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Antonio Moneo: Volver a casa (Ediciones Carena)

Antonio Moneo: Volver a casa (Ediciones Carena)

    NOMBRE
ANTONIO MONEO

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Madrid

    CURRICULUM
Licenciado en Ciencias de la Información, trabaja en Radio Nacional de España. Libros anteriores: Esta noche en el Gijón (1989), La calle del amor (1991), La escalera mágica (1992), Papá, ¡no te escapes del asilo! (1994). Bilbao, crónica de una nostalgia (1995) y La pianista del tren (2002). El autor cuenta con numerosos premios y distinciones, de los que destacaríamos la concesión de la primera silla primitiva de 1888, fecha de la inaguración del Café Gijón.



Antonio Moneo

Antonio Moneo


Creación/Creación
Volver a casa
Por ojosdepapel, lunes, 3 de septiembre de 2007
Volver a casa narra la historia de un niño entre los cinco y doce años que siente un amor inmenso por su madre y un afán desmedido por ayudar a todos los que sufren. Borja es un chaval tremendamente imaginativo que se va creando sus propios mundos, aquellos que él quisiera para sí mismo y para los suyos, combatiendo con todas sus fuerzas contra un destino que no quiere aceptar. El pueblo y la ciudad van marcando los pasos de este chaval, a buen seguro, cautivará al lector de cualquier edad.
Capítulo I

El primer recuerdo que tengo de mi infancia es el ver como ardía mi casa a las tres de la tarde de un domingo de octubre. Yo tenía cinco años y lloraba como un descosido en los brazos de Felisa, la mujer que me cuidaba desde que había nacido y por la que sentía un gran cariño. Felisa intentaba consolarme ante el pavor de mis ojos que contemplaban horrorizados la destrucción del inmueble.
-No llores, niño, que el fuego pasará y podremos volver a casa- me decía Felisa, mientras me acunaba en su regazo, sin conseguir controlar mi desconsuelo. Yo gemía cada vez con más fuerza porque el fuego me daba miedo y pensaba que las llamas me iban a quemar también a mí. No podía luchar contra aquel elemento devastador y perecería abrasado en medio de la calle, igual que Felisa, sin que nadie pudiera hacer nada por nosotros. Pero Felisa no tenía ningún temor y permanecía impasible ante la fachada del edificio, que amenazaba con derrumbarse sobre nuestras cabezas de un momento a otro.
-Cállate, hijo- me repetía Felisa -, que tu «tata» está contigo y no te va a pasar nada.
Cerré los ojos y me agarré con fuerza a su cuello, mientras apoyaba la cabeza sobre su hombro, y ella me acariciaba el pelo. Tenía yo un cabello muy negro y los ojos como el azabache. «Ojos de botón de bota» me llamaban mis hermanos por la intensa negrura de los mismos, que además eran muy grandes. Pero aquellos ojos deberían estar en aquellos momentos desorbitados y llenos de angustia.

-¿Se ha avisado a los bomberos?- oí como preguntaba alguien en la calle.
-Sí, ya vienen de la capital, pero son treinta kilómetros y tardarán un poco.
Nunca entendí muy bien la lentitud de los coches de bomberos. Es algo que jamás me pude explicar. Sobre todo teniendo en cuenta que cuando vemos que alguien va muy deprisa, siempre le preguntamos que si va a apagar algún fuego. Sin embargo, los bomberos van lentos en sus coches, casi con una lentitud desesperante, por lo menos en aquella ocasión. Y como los bomberos no llegaban, la gente empezó a apagar el fuego con cubos de agua. Se formaron dos filas desde mi casa hasta el pilón de la Plaza. Por una, llegaban los cubos llenos, y por la otra se devolvían los vacíos. Pero aquella era insuficiente agua para un siniestro de semejantes proporciones. Lo debía de tener muy claro el cura de aquel pueblo, don Luis, un hombre culto y muy progresista para los tiempos que corrían, la época dorada del franquismo. Don Luis había subido al tejado de la iglesia y con los brazos extendidos en forma de cruz gritaba como un desesperado, suplicando el milagro.
- ¡Que no llegue a la iglesia!, ¡que no llegue a la iglesia! - repetía una y mil veces el párroco, asustado por las llamas de aquel espantoso fuego que amenazaba con no respetar el lugar sagrado. Lo que nunca supe bien es a quién dirigía su súplica el cura: si al Dios de los cielos o a los vecinos del pueblo, que trabajaban a destajo para hacer correr los cubos de agua a la mayor velocidad posible. En cualquier caso, la oración en tono subido de don Luis fue escuchada. El incendio no afectó a la casa de Dios, pero se cebó con la de mis padres. Con mi casa.
Aunque mis padres eran muy religiosos, tenían sin lugar a dudas menos influencia en el cielo que el presbítero don Luis, así que el viento sopló aquel aciago domingo en dirección norte, la de mi casa, que se vendría abajo sin remedio si alguien antes no lo evitaba. Y los bomberos no parecía que fuesen a llegar a tiempo para ser los salvadores de la catástrofe y el agua de los cubos no era suficiente, pese a la buena voluntad de los lugareños que aquel día demostraron lo mucho que querían a mi familia.
El fuego había comenzado en el edificio contiguo al nuestro, una fonda de pueblo, casi siempre vacía de huéspedes, como aquel día. Era nuestra morada un caserón solariego de mediados del siglo XVIII, donde sí había una espada de mi abuelo, ganador de muchas batallas, y un sillón de cuero que, por cierto, era comodísimo. Al otro lado del edificio de donde había partido el fuego, la fonda, estaba la iglesia.
Fue mi hermana Ana Mary la que se dio cuenta de todo cuando subió a la terraza a tender la ropa, quedándose horrorizada. Mi hermana vio como avanzaba el fuego hacia nuestra casa de una manera pavorosa, atizado por el viento norte que soplaba aquel día.
- ¡Dios mío! - pensó mi hermana -, se está quemando la fonda.
Y volviendo sobre sus pasos, mi hermana regresó a la escalera de caracol, saltando de dos en dos los peldaños de la misma, para llegar a la cocina, situada en el piso inferior, y dar la voz de alarma a mi madre.
- ¡Mamá!, coge lo más necesario y vámonos todos a la calle. ¡La fonda está ardiendo!
-No llores, niño, - me decía Felisa -. El fuego pasará y volveremos a casa.


Capítulo II


Gracias a los vecinos del pueblo, y a los bomberos, que por fin llegaron, el fuego se pudo controlar, poniendo fin a mi llanto, el primero que recuerdo nítidamente. Después, a lo largo de mi vida, he llorado muchas veces. cuando mi corazón no ha resistido los embates de la tristeza. y la tristeza se pasea por la vida con demasiada libertad; camina a sus anchas, y cuando nos elige como víctimas, sabe que tiene la partida ganada de antemano. Entonces, se desborda con nosotros, nos intenta ahogar, y sólo luchando a brazo partido podemos salir en algunas ocasiones terribles de tan desigual batalla.
Cuando a las diez de la noche de aquel domingo de octubre el fuego quedó al fin sofocado, mi madre se dio cuenta de que mi hermano Javier, que tenía nueve años, no estaba.
- ¿Dónde se habrá metido este crío? - se preguntaba mi madre.
- Estará en casa de la tía Carmen - dijo mi hermana mayor.
A Javier le había mandado mi madre a por el vino para comer un poco antes de declararse el fuego. Mi hermano era muy popular en aquel pueblo y todo el mundo le quería. Rubio y de ojos azules, su inteligencia sobrepasaba con creces los límites de su edad. Ganaba al ajedrez a todos los mayores y estos se lo disputaban para poder jugar con él. Javier sólo ponía una condición: que le invitaran a aceitunas mientras jugaba la partida.
- ¡Saca unas olivas para el chico! - decía el contrincante de turno al dueño del bar. Y Javier se comía las aceitunas con auténtica pasión, la misma que ponía en el juego, que dominaba a la perfección.
- ¡Qué «chiguito»! - exclamaba el presunto perdedor, nada presunto al final de la partida -, no hay manera de cogerlo. ¡Se las sabe todas!
- Mi padre es maestro en esto del ajedrez - decía Javier todo serio, y sin levantar la vista del tablero -. ¿Puedo pedir más aceitunas?
- Sí, hijo, ¡naturalmente! A los genios hay que alimentarlos bien y tú, sin duda, de seguir así, serás campeón de España. ¡Qué chico este! - añadían con cariño los que jugaban, y siempre perdían, con mi hermano. Javier acababa con la partida cuando quería, que solía coincidir normalmente con el final de las aceitunas. Yo creo que lo tenía todo controlado. Se comía la última oliva, y daba el jaque mate.
En la taberna donde compraba el vino, mi hermano oyó lo del fuego.
- Es en tu casa, hijo - le dijo la dueña del bar. Javier salió disparado de la taberna y llegó hasta casa, donde nos encontró a todos en la calle. En sus manos, la botella de anís La Castellana, vacía, donde pensaba echar el vino que no llegó a comprar. Pero mi hermano era ya un hombrecito y no se asustó ante las llamas. Escuchó lo de los bomberos y le pareció fascinante su llegada. Así que con la botella en la mano, botella que no abandonó en ningún momento, jamás supimos por qué, se marchó al otro extremo del pueblo, un lugar denominado Los Hierros, lugar estratégico para ver aparecer por la carretera a los bomberos, y allí se quedó ensimismado hasta que estos llegaron. Pero el espectáculo de los bomberos había calado fuertemente en mi hermano, y también se fue a despedirlos a Los Hierros hasta que su coche se dejó de ver y oír por la carretera. Después, Javier volvió tan pancho, siempre con su botella en la mano, que no había soltado en ningún momento, a casa.
- ¿Dónde estabas, Javier? - le preguntó mamá.
- Diciendo adiós a los bomberos - contestó todo feliz. Para él, sin duda, habían sido los auténticos protagonistas de la tarde.
Pero Javier no quería ser bombero. Javier quería ser marino. Planta no le faltaba: rubio y de ojos azules, muchas veces a lo largo de su vida le han dicho que se parecía al rey Juan Carlos. Se lo dijo la fotógrafo de la iglesia bilbaína donde Javier bautizó a su primera hija.
- Es usted igual que el Rey, señor.
Estoy seguro de que si Javier hubiera llegado a ser marino habría enamorado a todas las sirenas de los mares que hubiese surcado. Su mirada limpia y bondadosa las habría conquistado sin remedio. Habría sido el capitán más gallardo, en un barco de plata, guiado por las estrellas.
- ¡A toda máquina! - hubiera gritado Javier, cada vez que su embarcación hubiese emprendido una misión de paz. Porque Javier siempre ha amado la paz. Y no hubiese sido un marino de guerra, sino de paz. Y su tripulación habría sido la más feliz de todos los mares, teniendo como jefe al marino más valiente de todos los océanos.
- Capitán, sin novedad a bordo. Llegaremos a puerto al amanecer.
- Gracias, hijo. Puedes retirarte a descansar, y recuérdame al llegar que formen en cubierta los muchachos para agradecerles su buen comportamiento durante la travesía. Por cierto, ¿cómo sigue Miguel?
- La fiebre le va remitiendo, señor.
- ¡Pobre chico! Nunca fue muy fuerte. El mar es demasiado duro para él, pero tiene una vocación tan irrenunciable...
- Así es, señor. Para él, el mar lo es todo. A pesar de lo de su padre, o quizá precisamente por ello.
- ¿Lo de su padre?, ¿qué le pasó?
- ¿No lo sabe, señor?
- No.
- Murió ahogado en un naufragio. Era marino como Miguel. Ocurrió hace ya muchos años. Su cadáver nunca apareció. Miguel era un niño cuando ocurrió la tragedia. Pero tiene grabadas en su memoria las escenas de dolor en su casa cuando les dieron la noticia. Miguel entonces tenía nueve años y aquella mañana en la que les comunicaron la desgracia vio reflejado en los ojos de su madre todo el dolor del mundo, y toda la impotencia. Yo creo, señor, que Miguel se hizo marino para estar más cerca de su padre. A veces, en sueños, habla con él. y le dice que no tenga miedo, que él lo rescatará del mar.
- ¡Qué terrible!
- Precisamente de este mar, señor. Aquí fue donde se ahogó el padre de Miguel.
- Ahora comprendo lo de la fiebre.
- Estos días atrás, Miguel ha estado muy raro. Con un gran desasosiego. Las horas libres se las pasaba en cubierta, apoyado en la barandilla y mirando al mar. Yo creo, señor, que buscaba a su padre.
- ¡Pobre chico!
- De niño, siempre estaba con él. Le fascinaban las aventuras que le contaba de sus travesías. Miguel adoraba a su padre. Señor, con su permiso, me retiro.
- Sí, hijo. ¡Buenas noches!
- ¡Buenas noches, señor!
Mi hermano se acercó hasta la cama de Miguel y le puso una mano en la frente. Miguel sonrió en su inconsciencia. Seguro que soñó que era la mano de su padre. Miguel tenía veintiún años y la tristeza metida en su corazón. Mi hermano encendió su pipa y veló el sueño de Miguel. Después, abandonó la estancia y se dirigió a cubierta. Empezó a otear el horizonte y su mirada se perdió en el infinito. Mientras la madrugada avanzaba con lentitud, unas sorprendentes imágenes se dibujaron en el mar. En ellas, Miguel encontraba por fin a su padre. Mi hermano vio claramente cómo se fundían en un fuerte abrazo. De repente, una voz crispada sonó a sus espaldas.
- ¡Señor!
- ¿Qué pasa? - preguntó mi hermano, volviéndose con rapidez.
- Miguel ha muerto.


Capítulo III


Antonio «el negro» era alto y fuerte. Muy guapo. Le llamaba «el negro» por lo muy moreno que siempre estaba. Cuando volvía del campo, iba a buscar a Felisa a casa. Antonio era el novio de Felisa. Y me sacaban de paseo. Yo fui cogiéndole un cariño muy grande a Antonio, y me encantaba verlo llegar a casa. enseguida me cogía en sus brazos y se ponía a jugar conmigo.
- ¡Hay que ver este hombre! - decía Felisa -.Lo encariñado que está con el niño. Parece su padre.
Sin lugar a dudas, el cariño era mutuo. Recuerdo perfectamente cuando Antonio me subía en sus hombros y me llevaba a “carramoñetas” hasta la casa de su madre, la señora Andrea. La casa de Antonio estaba en Los Arrabales y había que bajar una empinada cuesta, un camino que yo recorría a las mil maravillas, sintiéndome el rey del pueblo cuando Antonio me transportaba en sus hombros.
- ¡Adiós, Antonio! - le decían las mozas más guapas del pueblo, cuando nos veían pasar -. Siempre con el crío a cuestas, ¿eh?
- Sí, lo llevo a comer a casa. Mi madre nos espera.
- ¡Pues no va poco orgulloso el niño en tus hombros! Parece un rey.
- Es un rey - decía Antonio, riendo - ¿verdad, chaval?
Muchos domingos me bajó Antonio a comer a su casa. Yo creo que fue el primer gran amigo que tuve y al que adoraba. Pero aquel domingo del fuego no bajamos a comer a casa de la señora Andrea. Antonio luchaba como un héroe contra las llamas para que no se quemara la casa de mis padres. Mientras, yo lloraba en los brazos de Felisa.
- No llores, mi niño - me decía Felisa -. La casa no se va a quemar. Antonio lo va a impedir.
Y estoy seguro de que así fue. Igual que me protegía a mí con su cariño, quería proteger las paredes de algo tan querido para mí como era mi casa.
- ¡Ten cuidado, Antonio, por Dios, no te arriesgues tanto! - le decía mi madre.
- No se preocupe, señora, que bicho malo, nunca muere - le respondía Antonio con una gran sonrisa, enseñando su blanca dentadura, recia y fuerte como su corazón.
Sí, Antonio fue uno de los héroes de aquella aciaga jornada, en la que todo un pueblo se volcó en una causa común: salvar la casa de mis padres, mi casa. Antonio, en realidad, fue el gran héroe de mi infancia. Cualquier cosa que él dijera o hiciera, yo estaba dispuesto a magnificarla. Estábamos muy unidos y se notaba.
- ¡Hay qué ver! no se sabe cuál de los dos es más niño - decía Felisa.
Felisa y Antonio se casaron una fría mañana de invierno, cuando yo estaba a muchos kilómetros de distancia, en Madrid. Al cabo del tiempo, pienso que yo debería haber asistido a aquella boda. En realidad, era como un hijo para ellos. El hijo que nunca tuvieron.
- No llores, hijo - me decía Felisa en sus brazos -. Volveremos a casa, en cuanto se arreglen los desperfectos causados por el fuego. Antonio colaborará a ello. Ya verás. Tu casa quedará más bonita que nunca. No llores, los hombres no lloran. Y a Antonio no le gusta verte llorar. Él no llora nunca.
¡Mentira, Felisa! Me mentiste aquella noche tan lejana. Me mentiste porque me querías. ¡Claro que los hombres lloran!, lloran hasta reventar. Lo he comprobado a lo largo de mi vida. Ha habido momentos en que creí que no lo podría resistir. Sí, Felisa, los hombres lloran, y mucho. Y mi héroe de infancia, aquel que me protegía con su cariño y recios brazos, Antonio «el negro», mi gran amigo, el primero de mi vida, lloró profundamente el día de tu muerte.

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NOTA DE LA REDACCIÓN: Estos tres capítulos pertenecen a la obra del escritor y periodista Antonio Moneo titulada Volver a casa (Ediciones Carena). Queremos agradecer al director de Edciones Carena, José Membrive, su gentileza por facilitar la publicación de dicho texto en Ojos de Papel.
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