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Oscar Wilde: <i>Impresiones de Yanquilandia</i> (Rey Lear, 2012)

Oscar Wilde: Impresiones de Yanquilandia (Rey Lear, 2012)

    TÍTULO
Impresiones de Yanquilandia

    AUTOR
Oscar Wilde

    EDITORIAL
Rey Lear

    TRADUCCCION
Susana Carral

    OTROS DATOS
ISBN-13: 978-84-940149-8-7. Madrid, 2012, 72 páginas. 9,80 €



Oscar Wilde (Dublín, 1854-París, 1900)

Oscar Wilde (Dublín, 1854-París, 1900)


Reseñas de libros/No ficción
Oscar Wilde: Impresiones de Yanquilandia (Rey Lear, 2012)
Por Francisco Fuster, lunes, 10 de diciembre de 2012
Desde que en 1831 los franceses Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont fueron enviados a los Estados Unidos por su gobierno con el objeto de estudiar el sistema penitenciario norteamericano (encargo que daría lugar a la publicación por parte del primero de ellos de La democracia en América), hasta el momento en que escribo estas líneas, han sido muchos los europeos que, tras realizar el viaje de ida y vuelta a aquellas lejanas tierras, han querido plasmar por escrito sus impresiones sobre aquel país. Todos sintieron la misma necesidad de reflexionar sobre lo que parecía un enigma inexplicable: por qué un pueblo nacido a partir de la emigración europea y llamado – al menos en principio – a compartir con nosotros ciertos rasgos supuestamente inherentes a esa raíz común que nos une, adoptaba, sin embargo, actitudes y comportamientos que en poco o en nada se asemejaban a las nuestras. Uno de esos muchos europeos fue el escritor inglés Oscar Wilde, autor de cuatro ensayos traducidos y reunidos por primera vez en un pequeño volumen recientemente publicado por la editorial Rey Lear con el título de Impresiones de Yanquilandia, en una preciosa edición ilustrada con dibujos, fotografías y grabados de la época.

Como explica el editor en su breve prólogo, en la Nochebuena de 1881 Wilde se subió al vapor “Arizona” dispuesto a travesar el Atlántico. Llegó a territorio norteamericano a principios del año siguiente y permaneció allí – entre Estados Unidos y Canadá – hasta enero de 1883. Tras unos meses en casa, regresó otra vez a Nueva York en agosto de ese mismo año para asistir al estreno de su obra de teatro Vera o los nihilistas. Aunque el objetivo del primer periplo americano había sido dar a conocer su obra a través de una serie de conferencias sobre “El Renacimiento inglés” y “La decoración del hogar”, dos temas muy wildianos, lo cierto es que el viaje fue una experiencia de conocimiento mutuo y recíproco. Los Estados Unidos conocieron a un Wilde que recorrió buena parte de su geografía, de Nueva York al Oeste, pasando por grandes ciudades como Chicago o Boston; y Wilde conoció al pueblo americano, del que nos dejó una  original y mordaz descripción en sus “Impresiones de Norteamérica”, el primero y más largo de los textos ahora reeditados. La crítica de este dandy victoriano a la sociedad estadounidense se adelanta en varios aspectos a lo que luego dirán algunos de los europeos que viajaron por aquellos lares a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, cuando el abismo que separaba lo americano de lo europeo todavía parecía insalvable. Como no podía no ser de otra forma, a nuestro autor – un romántico impenitente y cultivador de la belleza – le llamó la atención la predilección de aquellas gentes por la ciencia y la tecnología en detrimento del arte. La pesadez de la maquinaria que lo invadía todo y el ruido insoportable de esas grandes ciudades donde la vida es vertiginosa y mecánica, son algunos de los reproches lanzados por el escritor a una civilización por la que sintió atracción y rechazo a partes iguales.

 

Ahora bien, a pesar de esta crítica generalizada a la falta de gusto estético del americano medio, Wilde quiso dejar claro que el ciudadano estadounidense no tenía un pelo de tonto y que, solo por su defensa del derecho al voto, “merece la pena ir a un país capaz de enseñarnos la belleza de la palabra libertad y el valor de la emancipación”. Y es que, como dice en otro de los textos aquí antologados, el hecho de que los americanos no tengan una gran cultura humanística – en el sentido europeo de la palabra, si es que lo tiene – no debe inducir al error de pensar que son gente sin formación. Según el autor de Dorian Gray, “no existe un norteamericano estúpido. Hay muchos americanos que son repelentes, vulgares, molestos e impertinentes, como muchos ingleses; pero la estupidez no es uno de los vicios nacionales. En Norteamérica no hay lugar para los necios. Esperan que hasta un limpiabotas tenga cabeza, y así es”.

 

“La invención americana” y “El hombre americano” son dos ensayos cortos en los que se invierte la perspectiva y el protagonista ya no es el Englishman que visita la Gran Manzana y el Salvaje Oeste, sino los americanos con quienes Wilde se cruza en su Londres. En el primero de ellos nos cuenta la visita que hicieron a la City en 1887 el circo de Buffalo Bill y la actriz norteamericana, Cora Brower-Potter. De él sorprenden sobre todo las elogiosas palabras dedicadas por el escritor a las jóvenes americanas (no así a sus madres, a las que juzga aburridas y malhumoradas), de quienes ensalza su belleza y saber estar. El segundo es un retrato en clave humorística – aunque no por ello exento de argumentos – del hombre americano que se pasea por Londres sin pena ni gloria. De él dice nuestro autor que es “el Don Quijote del sentido común”, porque su pragmatismo de “hombre de negocios” es tan absurdo que acaba resultando de todo menos práctico. Por eso, concluye Wilde con una extraña paradoja, “lo más curioso de la civilización norteamericana es que las mujeres son mucho más encantadoras cuando se alejan de su país, y los hombres cuando están en él”.

 

La antología se cierra con un texto poco conocido: una emotiva semblanza del escritor americano por antonomasia que lleva por título “El Evangelio según Walt Whitman”. De esta lectura personal del autor de Hojas de hierba rescato unas premonitorias palabras finales en las que, adelantándose nuevamente a lo que ha dicho la mayor parte de toda la crítica posterior, concluye que, si no para sus compañeros de gremio, que tal vez no lleguen a entenderle, Whitman será un autor que no pasará inadvertido para los filósofos y pensadores del arte: “No debemos situarlo entre los littérateurs profesionales de su país, novelistas de Boston, poetas de Nueva York y similares. Él es diferente y el principal valor de su obra está en lo que tiene de profecía y no en su realización. Ha dado comienzo a un preludio de temas más liberales. Es el heraldo de una nueva era. Como hombre, es el precursor de una nueva clase. Es un factor en la evolución heroica y espiritual del ser humano. Aunque la poesía lo haya dejado pasar, la filosofía tomará nota de él”.

 

En definitiva, creo poder decir que lo que ha publicado Rey Lear es una pequeña joya para paladares exquisitos y amantes del corrosivo humor de este inmortal autor que no solo se resiste tenazmente a caer en ese olvido literario en el que ya yacen muchos de sus coetáneos, sino que reaparece una y otra vez en escena para seguir sorprendiéndonos. No sé si estos pequeños ensayos alcanzan la categoría de “alimento del alma”, pero sí son un excelente bálsamo – un antídoto  contra la infelicidad – que nos recuerda la necesidad de tomarnos lo trágico de la existencia con mayor distancia, con más ironía. Y eso, que parece tan poco, es en los tiempos que corren una lección impagable.

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