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Opinión/Editorial
Madrid culpable (II)
Por ojosdepapel, lunes, 3 de septiembre de 2007
En el anterior editorial, Madrid culpable (I), se destacó un episodio que hay que sumar a una vieja tradición, que atañe a la estructura histórica del Estado español contemporáneo. Madrid culpable es la anacrónica fórmula que utilizan los nacionalistas y regionalistas para evadir su responsabilidad y encubrir su insaciable sed de poder, tanto para beneficio de sus clientelas como en la consolidación del neocaciquismo.
La realidad histórica es verdaderamente reveladora al permitir constatar el éxito propagandístico de este diagnóstico de los males de la periferia española. El acierto perdura desde la creación del Estado centralista de corte jacobino por los liberales en el siglo XIX hasta nuestros días, algo difícil de creer ahora que, más que nunca, salvo el disparate de la I República, jamás ha habido tanta descentralización de las competencias administrativas y del gasto. Lo prueba el hecho de que el Estado central tiene menos capacidad de gasto público que todas las autonomías sumadas, y eso que en su capítulo de desembolso han de incluirse las partidas de Defensa y representación exterior, así como otras de carácter general. Con tal grado de autonomía, es poderosamente llamativo el éxito del Madrid culpable.

Como ya se ha dicho, la fórmula nació para combatir al Estado centralista del siglo XIX, que constituyó un pilar fundamental para organizar la derrota del reaccionario absolutismo carlista que, no se olvide, anidaba en las regiones vasca, navarra y catalana fundamentalmente. Luego alcanzaría un éxito absoluto, aquí con razón porque sí atinaba en la valoración de las cuestiones culturales e idiomáticas, aunque no económicas, ante el peor y más férreo centralismo del Estado nacional-católico franquista.

Pero la cuestión central es que a día de hoy los grupos dirigentes regionales de uno y otro signo, desde la derecha más reaccionaria y el republicanismo xenófobo (PNV, CiU, BNG, Chunta, ERC, etcétera) hasta la izquierda paleoprogresista, todavía insistan en emplear dicha fórmula. No hay duda de que es así porque la consigna funciona, dado que una parte de la sociedad está dispuesta a aceptar esa desplazamiento de culpas a una entidad exterior o ajena a la comunidad sentida como propia. Esto prueba que la descentralización del modelo de Estado siguiendo los criterios de los nacionalistas ha desembocado en una creciente alienación de las comunidades, una parte de cuya población cada vez siente menos el formar parte de algo común y superior en cuanto a principios democráticos y slidarios, siempre superiores en términos morales a cualquier seña diferencial identitaria.

Esto tiene lugar a escala de los sentimientos y de la sicología colectiva, si es que no es abusivo hablar en semejantes términos. En este sentido, conviene aclarar una vez más que la cuestión del sentimiento de pertenencia es algo que afecta al ámbito privado de las personas (otra cosa son los valores democráticos) y en nada a la esfera pública, por mucho que los nacionalistas, que quieren construir naciones, no lo acepten y se empeñen en programas educativos y propagandísticos destinados a crear patriotas de plastilina. Aquí lo capital, una vez realizada el necesario despliegue descentralizador, es el mantenimiento y la plena operatividad del Estado central, el instrumento primordial tanto para la redistribución de la riqueza entre los ciudadanos españoles como por erigirse en único garante de la plena igualdad de los derechos de la ciudadanía, sin que haya discriminaciones por razones étnicas, culturales o censales, es decir para combatir, cualquiera que sea, la causa particular que las élites regionales empleen para obtener ventajas para sus zonas de influencia en detrimento de las demás.

Es aquí donde tiene toda su relvancia la actualidad el eslogan Madrid culpable. Ya no existe centralismo pero queda Estado central. En la medida que éste sea débil o poco operativo, merced a la campaña emprendida para su socavamiento, las élites locales, provinciales y regionales, en especial las que aspiran a la soberanía absoluta, pero no sólo, consolidarán su dominio (como lo prueba la escasa alternancia en las elecciones autonómicas). Se trata de un control que aspira a ser lo más completo posible, de tal manera que les garantice la impunidad en la influencia político-administrativa y el abastecimiento de su red clientelar, un proceso que por su naturaleza incluye abusos y delitos. Es fundamental para ello que el Estado central ceda competencias tan decisivas como la de Justicia, algo que viene siendo alentado por la reforma estatutaria en curso impulsada por el gobierno Zapatero y sus aliados segregacionistas.

La clave, tanto a esos efectos de las ambiciones dirigistas y de impunidad como respecto al insaciable deseo de poder a través de la ampliación ilimitada de competencias e incremento del poder de gasto, reside en la anulación en la práctica del Estado central. Todo aquello que lo debilite es empleado con fruición y a fondo, no importa si luego las competencias cedidas son mal administradas o la fragmentación de los recursos resulte completamente ineficaz para situaciones de grave perjuicio general o parcial del patrimonio común (desde catástrofes hasta agresiones exteriores). De este modo, el empleo de la consigna Madrid culpable, además de su supuesta solera antifranquista, histórica, permite eludir la responsabilidad al crear un figura distintiva, un chivo expiatorio, tan fácilmente identificable como genérico (puede referirse a España, a Castilla, al Estado, a la propia capital, a su clase política, a la ciudad, al régimen político...), para poder desplazar la culpa y canalizar los estados de malestar sobre un antagonista que, como característica principal, tal es su grado de indefinición, no se puede defender porque en realidad no existe como tal agresor ni adversario, al carecer de cualquier contenido de intereses determinado (ya no hay centralismo, sino cuestiones que afectan a la comunidad de ciudadanos).
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