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Paul Krugman

Paul Krugman

    NOMBRE
Mikel BuesA

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Guernica (Vizcaya, España), 1951

    BREVE CURRICULUM
Catedrático de Economía Aplicada en el Departamento de Economía Aplicada II de la Universidad Complutense de Madrid, donde desde 2006 dirige la Cátedra de Economía del Terrorismo. Entre sus trabajos destaca el ensayo "Economía de la secesión: Los costes de la 'No-España' en el País Vasco", un análisis de las implicaciones económicas de una hipotética independencia del País Vasco. Este años ha publicado, coeditado con Thomas Baumert, es The Economic Repercussions of Terrorism (2010)



Robert Solow

Robert Solow

Moses Abramovich

Moses Abramovich

Josepph Alois Schumpeter

Josepph Alois Schumpeter


Tribuna/Tribuna libre
Transpiración e inspiración: el modelo de crecimiento de la economía española
Por Mikel Buesa, miércoles, 1 de diciembre de 2010
Un viejo artículo de Paul Krugman, publicado por la revista Foreign Affairs a finales de 1994, en el que el ahora Premio Nobel de Economía disertaba acerca del mito del milagro asiático, aunque dedicaba un buen número de páginas a hablar del crecimiento de la URSS, incluía una extraña ilustración —muy al estilo del realismo socialista— en cuyo pie se podía leer: «El milagro Soviético: transpiración, no inspiración». Lo cierto es que esta enigmática leyenda no tenía réplica en el texto que se ofrecía al lector, aunque se podía colegir de su literalidad que Krugman hacía referencia a cada una de las dos formas básicas que adopta el crecimiento económico y que él exponía con la maestría que le es habitual.
El economista norteamericano, siguiendo la brecha que abrieron hace medio siglo Moses Abramovitz, con un importante trabajo estadístico, y Robert Solow, con un modelo analítico que se enseña en todas las Facultades de Economía y que le hizo merecer también el Premio Nobel, señalaba así que en la raíz del crecimiento se encuentra el aumento de la productividad del trabajo, para a continuación aclarar que «los incrementos de la productividad, sin embargo, no son siempre resultado de la mayor eficiencia de los trabajadores». Éstos, en efecto, señala Krugman, «pueden producir más, no porque estén mejor dirigidos o tengan mayores conocimientos tecnológicos, sino simplemente porque tengan mejor maquinaria»; y observa así que «un hombre con una excavadora puede abrir un agujero más rápido que otro con una pala, pero no es más eficiente, sólo tiene más capital con el que trabajar». Es a esta manera de hacer crecer el producto de la economía, basada en un mayor empleo de capital y trabajo, a la que podría asimilarse la idea de la transpiración. La economía crece porque hay más trabajadores que sudan la camiseta y porque, para hacerlo, usan más capital.

Pero hay otra manera de aumentar la productividad del trabajo y hacer crecer la economía. Se trata de la inspiración que hace aumentar la eficiencia de las fuerzas laborales empleadas. Este concepto —eficiencia—alude a la obtención de un mayor producto por cada unidad de capital y trabajo que se utiliza en los procesos de producción. La eficiencia es lo que caracterizó la expansión norteamericana hasta hacer que Estados Unidos se convirtiera en la primera economía del mundo. Esto es, precisamente, lo que descubrió Solow cuando, en su famoso artículo de 1957, en el que sentó las bases de la moderna teoría del crecimiento, señaló que, entre 1909 y 1949, en ese país «el producto bruto por hora-hombre se duplicó» y que «el 87,5 % de tal aumento es imputable al cambio técnico y el 12,5 % restante al uso mayor de capital». La inspiración de Krugman es, así, lo mismo que el cambio técnico de Solow; y su fundamento no es otro que la aplicación del conocimiento plasmado en las tecnologías, las formas organizativas y los modos de gestión —la innovación, en suma, como ya había destacado el austríaco Joseph Alois Schumpeter en su Teoría del desarrollo económico publicada en 1911— a las actividades de producción de bienes y servicios.

La enorme expansión del empleo durante el período que estamos analizando se concretó sobre todo en la construcción, los servicios inmobiliarios y las actividades de turismo masivo, todas ellas con un bajo nivel de eficiencia

El lector no versado en este tipo de asuntos económicos podría pensar que, puesto que hay dos maneras de hacer crecer la economía, es indiferente optar por una u otra. Sin embargo, no es así. Krugman recuerda en su artículo que el crecimiento por transpiración basado en «meros aumentos en los inputs, sin que mejore la eficiencia con la que se utilizan, … debe conducir a la obtención de rendimientos decrecientes» y, por tal motivo, «el crecimiento a través de los inputs es inevitablemente limitado». Sin embargo, la inspiración es mucho más potente y, por ello, señala Krugman que «el crecimiento sostenido de la renta per capita de la nación sólo puede ocurrir su hay un aumento del producto por unidad de input». En resumen, lo que los economistas han descubierto acerca del crecimiento es que éste es más robusto y continuado cuando se fundamenta en la inspiración que cuando se basa en la transpiración.

Preguntémonos ahora qué es lo que ha ocurrido en España durante los últimos años, antes de que la crisis internacional viniera a cercenar la euforia con la que, en esto de la economía, se vivía en España. Una reciente investigación de Matilde Mas y Juan C. Robledo publicada por la Fundación BBVA viene a aclarar que, entre 1995 y 2005, la productividad del trabajo aumentó en España un 0,42 % cada año. Esta tasa resultó ser tres veces inferior a la de los países de la Zona del Euro que, en conjunto, vieron que su productividad se incrementaba el 1,23 % anual. ¿Por qué ocurrió esto? Pues, sencillamente, porque, aunque la cantidad de trabajo empleada en la economía española aumentó a un ritmo casi cuatro veces mayor que en la eurozona —el 0,40 % frente al 0,14 %— y el capital lo hizo de una manera casi igual en ambas áreas —el 0,78 % en España y el 0,88 % en el agregado europeo—, en nuestro país la eficiencia disminuyó un 0,76 % anual, en tanto que en Europa aumentaba un 0,21 %. En otras palabras, el crecimiento se configuró en España bajo un modelo muy potente de transpiración —pues había cada vez más trabajadores dispuestos a sudar la camiseta—, pero no se llegó muy lejos debido a la caída en barrena de la eficiencia —pues, en promedio, de esos ocupados y del capital utilizado por ellos se sacaba un rendimiento cada vez más reducido—. Entre tanto, para nuestros socios europeos se consolidaba un modelo mixto fundamentado también el la transpiración, pero con dosis apreciables de inspiración.

Naturalmente, detrás de las cifras que acabo de señalar se encuentran las realidades sectoriales de la economía. El trabajo de Mas y Robledo lo deja bien claro. Si España hubiese mantenido la especialización que tenía en 1995, principalmente en industrias de mediana sofisticación tecnológica y en servicios intensivos en mano de obra, con una aportación positiva, aunque mediocre, de los sectores de alta tecnología, habría visto crecer su productividad en un 0,90 % anual; es decir, algo más de el doble de lo que efectivamente se registró. Pero no fue así, porque, como es de sobra conocido, la enorme expansión del empleo durante el período que estamos analizando se concretó sobre todo en la construcción, los servicios inmobiliarios y las actividades de turismo masivo, todas ellas con un bajo nivel de eficiencia; y este cambio en la estructura productiva restó 0,48 puntos porcentuales a la tasa anual de incremento de la productividad.

Tales reformas deben enmarcarse en un escenario de estabilidad macroeconómica en el que, ineludiblemente, los déficits en los que puedan incurrir las Administraciones Públicas deben ser limitados y tendencialmente decrecientes con el tiempo

Fue con este bagaje con el que la economía española se enfrentó a la crisis financiera internacional. Naturalmente, ésta nos afectó, como a los demás, por el lado de los desatinos bancarios que se habían cometido en Estados Unidos y que se habían trasladado sobre las entidades financieras del resto del mundo cuando se les colocaron unos títulos de deuda cuyo respaldo no era otro que el de las hipotecas basura concedidas a compradores insolventes de viviendas al otro lado del Atlántico. Esto, en realidad, no fue demasiado importante para los bancos y cajas de ahorro españoles. Pero tuvo la virtud de resaltar que nuestras entidades crediticias estaban fortísimamente endeudadas en Europa porque habían financiado la burbuja inmobiliaria nacional captando fondos a corto o medio plazo en otros países. Esto había sido así porque los cambios en nuestra especialización productiva nos alejaban cada vez más de la competitividad y, por ello, nuestras exportaciones no podían generar los recursos con los que financiar nuestras importaciones. El desequilibrio del sector exterior fue creciente a partir de 2001 y obligaba a captar el ahorro de otras naciones para poder sostenerlo. Desde la perspectiva de la economía la diferencia entre el ahorro y la inversión es equivalente a la que se establece entre las exportaciones y las importaciones de bienes y servicios. Por ello, cuando se colapsaron los mercados internacionales de dinero, nuestros bancos ya no pudieron obtener la financiación que era necesaria para seguir sosteniendo el desequilibrio exterior y la crisis, además de financiera, adquirió un carácter estrictamente económico.

¿Cómo se sale de una situación como esta? Pues básicamente tratando de recuperar la competitividad para aumentar las ventas en los mercados exteriores mientras se producen severos ajustes internos que dan lugar a la desaparición de las empresas y actividades menos productivas. De esta manera, lo que se busca es reasignar el capital orientándolo hacia los sectores más eficientes y, por tanto, de mayor productividad. Es decir, se trata de impulsar la inspiración y de alejar a la economía de la transpiración. Por eso los economistas insistimos en la necesidad de realizar reformas estructurales en los mercados de trabajo, de mercancías, de servicios, de energía y de capital con el fin de facilitar un proceso de ese tipo. Y, a la vez, señalamos que tales reformas deben enmarcarse en un escenario de estabilidad macroeconómica en el que, ineludiblemente, los déficits en los que puedan incurrir las Administraciones Públicas deben ser limitados y tendencialmente decrecientes con el tiempo.

Esto no es, como ya he explicado en alguna ocasión en estas mismas páginas, lo que viene pasando en España. Y no lo es principalmente porque la política económica de Zapatero incurre en un error tras otro, derrochando recursos y alejando el horizonte de la recuperación. Su Gobierno carece del impulso político y de los apoyos necesarios para poder realizar los cambios económicos e institucionales que, cada día que pasa, se convierten en impostergables (3). De ahí que, quizás, la solución a este embrollo pase de manera ineludible por la apelación al voto de los ciudadanos en unas elecciones generales.
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