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W. S. Merwin: <i>Perdurable compañía</i> (Edcioones Vaso Roto, 2012)

W. S. Merwin: Perdurable compañía (Edcioones Vaso Roto, 2012)

    TÍTULO
Perdurable compañía

    AUTOR
W. S. Merwin

    EDITORIAL
Vaso Roto Ediciones

    TRADUCCCION
Jeannette Lozano Clariond

    OTROS DATOS
ISBN: 978-84-15168-42-3. Madrid, 2012. 312 páginas. 24 €



W. S. Merwin (fuente de la foto: www.poets.org)

W. S. Merwin (fuente de la foto: www.poets.org)


Creación/Creación
W. S. Merwin: Perdurable compañía
Por W. S. Merwin, jueves, 06 de septiembre de 2012
Perdurable compañía es un peculiar epistolario y el libro con el que, en 2005, W. S. Merwin se consagra definitivamente como una de las grandes voces norteamericanas de hogaño. En él, el autor se dirige tanto a un viejo árbol como a sus piernas, a su alma, a la espera, o a la bicicleta que nunca tuvo el poeta polaco Zbigniew Herbert. Con detallada cercanía, al modo de las odas elementales de Pablo Neruda (no en vano tradujo al inglés los poemas del inmortal chileno y del mexicano Jaime Sabines), Merwin convierte el poema en la piedra filosofal que vuelve transparente el objeto de su reflexión, permitiéndonos observar al mismo tiempo su exterior y su interior, su cara y su envés, alcanzando así la cúspide de la realidad trascendida. W. S. Merwin es de esos contados poetas que nos enseñan que la trascendencia no supone lejanía, sino que procura más bien el grado más alto de la cercanía, la intimidad. Perdurable compañía es por derecho propio uno de los libros fundamentales de la poesía norteamericana (y mundial) de las últimas décadas.


La compañía perdurable en W. S. Merwin

 

Me alivia pensar que los Grandes Hombres

son provechosa compañía.

Thomas Carlyle

 

William Stanley Merwin (1927) posee una voz oracular, la visión que encierra toda paradoja. Aunque parece oponerse al sentir común, cada uno de sus versos lleva el peso de lo verdadero. Merwin sorprende por su profundísima y pausada interrogación. Como ola desplegándose incesante en la arena, su voz es un largo inacabado deseo, una blanca estela que el lector quisiera recorrer a su lado. El recuerdo no es nostalgia, sino deseo de que las cosas permanezcan tal y como el poeta las vio,  y ahora las tiene ante sí como una compañía siempre presente.

 

En este volumen la antigua casa, el cerco o la mesa abren la razón de ser de su poesía, nutrida aquí de otras poéticas, sea Eliot, Pound o Berryman, pero siempre con esa mirada que se vuelve hacia el pasado para resignificar el sentido. El poeta es hijo de su sed. En William Merwin, un fresno, la lengua, el alma, los dientes son objeto de su estética, una belleza que se acusa clara como la blancura en William Carlos Williams, reposada, antigua, acaecida mucho antes del suceso inicial de la creación. Merwin piensa que la poesía siempre se relaciona con el origen del lenguaje.

 

Traductor desde joven, hizo suyas las voces de García Lorca, François Villon y Dante, de quien tradujo el Purgatorio y al que suele evocar cuando habla de un regreso a la simplicidad del lenguaje, que el mismo Dante aprendió de los trovadores. El Purgatorio es el privilegio que Merwin patentiza en poemas como «A la constelación de Canis Maior», donde los astros cobran una altura dantesca en lo más alto de las esferas: «uscimmo a riveder le stelle»: sigue creyendo en las estrellas como lo opuesto a las tinieblas, evocando aquí al más resplandeciente Milosz. También tradujo La Chanson de Roland y, como Pound, se interesó por las formas de la poética china, japonesa, quechua, así como en las voces de Ajmátova y Mandelstam.

 

Pound aconsejó al entonces adolescente Merwin:

 

Si vas a ser poeta, tienes que trabajar en ello todos los días y escribir al menos setenta y cinco versos cada día. Pero cuando eres joven no tienes nada que decir. Crees que sí lo tienes, pero no es así. Ponte a traducir. La verdadera fuente es el provenzal. Ahí es en donde los poetas están más cerca de la música. La escuchan. A ella le escriben. Trata de aprender todo lo que puedas del provenzal e interésate por otras lenguas como el castellano. Lee el Romancero hasta que logres desentrañar el original, así harás mejor uso de tu inglés.

 

La traducción es una de las pocas actividades del ser humano donde lo imposible se vuelve posible en su justa continuidad.

 

El inicio de la carrera de Merwin está marcado por Robert Graves y por la mitología inca. Entendió la íntima relación entre hombre y Naturaleza como un solo cuerpo en la palabra. ¿Cómo asume el recuerdo del paisaje haciéndose más pequeño mientras crece y lo ve desaparecer? El niño Merwin ve desvanecerse los días y las cosas que ahora el poeta recupera para expresar su vida, su soledad, su falta. En su palabra, la pregunta sin réplica combate contra los vientos de marzo buscando recobrar presencias idas.

 

¿A qué universos merwinianos descender para llegar al fondo de su voz, a la extrañeza que ocultan sus olvidos? La generación de Merwin, más unida por el momento histórico que por una absurda clasificación de ismos, parecería originarse en Ralph Waldo Emerson, restaurándose por la Naturaleza. No podemos sin embargo soslayar la influencia de la savia romántica de Thomas Carlyle. Sabido es que entre ambos pensadores existe una profunda relación epistolar que deja entrever su inquietud por preocupaciones afines: quiénes hacen la historia, el sitio que ocupan los mitos, el peso de la religión en la sociedad. En 1834 Emerson escribe una carta a Carlyle en la que le dice: «Ningún poeta llega al mundo antes de su tiempo». En estos escritos sobre su visita a Londres, Emerson expresa su interés por la obra y el pensamiento de tres poetas, entre ellos Carlyle. Wordsworth, Shelley, Keats y Byron habían dicho lo suyo. La nueva generación estaba aún por expresarse. Carlyle y Emerson no compartían una misma visión del mundo, tampoco sus tradiciones se parecían, pero compartían una misma sinceridad y una misma verdad espiritual. Esta espiritualidad desemboca en poetas como W. S. Merwin, en quien la honestidad se expresa como la más alta forma de sinceridad humana, idea expuesta más tarde por Roberto Juarroz y Antonio Porchia. Somos habla y el mundo escritura su legado en la palabra.

 

Carlyle encuentra en Las confesiones de Rousseau un aliciente, pero simpatiza más con la idea de Montaigne: poner el oído muy cerca del corazón y escucharse. Esta es la premisa de Merwin: abrirse al corazón de las cosas para hacerlas renacer.

 

Este poemario invita a recobrar la mitología escandinava, cuyo origen se explica a través del Árbol Igradsil, Fresno de la Existencia, cuyas raíces se extienden hacia el reino de Hela y las ramas se abren al Universo entero. A sus pies, en el Reino de la Muerte, se posan tres Parcas: Pasado, Presente y Porvenir. Las raíces se nutren del Pozo Sagrado, mientras que sus ramas son los aconteceres: aventuras, catástrofes, sufrimientos: lo humano hecho presencia y, en Merwin, tema de su escrituración. Cada hoja del árbol es un folio en el libro de la vida y a su través habla no solo el poeta, sino todos los hombres y mujeres con sus experiencias, de modo que cada poema es la breve historia de los múltiples sucesos de su existencia, por la cual se busca perdurar.

 

El poema no solo requiere de un lector, sino también de alguien que lo recree para alguien más que seguramente ya lo leyó.

 

La poesía de Merwin es un árbol donde se lee la voz de toda la humanidad. Leerlo es ir al fondo del ojo: lo mirado emerge y refulge por la otra memoria haciendo renacer la propia. En la lectura de sus poemas no se descifra la experiencia de quien escribe sino la nuestra. El poeta es un espejo agujereado: no refleja sino que abre y expande la visión, inventa otros mundos, otros tiempos. Visión. Los poetas son almas de visión y contradicción, disocian, nos rescatan de la catástrofe. A este rango pertenecen Denise Levertov, Robert Bly, Robert Lowell, William Merwin... ramas en la desnuda raíz del agua que fueron y por la cual siguen siendo presencia necesaria. Todos ellos comulgaron con la idea de la voz como fronda en un paisaje real, imaginado, vislumbrado. ¿Es este el prototipo del héroe espiritual?

 

Toda pregunta encierra una antigua certeza y esta la necesaria angustia de escribir. Nos vemos como somos o somos como nos vemos, según el reflejo. Lo que Merwin recoge a través del espejo sucede en el espacio desde un presente acompañado, no por el tiempo, sino por todo lo que este arrastra: la memoria como pasto dorado que vibra con el viento.

 

El poema que abre el presente volumen, «To This May» («A este mayo»), puede traducirse como el mes del año, el espino o la posibilidad, aunque también debemos recordar que uno de los libros de Merwin lleva por título The Mays of Ventadorn, homenaje al trovador provenzal que mayor influencia ejerciera en él y cuya obra no fue justamente valorada hasta ser rescatada por el romanticismo.

 

La polisemia empieza a actuar en nuestro cuerpo como si cada incisión del tronco formase parte de nuestra piel y dentro sellara su palabra. En todo gran poeta nada hay escrito que no sea fruto de lo vivido. Leer es intuir el relámpago de una voz que, si la hacemos nuestra, se adhiere como la cal a la corteza. Estos poemas condensan situaciones, escenas de la historia individual, ráfagas en contra del olvido porque nada teme la voz salvo ignorar aquel dolor que da sentido al jardín, al aula, al río, lago, edén que colma el espacio interior de presente:

 

[...]

 

tiempo después de desaparecer el vano

y de desplomarse la valla

todas las estacas cuadradas

y las sombras intercaladas

dibujaban verdes sobre el marrón

en las tardes de estío

 

[...]

 

solo tu sonido al abrirte

perdura

 

Este fragmento evoca a Eliot y Graves en un intento de resignificar la historia por el mito y la creación de un nuevo humanismo: inicio del dilema moderno. Aquí introduce el sonido de la puerta y entra en un tú que, como en Paul Celan, es la casa que lo contiene todo. Merwin vacía su pasado y hace de la raíz el recipiente que nombra la cercanía:

 

A este mayo

 

Se sabe hoy tanto más

del corazón nos dicen pero el mundo

parece llegar uno a la vez

un día un año una estación y aquí

de nuevo la primavera con sus pájaros

anidando en los huecos de los muros

su mañana encuentra por primera vez

su luz en apariencia inmóvil

siempre al partir naciendo

 

A manera de letanía el poeta vuelve a sus poemas anteriores, a la lírica sálmica: «Soy el hijo del amor / pero dónde está mi hogar» o «Soy el hijo de la partición pero los clavos los alambres las aldabas los pernos los cerrojos las trampas la envoltura que me sujeta forman parte de esta herencia». Este es el Merwin en quien nos reconocemos, presencia próxima haciendo de su voz una puerta que nos sentimos obligados a leer e interpretar como una historia –¿sagrada?–. Sí, en el sentido de propiciar la belleza por el sacrificio. En William Merwin las imágenes afloran ambiguas y polisémicas en poemas como «To the Ashes» («A las cenizas» ¿o a los fresnos?), «To an Old Acacia» («A una vieja acacia», ¿será al Sol?), «To My Teeth» («A mis dientes», ¿una guerra sin fin?). Este último encierra en su contorno la imagen de una boca perdiendo uno a uno sus dientes como Ulises pierde uno a uno sus hombres.

 

De Homero a Isaías y a Marcial, poco cambia en el modo de mirar la vida, la muerte, el más allá. El viaje es siempre interior pero el paisaje es el universo entero cuando el poeta logra hacerse uno con el árbol, con la puerta, con la flor. Nombrar es poner la mirada en aquello que más deseamos recobrar. Nuestro camino hacia la muerte se manifiesta en el deseo de vida. De ahí que el deseo sea como un ciego tanteando portones, vallas y cercos de los que nadie puede salir, no al menos los lectores cercanos a Merwin porque se toparían necesariamente con sus remordimientos, con las palabras, con el pasto del otoño.

 

Esta poesía está escrita para quien desee descifrarla. Hay que abrazar la acacia como si fuera el mismo Sol de Stevens o la luz solar de Bishop. Dejan de ser lo que son y abrazan una religiosidad que adquiere la gracia de una alegoría, idea cabalística más que órfica pues todos, consciente o inconscientemente, conformamos la historia sagrada que hay en cada poema. El deseo abre puertas y revela significados no antes vistos y se nutre de ellos como la raíz de su sombra. El espejo, deseo naciente, nos permite caminar en la palabra como los días caminan sobre los días:

 

[...]

 

fijos tus ojos

en la visión que aún no ves

no aún ahí

mientras tú

seas solo tú misma

 

con quien nunca

como recuerdas

fuiste feliz

al sentirte siempre abandonada

 

En un reciente ensayo sobre Merwin, Charles Simic dice ver en él a uno de los poetas norteamericanos con más amplia cultura. Pienso que no es solo su cultura lo que hace de este autor el poeta que es. La precisión en la observación siempre conlleva precisión en el pensamiento. Merwin abre mundos y los extiende ante nosotros en cada una de las páginas de esta Perdurable compañía.

 

Por Jeannette Lozano Clariond



Breve antología de poemas del libro de W. S. Merwin, Perdurable compañía




A mis dientes

 

Así los compañeros

de Ulises que

permanecían junto a él

después de noches cabalgando las rutas del mar

las otras islas los amigos

perdidos uno a uno en el dolor

y el regreso a casa un día

vacío una edad futura

que ya era suya

pero ahora cargando cicatrices

y ennegrecidos y desgastados y algunos

rotos imposibles de identificar

y aún faltan

los arrancados de su lado

los que crecieron con ellos

y les sirvieron por años sin titubeos

sin pedir nada

 

sentados alrededor de antiguos lugares

a través de los huecos

diciéndose a sí mismos

que eran los afortunados

por estar en su sitio

 

pero se quedaría él ahí

 

 

***

 

 

A la constelación de Canis Maior

 

Pero solo existe una de vosotras

dicen como si algo supieran

e incluso pudiera ser real

un momento a la vez

a través del viaje de la luz

sin embargo siguen encontrándoos

cada vez brillando más lejos

desde antes que creyeran en vosotras

o incluso antes de veros

arder antes y después

de cualquier cosa conocida

cada una la única dirección

y no tienen nombres para daros

 

aunque es difícil avistaros

en días transparentes

seguimos buscándoos

en el relámpago de la niñez

en la llamarada de la juventud

en las luces que conocíamos

os hemos seguido buscando

 

como al padre y a la madre

todas las caras encontradas

los ojos por los cuales vimos

nuestro aliento el pulso de nuestra sangre

las plantas de nuestros pies nuestros cabellos

siguen buscándoos

 

 

***

 

 

A las cenizas

 

Todos los árboles verdes

te entregan sus anillos

las anchurosas

cortezas de los años

tarde y pronto proyectan

sobre ti sus frondas

que inesperadas se marchan

para no aparecer

tal como son de nuevo

 

Oh estación tuya

 

desde la cual ha partido

hacia el fuego

lejos de las verdes voces

y los días de verano

lejos de los nombres

pronunciados y las palabras entre ellos

las noches entrelazadas las manos

la esperanza las caras

esas edades en círculos que danzan

en llamas como ahora las vemos

después

aquí ante ti

 

Oh tú sin

principio imaginable

sin final previsible
tú de quien una vez fuimos hechos
antes de conocernos a nosotros mismos

en esta estación nuestra

Septiembre 19, 2001

 

 

***

 

 

A la bicicleta de Zbigniew Herbert

 

Ya que en realidad

nunca te poseyó

aunque quizá lo anhelase

en secreto

 

y solo en sueños conoció

cada superficie y detalle tuyos

destellos de rayos y cromo

olores de grasa y hule

negros eslabones de la cadena

 

día tras día

estabas ahí sin que te vieran

así que nunca tuvo que

ocultarte o guardarte

pues nadie podía verte

 

y aunque él nunca

aprendió a andar en bicicleta

a balancear tu redondo

peso tambaleante

sobre los dos pequeños dedos

de agua deslizándose

por debajo

 

y cuando se encontraba lejos

manos en el manillar pies sin tocar tierra

podías llevarlo

a cualquier parte

 

por fin como lluvia

a través de la lluvia

 

invisible como eras

 

Septiembre 21, 2001

 

 

***

 

 

Al próximo invierno

 

Poco después de las once los fuegos artificiales

de la última fiesta del otoño comienzan

a lanzar sobre el valle sus primeras luces

aquí y allá trepando lentos a través de la fina lluvia

hasta desaparecer en la oscuridad

más allá del estrépito de la feria y de los rostros

inmóviles iluminados por la rueda de la fortuna

ese preciso momento en que miran calmos y radiantes

qué celebran ahora cuando los bellos días

han terminado y las hojas viejas caen

y los campos se desnudan este año al terminar

una estación y nos quedamos contemplando

las breves llamaradas en el silencio del cielo

sin saber qué nos quieren decir

 

Septiembre 23, 2001

 

 


 

Nota de la Redacción: agradecemos la generosidad de Vaso Roto Ediciones por permitir la publicación del prólogo de Jeannette Lozano Clariond y la selección de poemas de W. S. Merwin en Ojos de Papel.

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