Director: Rogelio López Blanco      Editora: Dolores Sanahuja      Responsable TI: Vidal Vidal Garcia     
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Opinión/Editorial
La derecha y el patrón sectario
Por ojosdepapel, domingo, 1 de abril de 2007
A pesar de los graves errores y arbitrariedades cometidos por el Gobierno Zapatero en la gestión de su proyecto unilateral de transformación del modelo territorial por vía de la modificación estatutaria para implantar un modelo Estado de planta confederal, que consagraría la asimetría entre las regiones y la posición residual de la administración central en ellas, y por tanto, la desigualdad entre los ciudadanos españoles, y, sobre todo, con el despliegue de burdas falsificaciones de la realidad para sostener la política de apaciguamiento con que se pretende poner fin a la violencia terrorista del complejo ETA y sus organizaciones satélites a cambio de concesiones políticas, el Partido Popular no supera con claridad al PSOE en las encuestas y su líder, Mariano Rajoy, tiene un bajo nivel de aceptación pública. ¿A qué puede deberse esta situación tan incongruente? La respuesta ha de estar en el tipo de oposición que han planteado los populares.
El problema es que la labor de oposición del PP, realmente la única que ha tenido lugar, junto a la de importantes colectivos de la sociedad civil, y en la que han brillado por su ausencia el resto de las formaciones parlamentarias, ha sido contradictoria, corriendo la banda del lado de la moderación a la radicalidad una y otra vez, siendo muchas veces apocalíptica, vacilante, demagógica y oportunista. No todo vale para recuperar el poder, aunque sólo sea porque puede convertirse en algo contraproducente para los intereses en juego.

Lo mejor ha sido la censura de la política antiterrorista del Gobierno. Con las constantes movilizaciones se ha impedido que éste profundizara en la línea de continuar con las concesiones políticas a la banda terrorista y a su entramado socio-político. Aquí el PP no ha seguido otros criterios que los razonables, sostenimiento del imperio de la ley y del Estado de derecho y de no sacrificar la libertad a cambio de una paz como la que se disfruta en los regímenes totalitarios (en Cuba y en Corea del Norte hay mucha paz, hasta los viejos del lugar recuerdan que el franquismo celebró una monumental campaña tras los “25 años de paz” y, más adelante, se exhibína los “40 años de paz” como otro gran logro de la dictadura).

El resto del trabajo de la oposición lo ha hecho el Gobierno con sus garrafales errores y completa ausencia de sentido de la realidad (el anuncio de un venturoso porvenir 24 horas antes de la destrucción de la T4 saldada con dos asesinados, la cesión al chantaje del carnicero De Juan Chaos, justificada primero por “motivos humanitarios” y luego para “evitar males mayores” –o sea que no hubiera más asesinatos-- y el vodevil escenificado con la retirada de cargos contra Otegui), lo que ha desembocado en una situación de empantanamiento del “proceso de paz” que ha puesto al gabinete a merced de la siniestra voluntad de los terroristas.

Otro punto positivo de la actuación del PP ha sido la ágil reacción a la hora de incorporar en sus movilizaciones las enseñas y símbolos nacionales, bandera e himno, para encauzar su exhibición en el estricto marco del constitucionalismo, impidiendo que cayesen en manos la de la verdadera extrema derecha. No son acertadas las censuras por parte de la izquierda a esta actitud tan positiva. Estando por llegar la reacción a tanto alarde excluyente de sus enseñas por parte de los nacionalismo periféricos, ha sido oportunísimo que el PP, ante la indiferencia de la izquierda a los sentimientos nacionales españoles (no siendo así respecto al sentir de determinados sectores sociales nacionalistas del País Vasco, Cataluña y Galicia), marcara los límites, empleando los emblemas que a todos pertenecen y todos pueden usar dentro de cauces rigurosamente democráticos. Di ahí a aprovecharlos en exclusiva como instrumento propagandístico de representación de todo lo español, media un abismo que no se puede franquear de ninguna manera por su sentido excluyente..

Con la mirada puesta atrás, es cierto que la masacre del 11-M y los resultados de las elecciones del 14 de marzo de 2004 desconcertaron al partido de la derecha, que, contra todas las expectativas y pronósticos, fue botado a la oposición en unas circunstancias excepcionales. La insistencia en la teoría de la conspiración por parte de políticos significados del PP, sobre todo en la Comisión del Congreso encargada de investigar la matanza, se ha venido demostrando estéril como factor de erosión del Gobierno. Hay numerosas contradicciones en la investigación, lagunas sospechosas y comportamientos que no invitan precisamente a la confianza, por lo que es lógico que la prensa interesada en conocer la verdad del modo más completo posible trate de seguir indagando, pero nada obliga ni aconseja a los populares hacer de este asunto una bandera.

Era lógica, y también previsible, que la apuesta gubernamental, dada su endeble mayoría parlamentaria, fuera la de radicalizar desde el primer día a la derecha, provocándola con declaraciones y gestos de matiz y retórica marcadamente izquierdista (aún no estaba claro que Zapatero acabaría rindiendo culto a un sectarismo congénito). Así, llegó todo en un enorme alud, la ley de matrimonios gays, el revanchismo guerracivilista, los papeles de Salamanca y, esta sí, meritoria política social.

Casi todas esas medidas sorprendieron a contrapié a un Partido Popular incómodo por su carencias programáticas en este ámbito y que no supo evaluar el alto grado de tolerancia que se ha desarrollado en España, que impide utilizar de ariete esas acciones gubernamentales por desmesuradas que sean en su formulación y las implicaciones negativas que acarreen, como el descomunal fiasco de la legalización de los inmigrantes sin papeles (cuyas peores consecuencias están por llegar).

En el caso de la política internacional, la retirada de las tropas de Iraq, mayoritariamente apoyada por la sociedad española, y la foto de las Azores, bastaron para que Zapatero pudiera hacer de su capa un sayo y apuntarse al batiburrillo de demagogia populista, indigenista y caudillista que ahora campea en Latinoamérica con los Hugo Chávez, Evo Morales, el sempiterno Fidel Castro y sus otros lamentables epígonos (Rafael Correa, Ollanta Humala, Daniel Ortega...). Asimismo sirvieron de coartada para, tras un inicialmente falso entusiasmo europeísta, dejar languidecer la presencia española hasta un grado de irrelevancia internacional que recuerda los primeros tiempos de la Transición, un vasto esfuerzo y despliegue de recursos echado a perder por la cortedad de miras de un presidente más pendiente de su imagen y de la seducción de las masas a través del discurso banalizador de la abnegación y las grandes palabras dibujadas en el aire que de las realidades de gran calado.

Por último, mucho ha tenido que ver en el descrédito de la oposición aplicada por el PP el que dejara parte de esa labor, primero de forma cómplice y, luego, forzado por las circunstancias, en manos de tribunos periodísticos que se han dedicado a salpicar el discurso de oposición de una retórica tremendista, apocalíptica, creando una clima ambiental estridente, histérico, plagado de insultos y descalificaciones personales, estilo que ha contagiado a la izquierda, según se ha visto últimamente en las palabras de Jesús de Polanco (quien comenzó a amasar su fortuna trabajando para el sistema educativo y adoctrinador franquista), actual dueño del imperio periodístico hegemónico en la izquierda, que ha acusado al PP de desear la guerra civil y a quienes se manifiestan contra el gobierno de franquistas. Allá cada uno con su estilo de hacer crítica, sea en los medios sea en los círculos políticos, pero no puede evitarse que estos malos modos provoquen un rechazo instintivo en quienes pretender castigar con su voto los atropellos, abusos, manipulaciones y mentiras del Gobierno.

La táctica de la estridencia, por motivada que esté ante los desafueros gubernamentales, se revela a medio y largo plazo improductiva, porque no puede mantenerse la intensidad emocional y sentimental de las protestas y movilizaciones por tiempo indefinido, aparte de provocar graves daños colaterales en la convivencia, si lo que se pretende es vencer en las elecciones. Por que de eso se trata, de alcanzar el gobierno a través de una mayoría parlamentaria, fruto del voto, no del fervor en las calles, un espacio que no sustituye al representado por el la soberanía nacional.

Pronto llegará la hora de los ciudadanos.
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