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Justo Serna: <i>La imaginación histórica. Ensayo sobre novelistas españoles contemporáneos</i> (Fundación José Manuel Lara, 2012)

Justo Serna: La imaginación histórica. Ensayo sobre novelistas españoles contemporáneos (Fundación José Manuel Lara, 2012)

    TÍTULO
La imaginación histórica. Ensayo sobre novelistas españoles contemporáneos

    AUTOR
Justo Serna

    EDITORIAL
Fundación José Manuel Lara y Obra Social de IberCaja

    PREMIOS
Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos

    OTROS DATOS
ISBN: 978-84-96824-90-4 Sevilla, 2012. 272 páginas. 20 €



Alejandro Lillo es historiador. Sus intereses e inquietudes actuales giran en torno a la historia cultural y a las formas de escribir la historia

Alejandro Lillo es historiador. Sus intereses e inquietudes actuales giran en torno a la historia cultural y a las formas de escribir la historia


Reseñas de libros/No ficción
Justo Serna: La imaginación histórica. Ensayo sobre novelistas españoles contemporáneos (Fundación José Manuel Lara, 2012)
Por Alejandro Lillo, lunes, 10 de diciembre de 2012
La imaginación histórica es un ensayo de historia cultural que interesará tanto a los aficionados a la literatura como a los amantes de la historia. A través del estudio de la obra de Eduardo Mendoza, Luis Landero, Arturo Pérez-Reverte, Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas, Justo Serna analiza los mecanismos de la ficción y los efectos que estas invenciones producen en el lector. Escrito con una prosa elegante y cuidada, La imaginación histórica es un libro riguroso y ameno que enriquecerá la imagen que tenemos de estos autores, haciéndonos comprender mejor las diferencias y afinidades que pueden encontrarse entre la novela y la historia.

Si la literatura occidental empieza con el enfrentamiento entre Agamenón y Aquiles por una doncella llamada Criseida, la novela realista se inaugura con las andanzas de un cornudo. Si la Ilíada canta las gestas de héroes legendarios para evitar que sus hazañas caigan en el olvido, el Lazarillo de Tormes, uno de los puntos de arranque de la narrativa moderna, relata las desventuras de un desdichado, de un embaucador. Aquiles es prácticamente invulnerable; Lázaro, en cambio, ha recibido más palos y capirotazos de los que puede recordar. Héctor está dispuesto a dejarse la vida por perpetuar su gloria y defender la ciudad de Troya contra viento y marea, pero el pregonero de Toledo es un tipo que las ha pasado canutas, que ha tenido que engañar, robar y malvivir para continuar con vida, para subsistir. Bastante tiene con llevarse un mendrugo de pan a la boca y pasar las noches bajo techo, aunque sea en un establo. Y si para conseguirlo debe fastidiar a un tercero, descienda sobre el infortunado la piedad del Señor y toda Su misericordia, pero Lázaro de ahí no se mueve.

 

Es precisamente del Lazarillo, novela epistolar narrada en primera persona por un individuo del que no podemos fiarnos, donde Justo Serna --catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia— ubica uno de los puntos de partida de La imaginación histórica. Galardonado con el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos 2012, el ensayo está dividido en dos secciones: la primera de ellas consiste en una reflexión sobre los vínculos que existen entre el oficio de historiador y el de novelista, mientras que la segunda, que ocupa dos terceras partes del volumen, se centra en el análisis de la producción literaria de algunos de los más importantes escritores españoles contemporáneos; y aunque el número de novelas consideradas supera el medio centenar, Justo Serna profundiza en aquellas ficciones que se ocupan de nuestro pasado más inmediato y doloroso, de ese pasado que no logramos dejar atrás:

 

Las obras recientes de Mendoza, de Landero, de Pérez-Reverte, de Muñoz Molina o de Cercas, esas que vamos a examinar, tratan del belicismo español, de la violencia contemporánea. Y tratan de la fuerza bruta masculina. Tratan del conflicto que no acaba en esta o en aquella guerra, en este o en aquel roce. Y tratan de la larga posguerra y de las miserias que llegan hasta ahora mismo.

 

Como el pregonero de Toledo, los protagonistas de muchas de estas novelas, son testigos parciales e interesados de la historia que nos cuentan. Se trata de individuos que relatan lo que ven o lo que quieren ver, lo que recuerdan o lo que quieren recordar. Sujetos aprovechados o despistados, desorientados, errados o angustiados, que nos transmiten sus propias impresiones, su particular versión de los hechos y del pasado. Personajes, pues, de los que uno no puede fiarse, o al menos de los que no puede fiarse del todo. Es lo que sucede, por ejemplo, con el narrador y protagonista de El dueño del secreto (1994), obra de Antonio Muñoz Molina. Se trata de un tipo que confunde la realidad, un ser “apocado, apesadumbrado, adaptado, un pobre hombre que recuerda cosas que realmente no vivió porque no las vio tal como eran; un émulo del Lazarillo”.

 

Soldados de Salamina, Anatomía de un instante, Retrato de un hombre inmaduro, Un día de cólera, El asombroso viaje de Pomponio Flato, Riña de gatos. Madrid, 1936, El viento de la Luna o La noche de los tiempos, son sólo algunas de las obras que Justo Serna disecciona en La imaginación histórica. Pero no lo hace a la manera que nos tiene acostumbrados la crítica literaria: el autor se aproxima a estas producciones desde su especialidad académica, la historia cultural. ¿Qué quiere decir eso? Pues que aborda dichas creaciones como productos culturales nacidos en una época determinada y dotados de unas características e intenciones particulares. No sólo estudia el contenido de todas esas novelas, sino también aquellos elementos que rodean al texto y que contribuyen a darle un sentido, unas connotaciones concretas: las solapas, las contraportadas, las citas, los mapas y demás elementos que no forman parte de la narración propiamente dicha pero que condicionan la impresión que vamos a formarnos de ella. Lo que a Justo Serna le atrae de esas obras es “su materialidad, su existencia, su funcionamiento, sus consecuencias (…) tratando de averiguar quién lo ha producido, en qué circunstancia y con qué efectos”. Entre otras cosas, La imaginación histórica explica el uso que se hace de la historia en todas esas novelas. Pero no hay que confundirse. Serna no trata de discernir qué hay de “verdad histórica” en dichas ficciones, sino cómo abordan el pasado los mencionados autores: qué uso hacen de él, cómo lo incorporan, con qué propósitos lo emplean, qué tipo de memoria edifican así.

 

En este sentido, uno de los capítulos más brillantes de La imaginación histórica es el dedicado Arturo Pérez-Reverte y al estudio de Un día de cólera (2007), novela que relata los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid. A través del análisis de la forma que adopta el libro y del contenido de la ficción, Serna desvela, con elegancia y fina ironía, las intenciones de ese artefacto cultural. Rastrea distintos indicios que pueblan la narración para descubrirnos, siguiendo una lógica aplastante, la posición ideológica de su autor, las líneas maestras de su pensamiento, los mecanismos que facilitan su popularidad y su éxito. En un auténtico ejercicio de microhistoria, los motivos, intereses y posibles efectos del conjunto de la producción del escritor cartagenero son destripados y puestos sobre la mesa, al alcance de quien quiera verlos. Y es que, como Serna escribe en las primeras páginas del ensayo, “desde cualquier ángulo se puede observar el todo”.

 

Así van pasando los autores y las obras, y así nos vamos solazando capítulo tras capítulo. Porque más allá del conocimiento y del placer que puedan procurarnos sus páginas, el ensayo del historiador valenciano es una invitación a la lectura, ya sea para descubrir a ciertos autores y sus últimas creaciones, ya sea para releer desde una nueva óptica antiguas novelas. Un libro, pues, sugerente y enriquecedor, que deleita e instruye, pero que también aborda cuestiones más complejas, aspectos polémicos relacionados con la realidad y la ficción, con la historia y la novela.

 

El propio título del volumen, La imaginación histórica, ya es significativo, con su puntito de provocación. Comparten enunciado la palabra “imaginación”, un vocablo que enseguida se asocia con la ficción y la fantasía, e “historia”, una disciplina académica que, en principio, ha de atenerse a lo probado, a lo real. Esta combinación sugiere entonces que las diferencias entre ambas expresiones no son tan tajantes como podría suponerse, que imaginación e historia no son conceptos reñidos. Aunque existen diferencias obvias, quizá la historia y la ficción tengan más elementos en común de lo que en un principio pueda parecer.

 

De hecho, para hacer historia resulta indispensable recurrir a la imaginación, hay que imaginar. No sólo por la necesidad de colocarse en el lugar del otro, de ese sujeto histórico al que el investigador se esfuerza por aprehender, sino también para rellenar los espacios en blanco de la investigación con lo posible o lo probable, con aquello que pudo suceder pero de lo que no tenemos pruebas fehacientes. O como afirma Justo Serna: “Imaginar aquí no significa inventar temerariamente, sino postular por dónde ha de trazarse esa línea de puntos con el fin de llegar al siguiente trozo, es decir, al siguiente documento”.

 

La historia no es sólo una disciplina que produce un determinado tipo de conocimiento y una determinada verdad, sino que también es un arte. En este sentido, los historiadores tenemos cosas que aprender de los literatos. En primer lugar, sus técnicas narrativas: así, el historiador, respetando los hechos ciertos y probados y siendo riguroso con los datos y evidencias históricas, podría construir un relato que resultase atractivo y convincente; que argumentase, probase y persuadiese; que satisficiera a sus lectores dosificando la información al modo de los novelistas. ¿Y los escritores? ¿Qué podrían asimilar de los estudiosos del pasado? En primer lugar a emplear la historia con responsabilidad y, en segundo término, a evitar “hacer copias retrospectivas de una identidad actual”. Es decir, aprovecharse de sus conocimientos presentes para juzgar o interpretar acontecimientos pasados que no eran percibidos de ese modo por sus protagonistas.

 

Así como la historia dialoga con otras ramas de las ciencias sociales y de las humanidades, la historia cultural, de cuya tradición es buena muestra La imaginación histórica, ha hecho suyos algunos de los métodos de la antropología y de la crítica literaria. ¿Debería la historia atreverse a adoptar ciertos recursos que emplean los escritores? Parece que desde determinados ámbitos de esta disciplina existen reparos a la hora de acercarse a la ficción, siquiera como mero documento histórico. No digamos ya como un ámbito del que extraer conocimiento o provecho. Es como si temiéramos que se nos fuera a contagiar lo que forzosamente distancia nuestro oficio del de los novelistas, y como si renunciáramos, por tanto, a aprender aquello de lo que podemos beneficiarnos sin traicionar los principios metodológicos de nuestra disciplina. Hablo, por ejemplo, de la capacidad de emocionar. Las novelas que permanecen en nuestra retina, aquellas que entran a formar parte de nuestra existencia, son las que nos traspasan, las que nos emocionan e impactan. Frente a la fuerza de los sentimientos, la frialdad y la desaparición del autor en la argumentación histórica tradicional parece haber alejado el discurso académico de la ciudadanía. En un momento además, en el que los vínculos sociales deberían estrecharse, en el que se necesita más que nunca un diálogo, una colaboración fluida y solidaria entre las distintas instancias de la sociedad civil.

 

Mientras esto sucede, mientras los historiadores y demás académicos dialogan entre ellos y avanzan en sus conocimientos, son otros discursos, otras formas de entender la historia y la sociedad, las que difunden sus ideas y puntos de vista, las que llegan al gran público. Justo Serna, en La imaginación histórica, nos habla de muchas cosas: nos entretiene y nos contagia su pasión por la lectura, nos descubre los vínculos que existen entre ficción y realidad, analiza un conjunto de obras literarias de primer orden, que están, además, al alcance de todos. Pero también, a un nivel más profundo, reivindica el papel del autor, del sujeto, de ese “yo narrador” que analiza el pasado desde un espacio y un tiempo concretos. Y de algún modo –así al menos lo entiendo yo— reclama al literato el respeto por la historia, la sabia y responsable utilización del pasado en las construcción de sus ficciones.

 

¿Y al historiador? ¿Qué se le puede pedir al historiador? El cuidado por las formas, el uso de técnicas narrativas para dosificar la información, para no aburrir al lector, e incluso para conmoverle. Tal como enunciara Alison Landsberg, sin emoción no hay recuerdo. Quizá así, emocionando en nuestras narraciones históricas, logremos conservar viva la memoria de las cosas.

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