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Petros Márkaris: <i>La espada de Damocles</i> (Tusquets, 2012)

Petros Márkaris: La espada de Damocles (Tusquets, 2012)

    TÍTULO
La espada de Damocles

    AUTOR
Petros Márkaris

    EDITORIAL
Tusquets

    TRADUCCCION
Lorena Silos Ribas

    OTROS DATOS
ISBN: 978-84-8383-442-8. Barcelona, 2012. 144 páginas. 12 €



Petros Márkaris

Petros Márkaris


Reseñas de libros/No ficción
El miedo a los árboles, La espada de Damocles, de Petros Márkaris
Por Marta López Vilar, jueves, 7 de febrero de 2013
Ir a Grecia por primera vez supone no marcharse jamás. Y no hablo de las posibles consecuencias de la idealización de una cultura antigua, de un origen de nuestra base europea. Es más, quien vaya a Atenas esperando encontrarse con otra Roma sufrirá una terrible e incurable decepción. Grecia va siempre más allá. Es una manera de ver el mundo que todo hombre debería conocer alguna vez en su vida. Todo hombre debería conocer ese viaje del que no regresará jamás.

Son muchas las veces que he visitado ese país, incluso tuve la suerte de haber podido vivir allí durante un tiempo. Es un país extremo y, como tal, puede provocar reacciones extremas. Atenas es, pues, una ciudad límite: el caos del tráfico de una ciudad que nunca duerme, frente a la calma infinita de una noche en el Areópagos contemplando la ciudad, abolido el tiempo en un instante. Sus veranos de terrible calor, frente a la nieve de su invierno.

 

Este verano fue la última vez que visité Grecia. Siempre que llego allí, la maleta va cargada de versos que dan orden a ese destino. Bienamadas imágenes de Atenas –verso de Jaime Gil de Biedma-, rezaba esta vez mi presencia en el aeropuerto Elefcerios Veniselos, después de un viaje de algo más de tres horas. Era muy consciente de que iba a llegar a un país herido de crisis, de desasosiego, de oscuridad tan antinatural para un lugar donde la luz, el Jónico y el Egeo siempre fueron capaces de velar una historia trágica, de sobrevivirla. Y es que la historia de Grecia es trágica, a pesar de la eterna alegría de la gente que allí habita. Llegué a Atenas expectante, con los sentidos puestos en ver las huellas de esa crisis devastadora que hace agonizar al país del azul exaltado y el blanco cegador.

 

Las primeras impresiones confirmaban lo que los periódicos españoles escribían: negocios cerrados, en alquiler, el extraño abandono de una presencia que poco mira hacia aquello que deja. Era una visión cruel. La entrada por la periferia de Atenas mostraba una ciudad desalojada.

 

La llegada a la plaza de Síndagma –núcleo de las protestas sociales- fue extraña. Era la misma luz reflejada en los muros del Parlamento, el mismo calor asfixiante y, sin embargo, necesario, acosando a los hieráticos évsones. El recorrido era el mismo de otras veces, el mismo olor a especias, pero había un silencio ensordecedor, a pesar del tráfico de siempre. Por aquel entonces yo ya había leído algún artículo que el escritor griego Petros Márkaris había escrito y que el diario El País había publicado. Nada de lo que escribía me sorprendía. Grecia parecía haberse devorado a sí misma, como Cronos a sus hijos. Por entonces, ya estaba al tanto de que Tusquets –editorial que se ha encargado de publicar las novelas de Márkaris- sacaría a la venta en breve un libro que recogía todos sus artículos. Lo esperaba con ganas. Era un libro necesario. Mucho más ahora. Y no porque ahora parezca que Grecia ha caído en la obscena moda de considerarla el hermano pobre que sólo trae problemas a los esforzados dirigentes europeos y llene las portadas de los periódicos. Es necesario ahora porque Grecia, como no podía ser de otro modo y dicho de manera superficial, es una metáfora de lo que nos pasa. Creo que Grecia no sabe existir de otra manera si no es de manera metafórica. Y eso nos muestra la lucidez aplastante de Márkaris. Y es que el libro sobre el que vengo a hablar en estas líneas es un viaje al origen de esta crisis, palabra tan griega que significa “decisión” y, a su vez, derivada de χρίνειν , que significa “separar”, “decidir”, “juzgar”. No habría mejor definición para lo que ocurre allí –y nos ocurre a nosotros, españoles a los que nuestros políticos nos recuerdan que no somos Grecia, pero tarde o temprano nos deberíamos dar cuenta de la mentira. Por nuestro bien-.  Y es que estamos separados del bienestar soñado, deciden sobre nosotros y, además, nos juzgan, como juzgan a los griegos como catástrofe económica. Juzgan a quien no es culpable y alimentan al verdugo. La crisis, explica Márkaris en este magnífico libro, debe hallarse en unos orígenes lejanos a este período cronológico tan oscuro. Escribe: “Ni Grecia ni la población griega son el problema. La crisis financiera es más bien la consecuencia de una falsa política a muchos niveles…que hace décadas que dura”. Así es. Grecia pareció olvidar la verdadera función de la política –todos nosotros también, no lo olvidemos-. Su historia obstaculizó enormemente ese avance justo de la clase política. La clase política enfermó antes de nacer, también la clase económica.

 

Azotado por períodos históricos devastadores –guerra civil, ocupación nazi, dictadura de los Coroneles-, cuando comenzó a gozar de los mismos beneficios que sus hermanos europeos no supo administrar todas aquellas ayudas que habría facilitado convertirse en un país próspero. El problema llegó cuando Europa quiso ver todo aquello y condenó a los griegos a expiar su desfase económico. Se asoció a Grecia con la corrupción, con el nepotismo y con una sociedad nada transparente. Y es injusto mostrar algo así. Y así muy bien lo expone Márkaris:

 

“No es cierto que diez millones de griegos sean corruptos, como afirman muchos extranjeros, sobre todo alemanes. Lo cierto es que los dos partidos gubernamentales –el Pasok (centro-izquierda) y Nueva Democracia (centro-derecha)- han ido construyendo en los últimos años un gigantesco entramado basado en el clientelismo político. Este sistema no sólo ha arruinado al Estado, sino también a aquellos miembros de la sociedad que durante estos años han impulsado los avances económicos y sociales,  y que son quienes más han sufrido bajo este sistema”.

 

Con todo esto, quiero decir lo inevitable, lo que todos sabemos. Una mala gestión –una corrupta gestión de los principales partidos políticos- llevó a la condena a los millones de griegos que –algunos- se contagiaron de ese fácil bienestar soñado. Sus vidas no conocían el sospechoso beneficio de una sociedad globalizada y fueron narcotizados con un falso desarrollo que sólo era cierto en su cultura. Márkaris habla de una profunda formación y de un alto nivel cultural en algunas de las generaciones que ya empezaron a vivir el martirio de una historia convulsa. Recuerda a los grandes escritores que hicieron de Grecia el lugar del origen durante el siglo XX y apela a esa misma escritura para soportar unos tiempos que son ya irrespirables. Escribe bellamente: “De eso se trata. De sobrevivir. Se trata de durar más que el diluvio o, en su caso, que la crisis. La literatura y la poesía pueden aliviar la supervivencia o, al menos, hacerla más tolerable”. No es un discurso utópico el del escritor de Estambul. La literatura tiene el bello poder restaurador del alma que ha sido sustituida durante mucho tiempo por la profunda herida. Y apela a esta cultura porque nota cierto silencio por parte de la intelectualidad griega al respecto. Continúa escribiendo: “Tampoco los escritores se ocupan de la crisis. Tanto los ciudadanos como los literatos parecen haber decidido ignorar la crisis y protegerse así de ella. Con lo que, al final, no se trata de los árboles, sino de un profundo cambio cultural”. Parafraseando a Theodor W. Adorno, parece que durante la crisis o después de ella no se pueda hablar de los árboles. Y parece algo grabado a fuego en el ánimo de la cultura griega contemporánea. Recuerdo ahora unos versos de uno de los más grandes poetas que ha dado Grecia, el premio Nobel Yorgos Seferis, “Cuando empecé a crecer me atormentaban los árboles”. Así aparece ahora la sociedad griega: atormentada por los árboles. Grecia construyó siempre la belleza desde la delicadeza de las cosas pequeñas. Su alma humilde –Márkaris la adjetiva como “pobre”- fue un exponente del más alto valor artístico. Era capaz de hacer poesía de todo aquello. Un árbol crece desde su lenta y humilde fragilidad. Piensa Márkaris –y algunos añado yo- en Yannis Tsarujis, Anguelópulos, Yannis Cunelis, Ritsos, Carolos Cun, Alecos Fasianós…¿Quién no se ha emocionado, por ejemplo, con tantas secuencias de “Paisaje en la niebla” de Anguelópulos, mientras suena la delicada cadencia de Eleni Caraindru? ¿Quién no ha visto regresar algo de sí mismo al oír a Manos Jatsidakis o Nicos Xidakis? Pero la tragedia griega –la otra tragedia griega- llegó cuando el país empezó a crecer en sus falsas ilusiones, y comenzó a -lo que los cerebros económicos llaman- “vivir por encima de sus posibilidades”. Márkaris así lo afirma, aunque a mí no me guste demasiado esa expresión. Yo creo que más que vivir por encima de sus posibilidades –la vida debe vivirse siempre más allá de todo lo posible- Grecia no supo administrar todos los beneficios económicos de, por ejemplo, entrar en la UE por un organigrama político que se retroalimentaba con nepotismo y avaricia. Escribe Márkaris: “Creo que no es necesario entrar en las devastadoras consecuencias económicas que produjeron estas falsas ilusiones. Hace años que todo el mundo las conoce. El país no sólo vivía por encima de sus posibilidades, sino que dio la espalda por completo a su pasado”.

 

Es ahora cuando llego a una conclusión. Grecia, además de ser víctima de un sistema político corrupto –como nosotros, no lo olvidemos-, fue víctima de su propio pasado. Olvidó su origen humilde, pero incluso fue víctima de algo peor, fue víctima de la idea griega de su período más esplendoroso. Toda Europa miró a Grecia como el país de Eurípides, de Sófocles, de Platón…y esa idea tan fundamentada durante el romanticismo fue su condena. Mucha gente sabe que François Mitterrand apoyó enérgicamente la entrada de Grecia en la UE por esa idea romántica del pasado griego. Y luego llegó la decepción de ver que Grecia no era aquello. Yo lo miro desde otra perspectiva: Grecia no era sólo aquello. Pero esta perspectiva fue negada por gran parte de Europa, se negaban a verla. Pocos quisieron ver que Grecia era la puerta a los Balcanes y Oriente –y que eso se plasma en su lengua, su música, sus hábitos, su cocina-. Parece que las películas bellísimas de Anguelópulos no fueron suficientes para explicarlo.

 

Comencé mis palabras hablando de la metáfora que es Grecia, pero no dije de qué era metáfora de manera profunda. Después de todo lo que llevo escrito ya puedo desvelarlo sin sospecha. Grecia es metáfora de Europa, de la falsa idea que intentó construirse después de la Segunda Guerra Mundial. Y esa falsa idea –máscara y engaño- ha llevado a Europa a ser víctima, de nuevo, de sus sueños. Todo parece repetirse. Márkaris hace referencia a la imparable ascensión del partido nazi Amanecer Dorado. Son consecuencias de un país sin salidas, con las constantes vitales en un coma inducido desolador. Tampoco olvidemos que Grecia no es el único país que acoge en los asientos de su parlamento a un partido ultraderechista. Recordemos el Frente Nacional francés, el Partido para la Libertad en Holanda y Austria, el Partido Nacional Británico…y así un largo etcétera. Respecto a este estado de coma inducido y desesperanza, recuerdo una conversación que mantuve este verano con mi amigo el músico griego Vasilis Ketentsoglu. Caminando por los bellos rincones de Cisío, fuimos a tomar un café. Las vistas eran sobrecogedoras: un hermoso atardecer y la Acrópolis al fondo, algo se vislumbraba también de la antigua Ágora. A veces, se oía el ruido de algún metro que iba hacia el Pireo. La terraza mantenía aún la belleza de antes. A los pocos instantes, un joven se acercó a nosotros para pedirnos de comer. La belleza griega tenía hambre. Instantes después, pregunté a Vasilis cómo se sentía la sociedad griega. Él respondió con un simple y claro adjetivo: “deprimida”. Esta imagen tan bipolar es otra consecuencia más de este período. También es metáfora de una política de la que Márkaris se hace eco en este libro. Nada es lo que parecía ser: ni Grecia ni Europa. Ahora llegaron los problemas a un continente en el que al fin y al cabo cada uno de los estados miembros miran tan sólo por sus propios intereses, sobre todo los más poderosos –los beneficios de Alemania con la asfixia del sur de Europa son innegables-. Ahora llegan los juicios crueles, ahora es cuando interesa demostrar que nadie es Grecia –cuando antes todo era Grecia-, país donde todo es violencia e inseguridad ciudadana, donde ya no quedan árboles que no atormenten. Yo, sin embargo, animo a que se conozca el país antes de dejarse llevar por crónicas periodísticas aberrantes que sólo buscan demostrar lo bien que estamos en tiempos de crisis y lo mal que están otros. Esa es la falta de madurez y de realidad europea –sobre todo, española-.

 

Grecia, a pesar de todo, aún mantiene la ternura, el dejar vivir en la felicidad aunque ella misma no lo sea. Mientras tanto, cada día atardece en el templo de Sunion, Delfos espera a su Pitia, en la calle Acinás abre cada mañana su mercado, el barrio de Psirí aguarda el paso del tiempo y su supervivencia –al igual que mi librería favorita: “Politía”-, la casa en la que viví hace tiempo, en la calle Porinu, sigue cerrada. Sin embargo algo no deja de sonreírnos, algo no deja de pedirnos que lo miremos y lo aceptemos y lo queramos, que no nos marchemos nunca, a pesar de todo. Yo creo que Grecia pide y espera nuevos árboles que no la atormenten. Ya lo dije.

 

Lean este libro de Márkaris. Comprenderán Grecia y se comprenderán a ustedes, comprenderán todo aquello que nos pasa. Y no es poco.

 

NOTA BENE: Para la transcripción de los términos y nombres propios del griego moderno he empleado la normativa propuesta por Pedro Bádenas de la Peña. Sin embargo, he respetado la grafía de Márkaris por ser la aparecida en la edición del libro.
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