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Opinión/Editorial
Ciudadanos de Cataluña: el principio del fin del discurso identitario
Por ojosdepapel, jueves, 2 de noviembre de 2006
Por ese orden, primero los ciudadanos y luego, Cataluña. La presencia, con tres escaños, de la organización constituida hace cuatro meses, Ciudadanos/Partido de la Ciudadanía, en el Parlamento del Principado es el primer paso para erosionar la resistencia retrógrada de toda una clase política y mediática anquilosada, enquistada en el discurso identitario e historicista, cada vez más distanciada de las preocupaciones de la sociedad catalana.
También es posible que, si ese impulso renovador se mantiene, comience el principio del fin del discurso de las identidades enfrentadas y la mutación del mapa político español, con la aparición de un partido bisagra que ocupe el espacio de centro que la polarización de la actual vida pública española ha dejado debido a la radicalización y el enconamiento de los dos grandes partidos, fruto de la estrategia política excluyente del zapaterismo y el pesado lastre que arrastran los populares por la fijación con los resultados del 14-M.

Pero, dejando aparte los futuribles y volviendo a Cataluña, no es el resultado de Ciudadanos el único dato significativo en esta línea. Ya en el referéndum sobre el nuevo Estatuto se produjo una abstención superior al 50 por ciento del electorado, lo que puso en su lugar a quienes, como Pasquall Maragall, levitaban fuera de la realidad cuando proclamaban que la demanda del Estatuto era una “clamor popular”. Ahora, la abstención ha crecido casi un 5 por ciento (4,77 exactamente) respecto a las elecciones anteriores, pero se eleva al 20 por ciento si se compara con la participación en las generales de 2004. Por tanto, se puede concluir que, junto con la existencia de un voto en blanco que llega al 2,3 por ciento, se ha producido una manifestación política activa contra lo que el analista José García Domínguez ha denominado, con inteligente sarcasmo, Casa Nostra. Un concepto tan humorístico como atinado que fija con claridad los comportamientos excluyentes, clánicos, tribales y clientelares, que constituyen la auténtica naturaleza de la transversalidad –manifestado en una suerte de nacional-narcisismo-- que dota de coherencia al establishment político y mediático catalán constituido en el tardofranquismo y consolidado a lo largo de la Transición.

El comportamiento de los medios de comunicación catalanes respecto al Partido de la Ciudadanía es el mejor ejemplo de esta actitud cerrada y hostil hacia todas aquellas iniciativas que no encajen dentro del sistema ecológico catalanista. Su prácticamente nula presencia en los medios públicos y su escasísimo eco en los privados, con periodistas con gran influencia en el ámbito nacional, como Angels Barceló y Carles Francino (ambos de la SER), precisamente aquellos que deben anticipar y notificar al público acerca de los cambios que se están gestando en la sociedad, que ni se tomaron la molestia de entrevistar a Albert Rivera, cabeza del nuevo partido, reflejan a la perfección ese irrespirable ambiente político del mal denominado oasis catalán.

Con la inercia de esa pequeña-gran victoria, no son pocos, a derecha e izquierda del espectro político y mediático español, los que se han echado a temblar cuando se ha anunciado la intención de que el Partido de la Ciudadanía presentará listas electorales en los comicios municipales fuera de Cataluña, en particular en Madrid, capital donde cuenta con una nutrida y activa agrupación. Nada mejor que esas reacciones para animar a la nueva organización ciudadana a que extienda e intente aplicar su ideario para romper con el nefasto maniqueísmo que asfixia la vida política española.

La izquierda española, al buscar la radicalización del Partido Popular con objeto de consumar su estrategia de exclusión, a su vez se ha desplazado hacia posturas extremas y demagógicas, basadas en un progresismo de cartón piedra, en la improvisación como guía, en el oportunismo de sus alianzas con los grupos nacionalistas y en la nula conciencia de la importancia de proteger y afianzar el Estado, instrumento clave para garantizar la igualdad, protección y cohesión social de la ciudadanía española, independientemente del lugar de nacimiento de cada uno.

La cuestión, como quieren o pretender ver algunos, no es España como entidad nacional (cada uno tiene derecho a identificarse individualmente como prefiera), sino el Estado español, garante neutral de la condición ciudadana, incompatible y superior en derechos a los colectivos, sean de filiación étnico-ligüística, religiosa, tribal o social. Sobre todo ahora, un momento crítico en que están manifestándose en toda su profundidad y extensión los grandes y graves desafíos que afloran en un mundo globalizado como es el terrorismo yihadista --que hay que combatir y prevenir--, la oleada inmigratoria --a la que es preciso atender y encauzar— o la rampante amenaza ecológica –que debe ser afrontada con urgencia--.
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