebadas. Amarillean. La cosecha está pronta. Silencio interrumpido por un bebé, cuyas gracias ríen otros niños próximos y disimulados entre la gravedad impuesta por los adultos. Silencio. Cesan las risas de los niños. Prosiguen los discursos y las lecturas. Palabras que resuenan rigurosas y tranquilas. Continúa la ceremonia acompañada por el trinar de un ruiseñor y de un petirrojo. Trinos surgidos de dos árboles próximos. Se contestan y alternan. El sol acompaña con serenidad y tibieza. Collette, esposa de Jorge, le espera, bajo el mármol para el eterno reposo. Recuerdo las palabras machadianas que solicitó Maria Zambrano como jaculatoria para la gran despedida: devuelvo a la divina naturaleza todo lo que de divino haya en mí.

También recuerdo la madrileña calle Antonio Maura-14, la residencia de María. Era la primavera de 1988. Un encuentro entre el Ministro de Cultura, Jorge Semprún, y la filósofa andaluza. A María se le había concedido el Premio Cervantes. Regresó tras un exilio de 40 años en 1984. El Premio había generado reconocimiento y polémica. El aspirante a Nobel y al Cervantes, Camilo José Cela, afirmó de la conveniencia de ser exiliado para ser acreedor al premio. Olvidaba, en ese momento, los apoyos recibidos y la amistad compartida con la filósofa. Al año siguiente lo recibiría Roa Bastos. El ya Nobel repitió incorrectas manifestaciones, si bien recibió el máximo galardón de las letras en español en 1995.

En la visita, que pronto dejó de ser protocolaria (ministro-galardonada) y pasó a ser entre dos habitantes de una matria compartida: el exilio. Jorge y María recordaron amigos comunes: José Ángel Valente y José Miguel Ullán, también ya idos. Hubo recuerdos para Araceli, hermana de María. María, después de breves alusiones a la ceremonia del Premio Cervantes informa de su imposibilidad para recoger el premio y de las dificultades para elaborar el discurso protocolario para el acto. El Ministro la tranquiliza y le promete todo tipo de apoyo. Jorge le pregunta por los proyectos en los que se halla. María le informa de que está revisando una obra memorialística y biográfica: Delirio y destino. Esta referencia bibliográfica fue el origen de un diálogo intenso sobre la memoria, la escritura y el exilio.

María defendía el exilio como su patria de destino, había perdido la de origen: la España republicana. Jorge le comunicaba la pérdida de certezas y el mantenimiento de las ilusiones. Ambos coincidían en la necesidad de escribir para soportar la soledad en la que se habita, para evitar la amnesia, para recuperar el recuerdo, para avivar la memoria. Para María “vivir es resistir” y resisten los que luchan contra el olvido (Jorge). María y Jorge comparten la patria (mejor llamarla matria, pues ésta sustantiva y nutre); y el lenguaje será su matria común. El lugar de su creación que necesitó, en ambos casos, recurrir a todos los géneros y formas de expresión para dar cauce a tanta necesidad de confesar.

María y Jorge comparten este lugar de destino y en él instalan las razones, ciertamente las cordiales, el sin-rencor. Son sabedores, como señala el Viejo Testamento, que en el corazón habitan la inteligencia y la memoria. Así re-cor-dar, a-cor-darse, portan el término cor (lat: corazón). Son las razones cordiales, las necesarias y a las que se accede desde la con-cor-dia. Sin rencor, sin olvido. Estos dos heterodoxos saben que la lectura, si es inteligente, se desarrolla en el tiempo y en la memoria, tras las razones cordiales o poéticas, más allá de la pura racionalidad, más acá del cansancio y de la monotonía, en el mundo de las ilusiones. Son vidas y testigos que discurren en el dramático siglo XX. Son dos habitantes de una Europa adoradora del dios Ares y que se convierte en ara de sacrificio en la que sus hijos pierden lo mejor: la sangre; es decir, la libertad. También saben que en este drama unos fueron cegados por los totalitarismos diversos y se empeñaron en matar; otros, comprometidos en la defensa de la libertad, vivieron para morir. Las víctimas son los hijos pertenecientes a “la generación del toro”, los llevados al sacrificio. Son los que necesitaron beber en la memoria, fuente inagotable que fortalece y fertiliza, para revivir, no para sobrevivir.

El desgrane de reflexiones que se escucharon en aquella mañana primaveral resonaron desde el hondón de sus almas. Lugar propio del prisionero 44.904 de Buchenwald, el prisionero estucador y de “La dama peregrina”, cargada con la experiencia de cuarenta años en el exilio.

“El olor a carne quemada y el frío en los pies” siempre acompañaron a Jorge. El vértigo, la desnudez y la adoración a los dioses del silencio, a María. Y ambos se vistieron y protegieron detrás de las metáforas de la escritura, el modo de engañar a los designios señalados por el demiurgo para poder ser persona, todavía. Necesitaban revivir, resistir y escribir para denunciar, anunciar y superar la soledad, para dejar avivar y sobresalir el rizoma memorialístico, al cual es imposible de acallar.

Jorge y María coinciden en sus reflexiones sobre Europa para la que es necesario recuperar su agonía (griego, agonos: lucha) desde la cultura, para tratar de no volver a llegar tarde a los males causados por Ares, el dios de la guerra, y dar malas soluciones. La cultura, en sentido amplio, es la respuesta. Jorge y María mueren octogenarios tratando de defenderse de la humedad y de la herrumbre que producen el olvido y el rencor. Uno se quedó en Gerenville, la otra en su Vélez natal, para fertilizar el humus que nutre el rizoma compartido: la memoria, y para reencontrarse con “Ana Carabantes” y con “Federico Sánchez”, sus heterónimos, que también se han ido a entregar su óbolo a Caronte para poder cruzar la laguna. Estigia, pero sin odio, sin rencor.



Nota de la Redacción
: agradecemos a Rogelio Blanco Martínez su generosidad por permitir la publicación en Ojos de Papel de este texto, originalmente aparecido en la revista República de las Letras (nº 124, noviembre 2011) y recogido ahora en su libro La recua de Abigaíl (Endymión, 2012).

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