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Kenneth Slawenski: <i>J. D. Salinger. Una vida oculta</i> (Galaxia Gutenberg, 2011)

Kenneth Slawenski: J. D. Salinger. Una vida oculta (Galaxia Gutenberg, 2011)

    TÍTULO
J. D. Salinger. Una vida oculta

    AUTOR
Kenneth Slawenski

    EDITORIAL
Galaxia Gutenberg,

    TRADUCCCION
Jesús de Cos

    FICHA TÉCNICA
Barcelona, 2011. 560 páginas. 25,50 €



Jerome David Salinger, 1919-2010 (foto de Lotte Jacobi, 1950; fuente: wikipedia)

Jerome David Salinger, 1919-2010 (foto de Lotte Jacobi, 1950; fuente: wikipedia)

Kenneth Slawenski (foto procedente de http://bnreview.barnesandnoble.com)

Kenneth Slawenski (foto procedente de http://bnreview.barnesandnoble.com)


Reseñas de libros/No ficción
Kenneth Slawenski: J. D. Salinger. Una vida oculta (Galaxia Gutenberg, 2011)
Por José Miguel González Soriano, martes, 1 de noviembre de 2011
No hay experiencia, agradable o no, que no sea valiosa para un buen escritor de ficción. En el caso de J. D. Salinger (1919-2010), la vivencia de la guerra dejaría huella imperecedera en el hombre y acabaría teniendo un profundo efecto en su obra. Presente en el desembarco de Normandía y en la toma de París –donde tuvo ocasión de coincidir con Hemingway– en calidad de sargento del ejército norteamericano y miembro, por sus conocimientos de alemán, del servicio de contraespionaje, el horror del bosque de Hürtgen, en la primera incursión aliada en tierras alemanas, en el que murieron la mayoría de sus compañeros de división; el largo invierno de 1944, sin ropas ni provisiones; la muy cruenta batalla de las Árdenas, la última contraofensiva de Hitler; o los horrores de los campos de exterminio nazis como el de Dachau, donde tomó parte en la liberación de las víctimas (“Puedes vivir una vida entera –se lamentaba Salinger– sin librarte jamás del olor de la carne quemada”), dejaron en él, al abandonar el servicio, un arraigado fatalismo acerca de la naturaleza arbitraria de la muerte, cuyo eco resonaría a lo largo de su vida, calibrando el significado profundo de sus experiencias.
Las consecuencias de lo sufrido por Salinger en la II Guerra Mundial, que explicarían en gran medida muchas de las paradojas y contradicciones de su compleja personalidad, constituyen una de las revelaciones más interesantes de la reciente biografía publicada por Kenneth Slawenski –editor de la página web www.deadcaulfields.com, una de las mejores fuentes sobre J. D. Salinger en Internet–, en la cual, el detallado análisis literario –algo que nadie se había propuesto aún con seriedad– logra combinarse de forma equilibrada con el ensayo meramente biográfico. La imagen del escritor neoyorkino arrestando sospechosos e interrogando prisioneros en tierras alemanas puede hoy, ciertamente, resultarnos chocante, pero así fue como ocurrió. Si al protagonista de su obra más emblemática, El guardián entre el centeno (1951), el joven Holden Caulfield, se le planteaba el dilema, tan común en la edad adolescente, de incorporarse a un mundo adulto que resulta hostil y del que, sin embargo, inexorablemente hay que formar parte, procurando preservar a un tiempo la personalidad, sin volverse falso ni sacrificar ciertos valores, a Salinger hubo de hacérsele muy difícil, en su retorno a la vida civil, encontrar encaje en una sociedad que ignoraba las crueldades que él había conocido, el mal del que puede ser capaz el ser humano. De ahí, seguramente, algunos de los aspectos controvertidos de su carácter, como su sed de religiosidad, que le llevó a refugiarse en la filosofía zen como forma –tal vez– de superar sus traumas bélicos, o sus raras relaciones con un ramillete variopinto de mujeres –desde Oona O’Neill a tres matrimonios extraños y varias jóvenes amantes–, una cuestión esta última, la sentimental, que apenas es mencionada sino de pasada por Slawenski, atenazado quizá por su declarada admiración a un personaje tan refractario, en vida, a desvelar datos íntimos o familiares.

Alcanzada la popularidad, Salinger, después de luchar toda su vida por conseguir el éxito, no soportaría sin embargo sus exigencias; a pesar de su ambición profesional, sintió repulsión por su propia fama, lo que se tradujo –como afirma Anna Caballé– en una voluntad de “no ser”

Otra de las aportaciones más interesantes de la biografía, editada en español por Galaxia Gutenberg, que demuestra un concienzudo trabajo de documentación por parte de su autor –de un buen número de años de trabajo, aunque originalmente apareciese en EE.UU. tan solo a los dos meses de fallecer Salinger– se centra en sus comienzos: en el rastreo de sus orígenes judíos, provenientes de la Europa del Este; su formación académica, complicada, debido a su actitud altiva y mordaz, costándole la expulsión de diversos centros hasta parar en la escuela militar de Valley Forge, donde adquirió la severidad y disciplina necesarias a su carácter; su aprendizaje literario en la Universidad de Columbia y la influencia inicial de Fitzgerald; y sobre todo, el modo en que Salinger luchó de joven por abrirse un espacio en el mundillo literario, enviando sus trabajos iniciales a las llamadas “revistas satinadas” de la época –el primero, The young folks (1940), aparecería publicado en Story–, el cauce más habitual de difusión de la narrativa breve en Norteamérica en las décadas de los 30 y 40; y su tenacidad y aplomo cuando veía rechazado, unos tras otro, la mayoría de sus relatos (“Nunca permitió que las dudas diluyeran su ambición –dice Slawenski–. Salinger tenía ciertamente mucha confianza en sí mismo; pero en la ocasiones en que esta se agotaba era la ambición la que lo mantenía en marcha”), lo que le llevó a alternar durante un tiempo entre relatos “comerciales”, para poder publicar, y otros más personales, acerca de jóvenes de clase alta, decadentes y triviales, hasta conseguir su verdadero objetivo: irrumpir en las páginas de The New Yorker. Esto iba a suceder en 1941 con Slight Rebellion off Madison, la primera historia con Holden Caulfield como protagonista, aunque la entrada de los EE.UU. en la Guerra Mundial tras el bombardeo de Pearl-Harbor retrasó su publicación por parte de la revista hasta las Navidades de 1946. Una actitud perseverante, en suma, la de Salinger, anterior a su reclutamiento en el ejército, que apenas se corresponde con la exhibida tras el éxito obtenido por su célebre Guardián, cuando la sensación de desconcierto que supuso para él su regreso al mundo cotidiano le creó problemas para manejar su fama emergente.

En 1947, firmó un contrato “de primera lectura” con The New Yorker, tras la publicación de un nuevo relato, Un día perfecto para el pez plátano, de gran impacto entre el público lector del prestigioso magazine. Pese a ello, siguió sufriendo rechazos de otros trabajos posteriores, que revelaban la creciente religiosidad de la obra de Salinger, lo que le motivó a culminar la redacción de su primera novela larga, El guardián entre el centeno, iniciada varios años atrás y que se convertirá en un suceso universal y en un gran best-seller. Alcanzada la popularidad, Salinger, después de luchar toda su vida por conseguir el éxito, no soportaría sin embargo sus exigencias; a pesar de su ambición profesional, sintió repulsión por su propia fama, lo que se tradujo –como afirma Anna Caballé– en una voluntad de “no ser” renunciando, aparentemente, a su ego sin importarle lo inocuo y desesperado de sus intentos de parecer humilde. Se protegía con la excusa de que cualquier atención que se dirigiera hacia su persona se desviaba de la obra, que era lo importante. “En realidad –asegura Slawenski–, su exhibiciones de modestia eran solo una alabanza de su obra y de ningún modo lo convertían en una persona humilde”.

Mientras sus obras seguían reeditándose año tras año, y su influencia iba creciendo hasta convertirse en icono reconocido de la generación de los beatniks

Su evolución espiritual hacia el budismo se vería plasmada dentro de la recopilación Nueve cuentos (1953), su segundo libro publicado, donde el poder del amor a través del contacto humano se va transformando paulatinamente en el poder de la fe a través de la unión con Dios. La aceptación de la existencia a través de la creencia y no en la lógica es el leitmotiv que dominará la siguiente obra, Levantad, carpinteros, la viga del tejado (1955), primera entrega de la saga de la familia Glass. Mientras sus obras seguían reeditándose año tras año, y su influencia iba creciendo hasta convertirse en icono reconocido de la generación de los beatniks, encabezada por Kerouac, Salinger –como Robert Graves cuando, con el mismo estrés postraumático, abandonara Inglaterra en 1926 para instalarse en Mallorca–, se aislaba del mundo encerrándose en una recóndita casa de campo en New Hampshire; y poco a poco fue desvaneciendo su deseo de seguir publicando hasta que, en 1965, aparecía su último relato, Hapworth 16, 1924, verdaderamente ilegible, el cual, según Slawenski, despertó la sospecha de que Salinger intentaba librarse del interés del lector medio “entregándole una obra completamente indigesta […] Tal vez, vivir doce años en el encierro relativo de Cornish, apartado de la variedad de personas y experiencias que siempre habían alimentado su creatividad, había oscurecido la inspiración fresca y limitado las dimensiones de su obra”.

Al relato postrero seguirían cuarenta largos años de silencio, en los que parece que continuó escribiendo, pero no volvió a publicar. El misterio, sin embargo, hizo que se incrementara la fascinación pública hacia su figura, hasta convertirlo en mito. Atento siempre –eso sí– a cualquier cosa que pudiera amenazar su privacidad o infringir lo que consideraba derechos legítimos de autor, los pleitos de Salinger y su ocultamiento personal no consiguieron sino reforzar su leyenda, aderezada, además, de un tinte escabroso cuando algunos de los magnicidas más sonados de las últimas décadas –conocidísimo es el caso del asesino de John Lenon– confesaron ser fieles fans de su Guardián. Su impacto social se confirmaría de nuevo tras la noticia de su muerte, el pasado 28 de enero de 2010, a los 91 años de edad, desvaneciéndose las últimas esperanzas de sus seguidores de ver publicada alguna obra nueva. El caso de la vida oculta de Salinger plantea continuamente el debate acerca de cuál debe ser la relación del escritor con su público: si gracias a él y a las ganancias anuales de sus ventas podía permitirse el lujo de permanecer aislado y llevar la vida que apetecía, ¿no estaba obligado por ello, de algún modo, a “mostrarse” ante ese público, para corresponderle y satisfacer sus requerimientos? O por el contrario, como el propio Slawenski nos dice: “Salinger dio al mundo El guardián entre el centeno, ¿teníamos derecho a pedirle más?”
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