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Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ de Relaciones Internacionales y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami

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Cuba

Cuba

Fidel Castro

Fidel Castro


Tribuna/Tribuna internacional
El futuro de Cuba
Por Joaquín Roy, domingo, 29 de mayo de 2005
A la vista del notable número de practicantes del más antiguo oficio desde que fuera la causa de la caída de Adán y Eva, debe ser facilísimo predecir el futuro y ansiarlo. Ahora, tiene renovada vigencia, al cumplirse el centenario de la muerte de Julio Verne. Pero, en contraste con la necesaria comprobación temporal de la validez de las predicciones del fundador de la ciencia-ficción, aventurar el futuro en la actualidad es muy cómodo y sin costo.
La bola de cristal

En primer lugar, nadie ha residido en el futuro, y nadie tampoco puede corroborar las tesis, y menos desmentirlas. De ahí que todo mortal se lance sin red al vacío a predecir el futuro, escriba teorías impresionantes, perfile escenarios plausibles, e incluso se atreva a dictar cursos enteros académicos sobre no cómo debiera ser el mundo (lo que resulta un razonable y deseable ejercicio), sino cómo en rigurosidad será, lo que significa un atrevimiento de alto grado preocupante y arrogante hasta el paroxismo.

Entre todos los ejercicios de anticipación al futuro con respecto al perfil de algunas sociedades y países, ninguno supera en fascinación y facilismo al caso de Cuba. No solamente parece dominar las conciencias y las febriles actividades de los jerarcas del régimen y la dirigencia de la oposición pacífica, sino que ocupa las preocupaciones del exilio, diversos gobiernos repartidos por el globo (sobre todo el de Estados Unidos) y docenas de expertos y autonominados especialistas. Nadie parece resistir la tentación, quizá con la excepción del propio pueblo de Cuba en general, al que nadie le pide su opinión, porque no hay medios científicos de sondeos y porque está agarrotado de un gran sentido de fatalismo. Sabiamente, prefiere (o no tiene más remedio) no opinar y menos predecir el futuro. Curiosamente, es el sector más cuerdo y acertado.

El futuro de Cuba, se comienza a temer, no va a tener ni el perfil catastrofista que algunos auguran ni tampoco va a ser un baño de rosas que otros diseñan con la desaparición del dictador (“No Castro, no problem”, dicen todavía los stickers). Naturalmente, resultará imposible de cumplir la máxima del “atado y bien atado” a la criolla. No son tan ilusos en Bruselas: tampoco puede resultar el aterrizaje suave preconizado por los europeos. Finalmente, el regreso automático a la situación de 1958 solamente existe en las mentes de supernostálgicos que sostienen una industria mediática. Mucho menos resulta sostenible la situación que, con sus altos y bajos, ha dominado la escena casi desde el final de la Guerra Fría, para satisfacción hipócrita y pragmática no solamente del propio entorno geográfico de Cuba sino también en ciertos núcleos de poder en Washington. El futuro de Cuba es mucho más complejo, y se ha convertido en más nublado en los meses recientes. Lamentablemente, algunas fuerzas están jugando un papel que en nada contribuye a que el desenlace sea el mejor para el propio pueblo de Cuba.

El lastre del pasado

El contexto general que dominó la escena mundial en el primer lustro después del final de la Guerra Fría representó el período más peligroso para el régimen castrista. La evaporación de los subsidios soviéticos hizo predecir que el sistema no se sostendría más allá del agotamiento de las propias reservas, que no eran muchas, carencia apenas paliada por el entonces modesto comercio con Europa y América Latina. Pero el régimen recibió una infusión de energía de supervivencia cuando los Estados Unidos se crearon un enemigo que sustituyera a los soviéticos: Europa, Canadá, México y la mayoría del resto de países de América Latina. Cuando ya no podían ser acusados de apoyar a un satélite de Moscú, los intereses europeos y americanos se convirtieron en objetivos de las iras de Washington plasmadas en leyes extraterritoriales como Torricelli y Helms-Burton. Cuando ésta última no estaba segura de ser aprobada, Castro acudió al rescate y derribó las avionetas de la irresponsable organización Hermanos al Rescate. Si el embargo había ayudado políticamente al régimen castrista durante mas de treinta años, ahora Helms-Burton sería “un regalo caído del cielo”, en palabras de un propio jerarca del régimen. La codificación del llamado “bloqueo”, tan magistralmente explotado por La Habana para ocultar las carencias de la política económica y social del castrismo, tuvo exactamente los resultados contrarios a sus intenciones, por cierto bastante contradictorias.

Ni siquiera sirvió para que algunos expropiados cobraran bajo la mesa unas compensaciones, ya que en la propia ley se insertó una cláusula que permitía al presidente de los Estados Unidos suspender el título III (amenaza de demandas judiciales contra las compañías extranjeras que “traficaran” con bienes expropiados). Apenas el título IV sirvió para denegar un par de visados a un par de compañías mexicanas y canadienses, chivos expiatorios de un espectáculo lamentable de violación de principios de derecho internacional. El gran ganador: Castro.

Además, el título II (en su letra o su espíritu) es el que todavía en la transición pesará como una losa sobre cualquier gobierno que se enfrente a la tarea descomunal de la reconstrucción. Además de exigir la desaparición (por lo menos política) de Fidel y Raúl, y de cualquier funcionario o jerarca nombrado por ellos (por lo que hace inviable el modelo español con el papel de Adolfo Suárez y el Rey), demanda la devolución de las propiedades nacionalizadas o su compensación, lo cual es una misión que desde el punto de vista económico es impracticable.

Mientras tanto, el exilio veía cómo sus parientes en Cuba no tenían otra fuente de supervivencia que la libreta de racionamiento (“abastecimiento”), contribuían incluso más que el turismo y las inversiones al apuntalamiento del sistema apenas superado el “periodo especial”. En el fondo, Washington, bajo la amenaza chantajista de una repetición del éxodo del Mariel (del que se cumplen ahora 25 años), ofrecía a Cuba el único tratado inmigratorio del planeta que la convierte en un privilegiado país, con cuota suculenta de más de 20.000 visados garantizados al año. Lo que existió durante casi un siglo en violación del principio constitucional, y por el que los Estados Unidos querían primar la inmigración europea norteña, y que fue desmantelada posteriormente, solamente se aplica ahora a Cuba, nación “más favorecida”, gracias a la presión formada por el tándem insólito: la influencia del exilio y la extorsión de Castro.

La tozudez del presente

Todos (o casi) estaban satisfechos, aunque hipócritamente no lo reconocieran. En primer lugar, el entorno caribeño (tanto el de habla inglesa como el dominicano y puertorriqueño) estaba feliz con una Cuba controlada que no apoyaba guerrillas ni infiltraba ideológicamente su tejido político. Tampoco era un notable competidor económico, ni en turismo ni en inversiones, en contraste con la amenaza que representaría una Cuba plenamente abierta al capitalismo. El Pentágono, por su parte, proclamaba con estudios subvencionados internamente que Castro no era una amenaza, y apostaba a la continuación del estatu quo. Para equilibrar y tener contento al núcleo duro del exilio, Washington subvencionaba programas de acoso verbal (apenas nada más, y sin pasarse, y sobretodo sin rozar tácticas plenamente subversivas y violentas de los 60 y 70). Se neutralizaban los aspectos más urticantes de Helms-Burton para congraciarse con Europa: Cuba no valía la pena de una guerra comercial.

Pero, soterradamente, se ponía en marcha una curiosa coalición entre La Habana y el eje duro del exilio y Washington. La primera señal alarmante fue el caso Elián: significó el comienzo de la apertura de las hostilidades entre el sistema y el tejido social norteamericanos y el exilio, que salió muy dañado. El ganador fue, nuevamente, Castro. El segundo fue el desarrollo del movimiento disidente, cuyas actividades han sido muy mal encajadas por Washington y el exilio, debido primordialmente a la manipulación que el propio gobierno cubano ha hecho, explotando al máximo no solamente las diferencias internas sino también las contradicciones del exilio, cuyo sector duro se opone frontalmente al Proyecto Varela, que usa como trampolín el entramado constitucional castrista.

La presión de Europa se interpretó maquiavélicamente en La Habana como un revival de la coalición que casi estuvo a punto de sublimarse en la primera parte de los 90. Castro por eso abofeteó en 1996 las aperturas de Bruselas y manipuló a Hermanos al Rescate.

En ese ambiente, la corriente de pensamiento que basaba su estrategia en la necesaria reconciliación, ha sido neutralizada por el encarcelamiento de los disidentes y la errónea táctica (aunque no la estrategia) de las medidas adicionales de la Posición Común de la UE. Todo ha contribuido a un panorama conjunto que deja pocos resquicios a un clima propenso a una transición a la satisfacción de todos.

Lo anterior ha tenido un pecado original: el diseño desde fuera, y la convicción de que la desaparición del dictador resolverá todos los problemas. “Muerto el perro, se acabó la rabia,” parece ser la lógica, en principio no desprovista de cierta racionalidad.

El implacable futuro

Se olvida, naturalmente el ingrediente irremplazable: el interior. Tiene unas dimensiones de su tejido social, racional y de identidad que lamentablemente están ausentes en los esquemas teóricos.

De forma comprensible, por lo sensible del tema, la Cuba que se vislumbra en el futuro es un país más negro y mulato que el que se quisiera en algunos diseños. Esa mayoría puede estar a la merced de unas presiones de identidad y de fundamentalismo que están ya presentes en el complejo mundo posterior al 11 de Setiembre.

Social y económicamente, las exigencias para el levantamiento del embargo (necesario para el desarrollo de Cuba) chocará con las necesidades de esa mayoría, que al mismo tiempo poco podrá esperar (aparte de más presión política) del entorno latinoamericano, no solamente en el Caribe, sino también en el resto de América Latina, impactado por la creciente fuerza del nuevo indigenismo, enlazado con el neopopulismo que se nutre de los sectores mestizos. Cuba, en fin, para sorpresa de muchos, se puede revelar por primera vez en la historia como un país verdaderamente caribeño y latinoamericano, con todo lo de positivo y negativo que tiene ese “descubrimiento”. Estará muy alejado de los extremismos que implican el anexionismo efectivo o mental a los Estados Unidos o la satelización a potencias muy alejadas geográficamente (como en el caso de la Unión Soviética).

Aunque la dependencia parcial de los subsidios o favores que la Unión Europea ofrece no represente la solución a largo plazo que Cuba necesita, la lógica de la inserción cubana en su entorno especial de los ACP (Asia, Caribe, Pacífico) es perfectamente rescatable. Se suaviza así la dependencia exhaustiva que llevó al enfrentamiento de los 50, y contribuye al equilibrio de la zona, respetando las peculiaridades culturales, raciales, demográficas y políticas.

Resulta significativo que esa inserción de Cuba para que se beneficie directamente del Acuerdo de Cotonou es, de momento, rechazada por el gobierno de Castro, que no está dispuesto a aceptar las condiciones: en el fondo son “demasiado fastidio para tan poca plata”. Al mismo tiempo, la oferta es vista con escepticismo por Washington, por ser una violación de la Doctrina Monroe: los europeos molestan en el patrio trasero.

La evidencia de que Cuba está a 90 millas de Cayo Hueso, y que tras la desaparición del sistema imperante estará todavía más cerca de Miami, debiera compaginarse con la realidad implacable de una Cuba agotada, sin infraestructura viable, pero anclada en su escenario natural. Y, lo que es más importante, contará con un pueblo al que hasta ahora no se le ha consultado para nada, pero que es extremadamente educado (aunque no del agrado de algunos), superviviente del arte del acomodo, deseoso de encontrar sus propias soluciones.

El agotamiento europeo tras la costosa ampliación (y la que se viene encima con la perspectiva de Turquía) y la incertidumbre de su propio proceso por la cuestionable Constitución, se replicará a la propia limitación de los Estados Unidos dependiendo de cómo vayan las circunstancias en las zonas calientes del planeta. Cuba deberá entonces encontrar sus soluciones para sus propios problemas. Curiosamente, deberá enfrentarse a amenazas internas hasta ahora enmudecidas: narcotráfico, corrupción, criminalidad (secuestros, pandillerismo juvenil), salud deteriorada, educación discriminatoria, emigración descontrolada, sangría de recursos humanos. Todo, en su entorno natural, en pleno resurgimiento de un populismo de nuevo cuño, en un mundo nostálgico de un sistema opresivo. A su sucesor se le exigirá mucho más y quizá no pueda cumplir con la demanda.
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