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Don DeLillo: El hombre del salto (Seix Barral, 2007)

Don DeLillo: El hombre del salto (Seix Barral, 2007)

    TÍTULO
El hombre del salto

    GÉNERO
Novela

    AUTOR
Don DeLillo

    EDITORIAL
Seix Barral

    OTROS DATOS
Traducción de Ramón Buenaventura. Barcelona, 2007. 296 páginas. 19 €



Don DeLillo

Don DeLillo


Reseñas de libros/Ficción
Don DeLillo: El hombre del salto (Seix Barral, 2007)
Por Juan Antonio González Fuentes, lunes, 1 de octubre de 2007
No es infrecuente que lea escuchando música, y en contra de lo que bien pudiera pensarse, la escucha suele enriquecer la lectura, a veces dota a lo leído de nuevos significados y matices que de otra forma quizá me hubieran quedado ocultos o poco subrayados. Hace unos días me senté en el sillón de lectura para ir terminando la lectura de El hombre del salto del norteamericano Don DeLillo, y automáticamente puse en marcha el aparato de música sin saber qué disco es el que iba a sonar a continuación. Al momento, de los altavoces surgieron las notas de un concierto para violonchelo de Haydn en la versión de Yo Yo Ma y la Orquesta de Cámara Inglesa. Con la hermosa música de Haydn de fondo intenté proseguir con la tarea, pero me fue imposible, algo no encajaba en absoluto y lograba que la lectura fuera casi imposible. No, la música de Haydn se mostraba inservible, inútil, ineficaz como telón de fondo para adentrase en las páginas de DeLillo.
El fenómeno me llamó mucho la atención, y probé a experimentar. Sustituí a Haydn por la placidez siempre anhelante de algún concierto para piano de Mozart, luego escuché un fragmento de la última sonata para piano de Beethoven, más adelante algo de Schubert, música de cámara de Dvorak, ópera italiana... Todo chirriaba al mezclarlo en los sentidos con la lectura del libro. Estaba claro que el último trabajo de DeLillo no encajaba ni bien ni mal con los frutos de aquellas sensibilidades. Probé sin embargo con la abstracción matemática de la música para teclado de Bach y, sin mucha sorpresa por mi parte, comprobé que sí, que esa música encajaba perfectamente como banda sonora para lo que contaba DeLillo. Experimenté también con los cuartetos para cuerda de Bartok y también funcionaban, así como la música del maduro Schoenberg e, incluso, con parte de la música de cámara de Ravel, como el movimiento de blues de uno de sus tríos.

No cabía duda: la rabiosa y extrema contemporaneidad argumental y técnica de la obra del americano exigía como posible banda sonora o bien la racionalidad carente de dulce sentimentalidad de Bach, o bien los sonidos espinosos, acerados y llenos de aristas de cierta música de algunos músicos que podríamos calificar como “modernos”.
El hombre del salto certifica el desmoronamiento moral y ético de un país, EE.UU, y de una forma de vivir y entender la vida que se muestra completamente inútil ante los grandes desafíos de la propia existencia

He hablado de contemporaneidad extrema en este Hombre del salto de DeLillo y voy a intentar explicarme a continuación. El escritor ha situado la acción narrativa de su trabajo en torno a los acontecimientos acaecidos en Nueva York el 11 de septiembre del 2001, es decir, el ataque de islamistas radicales de Al Qaeda con aviones comerciales a las famosas torres gemelas de la gran ciudad. El ataque terrorista acabó, como es sabido por todos, con la destrucción completa de las torres y la muerte de varios centenares de personas, estableciendo además un punto y aparte en la última historia contemporánea del mundo que a día de hoy casi debe establecerse con un “antes del atentado” o un “después del atentado”.

Sin embargo, Don DeLillo no centra su interés en contarnos cómo fueron los sucesos de aquel día, sino en las consecuencias morales y existenciales que han acarreado para EE.UU y para el resto del mundo occidental en general. En este sentido el libro decepcionará por completo a quienes lleguen hasta él esperando una trepidante narración lineal de lo acaecido aquellos días como si de un relato cuasi policiaco se tratase. No, DeLillo apenas dedica unas cuantas páginas a describir cómo debieron ser los ataques desde el interior de los edificios, aunque los párrafos que lo hacen son ciertamente sobrecogedores.

DeLillo centra buena parte de su atención en una pareja, un matrimonio formado por Keith Neudecker y su mujer Lianne. Están separados y tienen un hijo, ambos desempeñan trabajos más o menos anodinos, mantienen relaciones familiares o de amistad bastante superficiales y ven transcurrir la vida sin sobresalto ni grandes debacles, y, por supuesto, sin cuestionamientos de ningún tipo ni preguntas trascendentes. Son como la inmensa mayoría de las personas que conocemos, como somos muchos de nosotros mismos, que vivimos de manera rutinaria una vida no elegida y “sobrellevada” sin energía ni una pizca de reflexión sobre nosotros mismos y lo que nos rodea. Aunque suene un poco esquemático, ni Keith ni Lianne se han cuestionado nunca en serio quiénes son, qué hacen con su vida, hacia dónde se dirigen, qué sentido tiene todo. Así, en estas condiciones, la pareja viene a erigirse a lo largo de la obra en metáfora de los estadounidenses, y por extensión, de la mayor parte de los hombres occidentales contemporáneos: con la capacidad crítica y reflexiva embotada; colocados en una esfera alejada de la intimidad con los sucesos básicos de la existencia; situados en el ámbito del simulacro existencial, de la brillante pantomima, de lo superficial y consumible; y anestesiados ante el sacrificio, la capacidad de sufrimiento...
El hombre del salto es una invitación a pararnos, a no dar un paso más hacia ningún lado si antes no detenemos la mirada a nuestro alrededor para mirar, si antes no hacemos examen de conciencia

Para DeLillo el ataque del 11 de septiembre parece erigirse en un hecho histórico que ha venido a sacudirnos, a despertarnos de un amodorramiento global y artificial, y a situarnos de nuevo ante los viejos fantasmas del género humano. Keith es uno de los supervivientes del ataque, uno de los que pudieron salir por su pie del infierno de las torres. Y ante la tragedia inconcebible que sucede ante sus ojos, ante su comprensión..., desolado y desbordado como ser humano por los acontecimientos que lo tienen como testigo, se encamina directamente a casa de la que fue su mujer, Lianne, como el animal acosado y herido por los cazadores que, extenuado, busca instintivamente el refugio de la madriguera, la compañía de sus congéneres.

El horror mayúsculo que supuso el atentado terrorista de septiembre de 2001 lleva a Keith a la madriguera, al contacto en silencio con la que había sido su mujer y con su único hijo; lo lleva al único refugio en sociedad del ser humano: los otros más próximos, la familia. Ante la angustia del horror contemplado, ante el desmoronamiento personal y colectivo de un mundo y una forma de vida, Keith huye de la soledad como del cuarto oscuro al que conduce la nada, esa nada palpable que parece encarnarse precisamente en el hombre del salto, protagonista alucinante de una terrible imagen en la que se le veía caer de cabeza en el vacío vestido de ejecutivo y ejecutando un extraño e inverosímil gesto con una pierna. El hombre de aquella foto, el hombre del salto, simboliza quizá de la mejor manera posible la situación del ser humano contemporáneo en las sociedades desarrolladas: cayendo al vacío en soledad con traje y corbata.

El fuego y la sangre derramada por los terroristas han diluido como si de un potente ácido se tratara el decorado de seguridad y confort previo al atentado en occidente. Tras el horror sólo queda el silencio, el calor del otro, la soledad íntima y la reflexión. En la complejidad existencial, metafísica de las páginas de El hombre del salto, Don DeLillo también plantea, por un lado, el pavor alienante y nihilista que el silencio de Dios produce en la abundancia grosera del primer mundo, y por otro, el fanatismo irreflexivo y demoledor que generan las supuestas y seguras respuestas de Dios entre los que nada o poco tienen que perder.
El hombre del salto nos sitúa como occidentales en un espacio reflexivo que tiene algo de dantesco, y que guarda con la obra de Dante la familiaridad del recorrido metafórico, aunque en las páginas del americano ni siquiera nadie desempeña el papel de guía

No hay respuestas en la novela de Don DeLillo, sólo la descripción brillante y casi profética de un escenario real que mueve a la reflexión, a la búsqueda de salidas o acomodos para una obra, la existencia humana, cuyo decorado actual se muestra inservible por finiquitado. El hombre del salto certifica el desmoronamiento moral y ético de un país, EE.UU, y de una forma de vivir y entender la vida que se muestra completamente inútil ante los grandes desafíos de la propia existencia. El hombre del salto es una invitación a pararnos, a no dar un paso más hacia ningún lado si antes no detenemos la mirada a nuestro alrededor para mirar, si antes no hacemos examen de conciencia. El hombre del salto nos sitúa como occidentales en un espacio reflexivo que tiene algo de dantesco, y que guarda con la obra de Dante la familiaridad del recorrido metafórico, aunque en las páginas del americano ni siquiera nadie desempeña el papel de guía

Todo este planteamiento existencial Don DeLillo lo resuelve técnicamente con una maestría sobrecogedora. No puede haber un discurso cronológico, lineal, claro y limpio. Así no se puede hablar del infierno ni de la nada. DeLillo lleva al lector por vericuetos temporales con saltos hacia atrás y hacia delante, con diálogos en los que se mezclan los propios pensamientos de los protagonistas con las conversaciones que mantienen con otros personajes, con cambios constantes de personajes y situaciones..., provocando en el lector una sensación real de desasosiego y extravío, de laberinto narrativo inestable y poco coherente. Insisto, un acierto técnico resuelto con la maestría propia sólo de los más grandes.

No sé qué impresión estarán obteniendo los lectores de este comentario. Si la conclusión a la que se llega es que estamos ante una novela compleja, exigente sin descanso, dura, reflexiva, una especie de ensayo sobre la contemporaneidad con hechuras de narración que va a colocar al lector en un espacio nada complaciente, demoledor y en esencia desolado, creo que habré acertado con lo escrito. Si quien lea estas líneas corre a la librería para comprar El hombre del salto buscando una lectura entretenida y llevadera para coger el sueño, es que debo volver al colegio y empezar de nuevo por parbulitos.

El hombre del salto es un gran libro que opino aún necesita de algún tiempo para que su importancia sea de verdad calibrada como se merece. Pero no creo que goce las señas características de las grandes novelas, y en contra de lo que han escrito algunos críticos, estas páginas presentan grandes dificultades para atrapar al que podíamos llamar “común” de los lectores. El hombre del salto es un libro para minorías, para lectores avezados y con bastante experiencia en el contacto con lecturas complejas.
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