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Luis Antón del Olmet: <i>Historias de asesinos, tahúres, daifas, borrachos, neuróticas y poetas</i> (Ginger Ape Books&Films, 2012)

Luis Antón del Olmet: Historias de asesinos, tahúres, daifas, borrachos, neuróticas y poetas (Ginger Ape Books&Films, 2012)

    AUTOR
Luis Antón del Olmet (Bilbao, 1866-Madrid, 1923)

    BREVE CURRICULUM
Periodista y escritor fecundo. Director de El Debate (1910), El Parlamentario (1914) y la Revista Política, Parlamentaria y Finaciera (1921) y colaborador de los principales medios nacionales. Fundó el movimiento agrarista y anticaciquil Acción Gallega (1910), fue diputado a Cortes por el Partido Conservador (1914-1916) e intentó la representación por el distrito de Verín con las izquierdas (1918). Gran prosista castizo, gozó de extraordinaria originalidad y fuerza expresiva

    TÍTULO
Historias de asesinos, tahúres, daifas, borrachos, neuróticas y poetas

    TÍTULO ORIGINAL
Espejo de los humildes. Historias de asesinos, tahúres, daifas, borrachos, neuróticas y poetas, zurcidas para estímulo de probos y castigo de bellacos

    EDITORIAL
Ginger Ape Books&Films

    EDICIÓN Y PRÓLOGO
Rubén López Conde

    OTROS DATOS
Sevilla, 2012. 244 páginas. 13,50 €



Luis Antón del Olmet

Luis Antón del Olmet


Creación/Creación
Luis Antón del Olmet: Historias de asesinos, tahúres, daifas, borrachos, neuróticas y poetas
Por Luis Antón del Olmet, miércoles, 7 de noviembre de 2012
El 2 de marzo de 1923, el representante de la bohemia española Alfonso Vidal y Planas ponía fin a la vida del periodista y prolífico escritor Luis Antón del Olmet. El despecho literario y amatorio y las rencillas profesionales corrían detrás de un crimen que acababa con la estrecha relación de ambos escritores. Quiso paradójicamente este asesinato que la exitosa carrera de Antón del Olmet viera olvidarse. Desde entonces, pocos han sido los que se han acercado al examen de su figura, y menos, los que han apostado por la reedición de sus obras. Sin embargo, nada parece más injusto. Y así lo viene a dictar el volumen aquí presentado, Historias de asesinos, tahúres, daifas, borrachos, neuróticas y poetas, soberbia compilación de relatos breves aparecida en 1913, en la que un modernísimo Olmet grita al mundo todo su desparpajo y genio literarios. Un Olmet de pluma ágil y verbo feraz, capaz de escuchar y prestar voz a los humildes, a la canalla, de cautivar al lector con la profunda humanidad y el desprejuicio de sus relatos, de arrebatarlo con sus pasiones. Un Olmet capaz incluso de prefigurar, en desternillante clave española, el inolvidable Mundo Feliz de Huxley.

“El aeroplano volaba con una velocidad inverosímil. Su conductor, una especie de buzo silencioso, entusiasmado sin duda en la febril tarea, nos llevaba con presteza de rayo fugitivo. No se veía nada. Las ciudades, los campos, los mares, las montañas, eran confuso torbellino que pasaba como una alucinación.

—¿Quiere usted que vayamos a Oceanía? Es cuestión de media hora.

Yo, que siempre fui un poco galante, apasionado y amigo de la mujer bonita y graciosa, preferí...

—Mejor iríamos a Sevilla. Tengo apetito. Comería con gusto unos boquerones y bebería una caña de amontillado. Además, sería muy oportuno buscar unas mujercitas de buen humor y hacerles bailar algo de la tierra. Considere usted que no he comido, bebido ni amado desde hace cuatro siglos.

El 1.111.111 pareció sorprenderse mucho.

—Habla usted un idioma desconocido para mí. ¡Sevilla! Tengo una idea de que la historia habla de una población que tenía ese nombre. ¡Boquerones! ¡Amontillado! ¿Qué significan esos nombres absurdos?

—Significan, mi distinguido señor 1.111.111, que tengo hambre, un hambre descomunal. Repare usted que mis pobres intestinos llevan cuatrocientos años de abstinencia. Vayamos a un café, y si no es posible, a una taberna. Tengo ahora demasiado apetito para que me preocupen la historia y la filosofía.

Pero el criminal no se ablandó:

—Habla usted como un caníbal repugnante. ¡Comer! Eso ha pasado, eso ya no se hace. Eso es vergonzoso, y de un materialismo bestial. Créame usted, una de las más viles afrentas humanas ha sido la de comer carne y pescado. ¡Asesinar todos los días a miles de pobres animales, despedazarlos, hacerles verter sangre, devorarlos con una glotonería soez…! ¡Qué horror!

Lo vi hacer un mohín relamido, hipócrita, de una espiritualidad zonza, disminuida, y continuó:

—El hombre moderno ha suprimido la crueldad. Antiguamente la vida era como una gran batalla. En los mataderos, la escena cotidiana y repugnante de la inmolación. En las calles, según tengo entendido, se deleitaban ustedes mirando las terneras descuartizadas, los cerdos rajados por el vientre, los pescados, las agónicas langostas, que a veces extendían sus largas patas moribundas implorando piedad, mil clases de horribles embutidos, carne picada, triturada, para regodeo de unos paladares asquerosos. Ustedes, los hombres que comían, eran una especie de antropófagos absolutamente repulsivos.

A mí, la verdad, esta enumeración de platos, aun hecha con tanta iracundia, sólo alcanzó a producirme un apetito cada vez más truculento. Sería bestial, pero yo he prescindido siempre de toda consideración metafísica ante un solomillo bien cocinado.

—Y menos mal —siguió diciendo el inapetente— que cuando se morían le daban ustedes un lógico desquite a la naturaleza entregándose al gusano como vianda macabra y atroz. Eran ustedes unos atrasados, créame usted.

—Entonces, ¿qué hacen ustedes para estar alimentados y para no ser comidos?

El 1.111.111 sacó de la faltriquera una pildorita.

—¿Ve usted?, contiene más substancia que todo un festín báquico. Es quintaesencia, elemento químico, síntesis de nutrición. Va directamente a la sangre, suprime la digestión, esa cosa tan sucia y tan desagradable, y sostiene la vida sin empachos, sin cólicos, sin hedores. ¿Quiere usted tomar una?

—Preferiría unos callitos bien sazonados; pero como estoy desfallecido, venga.

Me tragué la pildorita, y aunque no pude, como hubiera deseado, emplear mis dientes, súpome a gloria.

Instantes después, restablecido, confortado, arreboladas las mejillas y el pulso fuerte, sentíme ahíto cual si hubiera ingerido un buey.

—Aun así —dije como si hablara conmigo mismo—, ¡aquellos filetes empanados que preparaba mi zafia Dorotea...!

—Esto se hace una vez al día. Los anémicos, los que necesitan sobrealimentación, se dan antes de acostarse una inyección de suero vital. Créame usted, no hay alimento que iguale a estos maravillosos productos.

—¡Vaya! —gruñí—. ¡Usted no ha probado el pote gallego! ¡Si lo probara no volvía usted a tomar esas pildoritas! Nutren, eso sí, ¡pero de una manera tan fría, tan breve, tan poco sibarítica! ¡Ustedes son unos hombres demasiado intelectuales! Han abolido ustedes lo mejor de la vida: el hostal. En fin —acabé permitiéndome una tímida frase irónica—, después de todo, ¿para qué necesitan comer unos hombres faltos de muelas?

—Las muelas, como el pelo, son de nosotros a ustedes como fue el rabo de ustedes al gorila. Los dientes, esos huesos en la periferia corporal, eran atributos de animal inferior. Lo mismo el pelo y las uñas. Nuestros organismos refinados han ido despojándose de tales huellas burdas y bárbaras. También hemos suprimido el bazo, un pulmón, un riñón. Del intestino apenas queda ya un tubo delgadísimo por donde expelemos la escoria infinitamente pequeña de las píldoras infinitamente asimilables. Ahora, un famoso médico tiende a llevar uno de los ojos, superfluo en la cara, al occipucio. Reconozca usted que ver por detrás es una aspiración legítima. Otro médico ha decidido ponernos un brazo y una pierna vueltos hacia la espalda. Es absurdo que no podamos alargar nuestras manos sino en un solo sentido, y que no podamos caminar hacia atrás tan aceleradamente como lo hacemos hacia adelante. También las orejas están situadas con poco sentido común. ¿Estorbaríanos una en mitad del cuerpo? Es ridículo que sólo nos sea fácil oír con la cabeza. Y así, mi buen amigo, sucesivamente. La cirugía prospera, adelanta de instante en instante, ya corrigiendo los absurdos que nos ha impuesto durante siglos una naturaleza perezosa, lenta para la evolución, que va muy despacio por el camino secular de los refinamientos.

Yo iba perdiendo la cabeza al oír aquellas cosas tan exquisitas, de un espiritualismo tan exagerado. ¿Qué dirían los hombres de mi tiempo, imaginé, si vieran niños con ojos en el cogote? ¿Y qué dirían al ver estas mujeres calvas y sin dientes?

—En mis tiempos —exclamé dirigiéndome al 1.111.111—, hubo algunas bachilleras que adivinaron las costumbres del porvenir. Estaban mondas, pero la coquetería hízoles inventar pelucas y dentaduras postizas.

Después, una pregunta que me venía escarabajeando, brotó en mis labios tímidos:

—Oiga usted, respetable señor, ¿de qué manera consiguieron ustedes sustraerse al gusano? Es un adelanto que me preocupa.

—Sencillísimo. Por la cremación. Esto ya es antiguo. Hasta me parece que hace cuatro siglos hubo profetas que lo expusieron a la estolidez y a la superstición ambiente. La cremación. ¿Hay algo más decoroso? Del cuerpo humano, tan vil dejándolo pudrirse, no quedan más que unas cenizas. De los hombres ilustres guardamos la calavera. Unas y otras, en sus correspondientes globos de cristal, son guardadas en el gran almacén mortuorio.

—Almacén —interrumpí yo piadosamente—, al que irán las familias para hacer sus rezos.

—¡Rezos! ¡Familia! Ambas cosas desaparecieron para no volver. Sólo han rezado los hombres religiosos, es decir, los salvajes, aquellos para quienes era un enigma la naturaleza, enigma sólo explicado por la existencia de un Dios invisible, omnipotente y vengativo. Nosotros, para quienes el planeta guarda ya muy pocos secretos, ni creemos ni rezamos. Ahora la familia…

Se interrumpió un instante el 1.111.111, y señaló con un dedo a la tierra:

—¿Ve usted? Oceanía. ¿Quiere usted que descendamos? ¿Prefiere usted el camino de América? Es cuestión de quince minutos.

—No, mejor será volar todavía un rato. Me interesa oírle.

—Bien…

Avanzó su cabeza hacia el mecánico, y le dijo:

—Dése una vuelta por los Andes, vuelva por el Himalaya, y otra vez a la Península Ibérica. Luego, afable, impasible, como si hubiera dado la orden más natural del mundo, volvió a su tema:

—Decíamos que la familia…

Perdió sus ojos en el espacio, y afirmó:

—El sentimiento, la pasión, ya no existen en el mundo. Nuestros nervios, acuciados por la ciencia, ya no producen aquellas necesidades vanas que se decían amor, fidelidad… Entre nosotros el cariño es una fórmula social, un pacto, una disciplina, un egoísmo si así lo quiere usted. Nos amamos porque necesitamos los unos de los otros. En definitiva, sólo que poniendo los ojos en blanco y escribiendo leyes y madrigales, hacían ustedes igual. Nosotros, como desconocemos el amor, nos hemos ahorrado la familia.

—Entonces entre ustedes no existe la boda, ni la paternidad, ni todo eso tan bonito…

—La boda, no. La paternidad, a medias. Un ciudadano del siglo actual sabe que cuando los hombres eran bárbaros cortejaban a las mujeres, las perseguían, pillaban catarros bajo sus balcones, se casaban con ellas. Eso pertenece a un pasado pintoresco y lírico, realmente despreciable y ruin. Ahora, un hombre consciente sabe qué es una mujer, en qué consiste una mujer, la analiza, la ve en todas sus entrañas, en todas sus células. No puede amarla. Se limita a comprenderla. ¿Sería posible que el anatómico, imbuido en sus experimentos, le cantara endechas al músculo animal que tiene ante su catalejo? Y luego, el afán de reproducirse está muy entibiado entre nosotros. No es un sentimiento romántico o una propulsión instintiva como era entre ustedes. Ahora es una curiosidad, un deliquio, un pasatiempo, acaso una función que consideramos grosera, pero necesaria, para que no se acabe la especie. Créame, más bien causa dolor que placer. Hemos llegado al extremo de ser preciso halagar con premios importantes a los que pierden su tiempo, el áureo tiempo que reclama el estudio, procreando estúpidamente.

—Algo así fue necesario hacer en Francia cuando yo vivía.

—Sí; pero los franceses huían de la paternidad por vicio. Nosotros huimos por talento.

—Entonces, ¿cómo hacen ustedes el amor?

—Lícitamente. Nos acercamos a una mujer y le decimos: «Señorita, ¿se prestaría usted a tener conmigo un hijo varón, rubio, de ojos azules que llegue a ser, andando el tiempo, un gran matemático?».

—¿Y es posible anticipar esos detalles?

—Por completo. Admirables aparatos quirúrgicos, modernos rayos X de una potencia insospechada, sabias recetas, una verdadera esclavitud ejercida sobre el espermatozoide, lo previene todo, lo dispone todo. Precisamente ayer, por capricho, engendré un médico ilustre, un ingeniero eminente y un gran historiador.

—Le felicito a usted, caramba. Yo me hubiera limitado a engendrar uno sólo, y para eso, ignorando si me saldría torero o sacristán. Entre las damas de mi tiempo, y a pesar de su calva y de sus lamentables encías, lo hubieran estimado a usted mucho.

Pero el aeroplano se había detenido ante un edificio enorme.

—¿Madrid ya?

—¿Qué Madrid? Ustedes tan chicos, tan lentos, dividían la tierra en ciudades. Nosotros la dividimos en comarcas enormes. Mi casa está en la Península Ibérica, número 60.002.

—¿Y hemos llegado?

—Sí. Venga usted.

Entramos por el balcón y llegamos a un extraño aposento.

—Ahora —me dijo—, le referiré la historia del mundo. ¡Ah!, durante su catalepsia, mi buen camarada, han ocurrido muchas cosas.

Se acomodó sobre una silla de cristal, fabricó agua en un crisol eléctrico, bebió un trago, y empezó a decirme…”



Nota de la Redacción: agradecemos a la editorial Ginger Ape Books&Films su generosidad por permitir la publicación en Ojos de Papel de este fragmento del relato “La verdad en la ilusión”, incluido en la antología Historias de asesinos, tahúres, daifas, borrachos, neuróticas y poetas, de Luis Antón del Olmet.

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