Juan Hernández Herrero (foto de Jesús Martínez)

Juan Hernández Herrero (foto de Jesús Martínez)

    AUTOR
Juan Hernández Herrero

    LUGAR DE NACIMIENTO
Salamanca (España)

    BREVE CURRICULUM
Licenciado en Medicina y especializado en cardiología. Ha sido durante años profesor de Cardiología en la Universitat Autònoma de Barcelona. Como lingüista es un apasionado conocedor de la lengua castellana. Estudioso de la etimología del idioma, ha traducido varias obras del inglés. El léxico de El Quijote es su segundo diccionario que recoge la riqueza de vocabulario de esta obra cumbre de la literatura española




Opinión/Entrevista
Entrevista a Juan Hernández Herrero, autor de El léxico de El Quijote
Por Jesús Martínez, jueves, 1 de julio de 2010
La vara de la justicia

Con latidos de luz de corazón se iluminan y se apagan los nombres. El poeta del pronombre y del tú, a mí, conmigo, el poeta Pedro Salinas, condujo el corazón a un copero de mirlos en el que a tientas latía de tanto sufrir de amor. El corazón de los ayes y de los difuntos enamorados, el corazón que parpadea en el pecho de Salinas, pende de las manos del cardiólogo Juan Hernández, autor de una obra cervantina y, por lo tanto, monumental: El léxico de El Quijote, el diccionario de los dichos, los refranes y los vocablos en desuso con los que el manco de Lepanto hizo sembrar los dos tomos del Ingenioso Hidalgo. No faltan citas al corazón en el gran libro de nuestra literatura: De corde exeunt cogitationes malae (“Los malos pensamientos proceden del corazón”, en el prólogo de la primera parte).
En unas vacaciones de verano, en el recibidor de su casa, con la maleta de polipropileno cargada de suéteres y mudas limpias, Juan Hernández tuvo la ocurrencia de hacerle un hueco a El Quijote, que hasta entonces penaba en el sitial de su propio corazón (“lo había leído a los 17 años, y aunque se me hizo pesado, me dejó con el azogue de sus páginas”). Así que guardó los 52 capítulos de la primera parte que todos saben cómo empieza pero nadie cómo acaba: “Forsi altro canterá con miglior plectio” (“Quizá otro cante con mejor estilo”). Y a tiempo estuvo de meter un diccionario de Casares pincelado con el musgo de las huellas de sus dedos, de tanto abrirse por las consonantes del medio. “Me tiré el verano entero recogiendo y anotando las expresiones y las palabras que Miguel de Cervantes utilizó para su obra y que hoy han dejado de oírse en la calle.” De “A buen salvo está el que repica” (es fácil reprender a otro, mientras el que reprende está a salvo de equivocarse; capítulo XXXI de la segunda parte) a zuzar (azuzar, incitar a los perros; capítulo LII de la primera parte). El recorrido, inmenso, sólo pretender aportar un grano de arena a la magna bibliografía que los investigadores han ido publicando sobre el mismo tema y con el mismo afán: carriola (tarima), harón (perezoso), quedo (quieto)… y un refrán que le costó horrores saber cómo terminaba, por la manía del escritor de abusar de los puntos suspensivos: “De paja y heno… el pancho lleno” (lo que importa es satisfacer las necesidades; capítulo III de la segunda parte).

Nacido en Salamanca, en los ojos de patio de piedra arenisca de la ciudad, Juan, el último de una serie de hermanos con vocaciones diferentes, se licenció en Medicina en la Universidad de Salamanca, atendido por profesores tan denodados que seguían la estela de Miguel de Unamuno, cuya tristeza fue lo único que cultivó en sus postreros días. En 1968, aquel año de adrenalinas, un chico que ya se había fijado en el mecanismo más bonito del cuerpo humano (“en realidad, el corazón no es más que una bomba”) optó a una beca en el Hospital del Mar, en Barcelona, que le fue concedida. Ya se quedó, entre corazones de coraza, como los de los versos de Benedetti. De allí saltó al Centre Cardiovascular Sant Jordi. Actualmente, ejerce en la Clínica Corachan.

Sus años de medicina interna, y los que ha pasado encerrado en los atrios de sus enfermos, los sintetiza con una frase que bien podría haber pronunciado el caballero andante, a quien tanto le debe: “La medicina no es un jardín de rosas. Hay que padecer con quienes la padecen”.

“¿Qué por qué me interesa hasta tal punto El Quijote que lo he leído como diez veces? Porque me parece la cumbre, lo más hermoso”, se deleita Juan, y hace extensiva su galantería al castellano, lengua de tal cadencia y trabazón que en ramos regala sus frases: “Ya mi abuelo Evaristo, a quien aprecio porque hizo de mi madre una niña feliz, sabía el hondo sentido de muchas palabras, y realmente, todo casa en el idioma”. A Juan Hernández, autor de El léxico de El Quijote (Ediciones Carena), le chifla tanto la etimología que se ha hecho con un anticuario de diccionarios (Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel Seco; Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas, de José Martínez de Sousa; el diccionario de Roque Barcia) para dar a luz productos de su cofradía, como el Estudio sobre la etimología de los elementos químicos.

“¿Que qué capítulo de El Quijote me impactó más? Sin duda, el capítulo en el que Sancho y el Quijote están en casa de los Duques, y el Quijote alecciona a Sancho sobre cómo tiene que gobernar, y le dice lo que me lo aprendí de memoria: ‘Si acaso doblaras la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia’.”