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Opinión/Revista de Prensa
En brazos del icono zapatista
Por ojosdepapel, sábado, 17 de marzo de 2001
Revisión del paseo zapatista en la prensa española.
En general, la prensa española no se ha caracterizado por la aportación de análisis en profundidad del fenómeno zapatista y su efecto sobre la sociedad mexicana. Por el contrario, han abundado artículos que sólo se detienen en lo superficial, especialmente en la parafernalia revolucionaria y en la figura, ya mitificada, del subcomandante Marcos, alias de un ex profesor universitario, Sebastián Guillén, que lo dejó todo a mediados de los ochenta para hacer la “revolución” (J. J. Aznárez, “Marcos, sin capucha”, El País, 11-3-2001) También ha sido recogida la problemática y las demandas indígenas, que han alcanzado el primer plano de la actualidad mundial gracias al famoso “zapatour”. Por último, la prensa se ha preguntado por el destino de Marcos, de cuál va ser su camino, una vez alcanzado el objetivo inmediato del movimiento, una ley que ampara la autonomía de las 57 comunidades indígenas mexicanas.

En definitiva, es como si la mayor parte de la prensa española se hubiera dejado hipnotizar por la estrategia mediática desplegada por el movimiento zapatista, como si el centro de la cuestión en México fuese únicamente la reivindicación de los indígenas. La abundancia de fotos de los revolucionarios en mítines, exhibiendo la iconografía guerrillera en la que brillan con luz propia los pasamontañas, llama la atención en un país donde ese disfraz no puede más que provocar escalofríos al recordar que los asesinos etarras también se esconden tras ellos. Es curioso como prácticamente nadie ha establecido este paralelo. Es como si Latinoamérica fuera una tierra donde eso fuese comprensible, justificable o “normal”.
Lo más curioso es que el telón de fondo, lo que pasa desapercibido en casi todos los artículos, es el de una sociedad mexicana embarcada en un formidable proyecto de modernización política y saneamiento de la moral pública inaugurado el 2 de julio con la elección como presidente de Vicente Fox

Otro capítulo importante lo ocupa la progresía europea en peregrinación para rendir culto al nuevo mesías que va a salvar a la izquierda de una orfandad producida por la caída del Muro. Ya no sorprende que estos críticos del sistema se embarquen en esa operación de turismo revolucionario. Sólo falta saber si comparten sus escasos bienes con los indígenas o se van por la noche a confortables hoteles, después de haber saboreado la comida de buenos restaurantes. La historia de algunas miserias está todavía por escribir.

Lo más curioso es que el telón de fondo, lo que pasa desapercibido en casi todos los artículos, es el de una sociedad mexicana embarcada en un formidable proyecto de modernización política y saneamiento de la moral pública inaugurado el 2 de julio con la elección como presidente de Vicente Fox. Esta designación democrática acababa con una organización política de partido único vinculado a un sistema donde la corrupción era la norma, la libertad era limitada y se daba una represión no discriminada pero muy eficaz. En este estado de cosas, se ha comprobado cómo la caravana organizada por un grupo guerrillero que pretendía acabar con el sistema, se ha paseado por el país sin el menor incidente, certificando el talante democrático de un gobierno y un presidente que siempre se ha ofrecido a dialogar con los zapatistas, además de conceder prácticamente la totalidad de las condiciones impuestas por estos y haber puesto en marcha el proyecto de ley que va a reconocer los derechos de los grupos indígenas.

Básicamente, en la prensa española sólo tres análisis han entrado en profundidad en el tema indígena en su relación con la situación social y política mexicana. Uno es el del escritor e historiador mexicano, Enrique Krauze, que pone en claro los límites del discurso indigenista del subcomandante Marcos, sus tergiversaciones históricas –como la de sostener que había un Edén indio antes de la conquista española-, señalando que el “predominio del enfoque étnico distorsiona la realidad”, una realidad que revela claramente que el problema de México “no es racial, sino social, político y económico”, el de avanzar para hacer remitir una pobreza muy extendida que no sólo afecta a los indígenas, 10 millones entre los 40 millones de pobres (“Nueve inexactitudes sobre la cuestión indígena”, El País, 8-3-2001) Sin olvidar que las propuestas sobre autonomía de las comunidades indígenas dejan de lado el problema de su democratización, pues la experiencia histórica y práctica demuestra que en ellas se tienden a crear cotos cerrados, poco aptos para el desarrollo de la libertad y el derecho a la disensión, cuando no se convierten en dominios caciquiles (palabra de origen indio incorporada al español) El otro artículo, también tempranero, y no a toro pasado, cuando los “vaticinios” sobre hechos consumados son algo más fáciles, es el del profesor Carlos Malamud, quien señala esos mismos reparos frente a la idealización de unas sociedades indias supuestamente democráticas y que la solución del problema indígena pasa por el reconocimiento de sus derechos en el marco constitucional a través de la democracia y la negociación (ojosdepapel.com, 10-3-2001) En la misma línea de defensa de la modernización económica y social como palanca superadora de los problemas mexicanos se alinea el editorial de El Correo (13-3-2001)
El sumun en la recepción mediática del discurso etnicista se alcanza en el editorial de El País, donde se decide que la sociedad mexicana es una “realidad multiétnica y multicultural”, empleando un concepto político, una calificación, en vez de una descripción (pluricultural)

Lo cierto es que, fuera de estas tres piezas, poco es lo que se aporta en el extenso panorama de los medios españoles, excesivamente volcados, en cuanto al ejercicio de análisis, en los asuntos locales, por mucho que algunos de ellos, como la cuestión vasca, sean de una gran trascendencia. No ocurre esto a escala informativa, donde el despliegue ha sido, como en el resto del mundo, de gran alcance, siempre en la estela de los intereses del movimiento zapatista y su mítico Marcos.

Al menos, el discurso del revolucionario tiene elementos positivos, como la manifestación de que la lucha armada carece de sentido y de que se plantea trasformar el movimiento en una fuerza política dispuesta a la confrontación de ideas y programas. Sin embargo, el componente mesiánico del movimiento, el caracter etnicista de sus propuestas, su origen ideológico marxista-leninista (se levantó en 1994 predicando la dictadura del proletariado), la clientela de revolucionarios profesionales que le rodea, émulos intelectuales como Ernesto Guevara, el ingrediente eclesiástico visionario que proporciona el aparato curil de la teología de la liberación y otros factores son suficientes elementos para no poder confiar en las palabras y mantener la prudencia hasta que los acontecimientos se desarrollen (J. J. Aznárez, “Marcos, sin capucha”, El País, 11-3-2001; Julio Huerta Chávez, analista político mexicano, Libertad Digital, 12-3-2001).
Los asuntos tratados son siempre los mismos: el carismático líder Marcos y su indumentaria, la guerrilla pacifista, los derechos de los indígenas, el camino que seguirá el zapatismo, todo sobre un paisaje de fondo en el que se da a entender que, en cierto modo (generalmente por omisión), existe una continuidad del estado de cosas que ya había con el PRI

Inexplicablemente, el sumun en la recepción mediática del discurso etnicista se alcanza en la editorial de El País, donde se decide que la sociedad mexicana es una “realidad multiétnica y multicultural”, empleando un concepto político, una calificación, en vez de una descripción (pluricultural) (El País, 12-3-2001) En la misma línea de la moda multicultural que desembarca en nuestro país, aunque con inteligentes matices, se descuelga Xavier Bru de Sala, quien no ve otra forma de proteger las culturas indígenas ante la amenaza del mestizaje, un concepto que concibe como la representación de algo homogéneo, cuando es todo lo contrario (La Vanguardia, 10-3-2001) También comparte esta tesis el sociólogo Alain Touraine, pero lo más destacado de su artículo es el disparate de sostener que existe una identidad entre el movimiento zapatista y la lucha que se está desarrollando en el Cono Sur contra los crímenes contra los derechos humanos y la memoria de las víctimas de la barbarie autoritaria y que el común denominador es el enfrentamiento contra el capitalismo ultraliberal en su nueva versión globalizante (El País, 11-3-2001) Finalmente, rizando el rizo del absurdo, se despliega el editorial de El Periódico en el que se presume que los indígenas no están seducidos por ningún etnonacionalismo pues “sólo pretenden ser reconocidos como iguales y diferentes” (sic) (12-3-2001) ¡Que Dios nos confunda!

Dentro de este marco de referencias zapatistas en el que se desenvuelven los análisis de la prensa española, deviene lógica la ausencia del componente democrático representado por una presidencia elegida por millones de votos limpios. Los asuntos tratados son siempre los mismos: el carismático líder Marcos y su indumentaria, la guerrilla pacifista, los derechos de los indígenas, el camino que seguirá el zapatismo, todo sobre un paisaje de fondo en el que se da a entender que, en cierto modo (generalmente por omisión), existe una continuidad del estado de cosas que ya había con el PRI (El Mundo, editorial, 12-3-2001; Diario 16, editorial, 12-3-2001; Estrella Digital, comentario editorial,12-3-2001; Alfredo Abián, La Vanguardia, 12-3-2001; Manuel Hidalgo, “La pipa de Marcos”, El Mundo, 13-3-2001; Màrius Serra, La anguardia, 13-3-2001; Deia, comentario editorial, 15-3-2001)

La conclusión no puede ser más lamentable, se analiza con más rigor la fina dialéctica de la ministra Villalobos o el corte de pelo del portavoz del gobierno, que los sucesos que están conmocionando el mundo, no se sabe, eso es otra cosa, si para bien.
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