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Opinión/Revista de Prensa
Revisión del 23F
Por ojosdepapel, sábado, 03 de marzo de 2001
Novedades en la prensa con motivo del 23F: dimisión de Suárez e implicaciones de los políticos en el golpe, papel del Rey, actitud de los Estados Unidos, trama civil, grado de involucración del CESID, significación histórica del 23F y su alcance de haber triunfado.
El pasado 23 de febrero se cumplieron los veinte años de aquella asonada que hizo enrojecer a los españoles de vergüenza, cuando un fantoche humilló la soberanía nacional y logró desprestigiar a nuestro país y degradar su imagen ante todo el orbe civilizado. Afortunadamente la pesadilla duró poco y, al menos, surtió el efecto de vacunar a la sociedad española contra ese triste lastre de tiempos pretéritos. Signo de este bufonesco evento es la interpretación de un periódico nórdico que recoge José Luis Gutiérrez: “el Parlamento español ha sido secuestrado por un guardia vestido de torero” (Estrella Digital, 23-2-2001).

El recuerdo o la rememoración del 23 F ha ocupado un enorme número de páginas en periódicos y libros y muchos minutos en cadenas de radio y televisión. Sin embargo, lo que parecía claramente enfocado hacia una revisión histórica del golpe de un sector del Ejército contra la incipiente democracia española, cuando precisamente prescribía el plazo por delitos de rebelión militar que alimentaba la esperanza de un alud de revelaciones importantes, se vio entremezclada con una oscura maniobra de una parte de la prensa adicta contra el actual director de los servicios de espionaje (CESID), Javier Calderón, tanto más extraña cuanto que ha estallado a pocos meses de su relevo en el cargo (La Razón, 7, 20 y 24 (Lorenzo Contreras)-2-2001; El Mundo, 21, 22, 23 (Federico Jiménez Losantos), 24-2-2001; Libertad Digital, 22 y 24-2-2001; Estrella Digital, 23 (Manuel Martín Ferrand, El Conspirador) y 26 (Lorenzo Contreras) 2-2001); Manuel Núñez Encabo; Diario 16, 24-2-2001). Los ecos de esta ofensiva, que ya parece extinguirse, es posible que estén vinculados a luchas internas dentro del Partido Popular de cara a situar a un candidato al frente de unos servicios que van a experimentar una profunda y necesaria reforma (El País, 26-2-2001).
Ya son muy conocidos los protagonistas más importantes del golpe, sus añagazas, cobardías y dobleces, como para seguir abundando en sus miserias. Interesan más las novedades y los nuevos enfoques

Nada menos que ocho han sido lo libros que han tratado del 23F. Los suplementos culturales de los periódicos más importantes o dossieres específicamente creados para la ocasión los han descrito y evaluado muy desigualmente (La Vanguardia, 16 y 18-2-2001; ABC, 18-2-2001; El Cultural, 21-2-2001; El Mundo, 22-2-2001; El País, 23-2-2001). A esto se han unido multitud de opiniones de los columnistas, entreveradas de recuerdos o evocaciones de aquellos momentos tan difíciles, muchos de ellos de gran interés, sobre todo para las generaciones que no lo vivieron o tenían un recuerdo muy vago por su edad.

Ya son muy conocidos los protagonistas más importantes del golpe, sus añagazas, cobardías y dobleces, como para seguir abundando en sus miserias. Interesan más las novedades y los nuevos enfoques que afectan a varios temas estrechamente relacionados con el golpe. La dimisión de Suárez y las implicaciones de los políticos en el golpe, asuntos muy ligados entre sí, el papel del Rey, la actitud de los Estados Unidos, la trama civil y el grado de involucración del CESID en el golpe. Por último, está la significación histórica del 23F y su alcance.

Parece claro que la dimisión de Suárez está relacionada con una doble pinza que, al final, le hizo considerar que era más un estorbo que una solución para la crisis por la que pasaba España. Por un lado, la extrema derecha y los generales no le perdonaban ni a él ni a Gutiérrez Mellado la legalización del Partido Comunita, ni su política de nombramientos militares (Santiago Carrillo, El País, 23-2-2001). Pero de más alcance que esto, que ya se daba por descontado, fue la ofensiva de algunos barones de la UCD y de su grupo parlamentario que obstaculizaban y boicoteaban cualquier decisión adoptada por el presidente Suárez, discordias que azuzaban los socialistas, volcados en una campaña de acoso y derribo del presidente del gobierno (Platón, La Razón, 18-2-2001; El País, 23-2-2001).
La explicación más verosímil del comportamiento del monarca la proporciona Charles Powell, quien sostiene que estaba obligado a desenvolverse con una deliberadada ambigüedad, única forma de hacer avanzar el proceso democrático sin la oposición beligerante de los militares ultras, ambigüedad que, al tiempo, les permitió a estos creer que podría haber apoyado una solución no constitucional, momento decisivo en el que tuvo que desvelar su compromiso con la democracia

Intimamente vinculado a este proceder de los socialistas están los tratos de algunos de sus cargos representativos con el general Armada, particularmente en la reunión celebrada en Lérida entre éste, Ciurana, Múgica y Reventós, cita en la que unas inoportunas palabras del último (“¿Y por qué no presidido por un militar, mi general?”) hicieron que Armada interiorizase que los socialistas le votarían en caso de que encabezase la jefatura de un gobierno de concentración para salvar una situación de crisis, el conocido “golpe de timón” (Josep María Sòria, La Vanguardia, 16-2-2001; Sabino Fernández Campo a El Mundo, 23-3-2001 ) Para Javier Fernández López el compromiso de estos políticos con una solución de gobierno da amplia base parlamentaria estaba sujeto a que se cumplieran “determinadas condiciones” (La Vanguardia, 18-2-2001) Charles Powell, quien matiza todavía más el asunto, señala que los políticos no fueron quienes tomaron la iniciativa pero “se dejaron querer” (La Vanguardia, 18-2-2001) Por el contrario, para César Alonso de los Ríos, el acoso del PSOE y la división de la UCD fue determinante en el ambiente en el que se generó la asonada militar y en el resultado fallido del propio golpe (ABC, 23 y 25-2-2001) En su argumento le falta encajar que a los golpistas no hace falta darles mucha cuerda para que actúen.

El papel del Rey alcanza mucho protagonismo, para mal, en la interpretación de dos autores, Amadeo Martínez Inglés y Jesús Palacios. El primero, del que Josep Maria Sòria recuerdo que vaticinó la derrota aliada en la Guerra del Golfo, niega la existencia del golpe, arguyendo que desde la propia Zarzuela se inspiró la operación Armada para poder frustrar uno más duro que la extrema derecha y los militares más nostálgico preparaban para la primavera, dirigido tanto contra la democracia como para acabar con la monarquía (Josep Maria Sòria, La Vanguardia, 16-2-2001; ABC, 18-2-2001; Justino Sinova, El Cultural, 21-2-2001; Amadeo Martínez Inglés, Gara, 23-2-2001) Esta tesis es la misma, en líneas generales, que la de Palacios, que defiende que la solución Armada está bendecida por el Rey (ABC, 18-2-2001) Curiosamente, estas interpretaciones sobre el papel de Juan Carlos I influyen para que a Manuel Núñez Encabo le surjan dudas y crea conveniente que se explique pormenorizadamente las horas que fueron desde el golpe a la declaración por TVE (Diario 16, 24-2-2001)
La actitud de los Estados Unidos fue deplorable. Además de la declaración de Alexander Haig de que el golpe era un asunto interno, se ha sabido que los servicios secretos norteamericanos estaban al tanto de la intención de los conspiradores y que mantuvieron una actitud repugnantemente neutral

Los demás autores (Cernuda, Jáuregui y Menéndez; Fernández López, Carcedo) califican de gran mentira la implicación del Rey, una imagen creada por los golpistas durante el juicio por el 23 F que todavía perdura en gente interesada en proyectar sombras sobre el monarca (ABC, 18-2-2001; Justino Sinova, El Cultural, 21-2-2001, Josep Clemente, La Razón, 24-2-2001) La explicación más verosímil del comportamiento del monarca la proporciona Charles Powell, quien sostiene que estaba obligado a desenvolverse con una deliberadada ambigüedad, única forma de hacer avanzar el proceso democrático sin la oposición beligerante de los militares ultras, ambigüedad que, al tiempo, les permitió a estos creer que podría haber apoyado una solución no constitucional, momento decisivo en el que tuvo que desvelar su compromiso con la democracia (La Vanguardia, 18-2-2001) Como remache están las revelaciones de la diputada Anna Balletbó: cuarenta minutos después de la entrada de Tejero y sus hombres en el Congreso habló con el rey y éste le reafirmó su compromiso con la democracia (La Razón, 18-2-2001; El País, Cataluña, 23-2-2001).

La actitud de los Estados Unidos fue deplorable. Además de la declaración de Alexander Haig de que el golpe era un asunto interno, se ha sabido que los servicios secretos norteamericanos estaban al tanto de la intención de los conspiradores y que mantuvieron una actitud repugnantemente neutral (La Razón, 25-2-2001). Oliart señala que tuvo que llamar la atención del embajador Todman por entrevistarse con un capitán general (El País, 23-3-2001) Al parecer, a los yankis les había parecido muy mal la legalización del PCE y el abrazo de Suárez al dictador comunista Fidel Castro (Josep Maria Sòria, La Vanguardia, 16-2-2001) Por el otro lado, la URSS no se andaba con sutilezas: sin más preámbulos, Gromiko amenazó a Calvo Sotelo con más atentados de Eta si España ingresaba en la OTAN (Oliart a El País, 23-3-2001)
Para Miguel Roca la asonada revaloriza el período de la transición, las difíciles condiciones que hubo se superar, por lo que critica a los que ahora, fuera del contexto tan delicado en que se desarrolló, la desdeñan por sus limitaciones o parquedad de los avances

La posible implicación de civiles tiene que ver más con la pasividad y el estar a la expectativa que con una acción propiamente dicha, con ser muy importante lo primero en los casos de instituciones o gente importante, desde los obispos a las organizaciones empresariales, pasando por personas de relevancia que no quisieron abrir la boca cuando les llamaban de la SER para entrevistarles (Rafael Luis Díaz, El País, 23-2-2001) Lo más destacado son las declaraciones de Verstrynge sobre cómo él, Gabriel Camuñas y Fernando Suárez tardaron cuatro horas en sacar el apoyo de la plana mayor de AP a favor de la Constitución y la información de Oliart acerca de un grupo de ultraderecha armado que se dirigía hacia el Congreso ocupado por Tejero cuando fue parado y despojado de las armas por los hombres de Aramburu Topete (La Razón, 18-2-2003; El País, 23-2-2003)

Lo más destacado de las novedades es la descripción minuciosa de la implicación del CESID, en especial de Javier Calderón y de Cortina en el golpe del 23F tanto en la planificación como en el apoyo organizativo (Antonio Rubio y Manuel Cerdán, El Mundo, 22-2-2001) Las páginas dedicadas al asunto, encabezadas por las del libro de Jesús Palacios, son innumerables y la complicidad en la trama está contada con todo detalle, a lo que añade lo ya comentado al principio de esta revista, la ofensiva contra Calderón por parte de los periodistas adictos al gobierno popular empeñados en una crítica feroz a tan poco tiempo de sus relevo en el cargo, sobre todo teniendo en cuenta que fue nombrado por el gobierno Aznar (Josep Maria Sòria, La Vanguardia, 16-2-2001; ABC, 18-2-2001; Justino Sinova, El Cultural, 21-2-2001). Luis Solana se llega a preguntar para qué tanto interés sobre el CESIS si históricamente es más importante lo que ocurrió en las capitanías generales (El País, 23-2-2001) Solo Cernuda, Jáuregui y Menéndez, junto a Javier Fernández López y Carcedo, consideran que las pruebas son de poca entidad y que el asunto no está aclarado (Josep Maria Sòria, La Vanguardia, 16-2-2001)
Cabe subrayar las posiciones de los que sostienen que no cabe calificar al golpe de sainetesco o tomárselo a la ligera porque algo así no hubiese cuajado en la Europa de los 80. Aunque militarmente fue mal planificado, pudo haber triunfado y derivado en una situación tan trágica como la ocurrida en Argentina o Chile

Todos los autores están de acuerdo en que el golpe supuso un reforzamiento del sistema democrático y la monarquía constitucional, que actuó como un boomerang sobre los militares golpistas pues identificó de forma definitiva a la nación con la democracia. Para Miguel Roca, además de esto, la asonada revaloriza el período de la transición, las difíciles condiciones que hubo se superar, por lo que critica a los que ahora, fuera del contexto tan delicado en que se desarrolló, la desdeñan por sus limitaciones o parquedad de los avances (Miquel Roca, El Mundo, 23-3-2001).

Por último, cabe subrayar las posiciones de los que sostienen que no cabe calificar al golpe de sainetesco o tomárselo a la ligera porque algo así no hubiese cuajado en la Europa de los 80. Aunque militarmente fue mal planificado, pudo haber triunfado y derivado en una situación tan trágica como la ocurrida en Argentina o Chile. Esta opinión la sostienen militares tan acreditados por sus estudios y análisis como Javier Fernández López y el general Piris, además de otros autores y opiniones editoriales (El País, 23-2-2001 y El Periódico, 24-2-2001; Estrella Digital, 23-2-2001; La Razón, 23-2-2001; La Vanguardia, 23-2-2001). Sólo Jaime Campmany, conocido "luchador por la democracia" durante el franquismo, se muestra escéptico y anota, tras indicar que llegó tarde al Congreso, ¡a una sesión de investidura!, siendo como era cronista parlamentario, que en su barrio, inmediaciones de la plaza de Cuzco (el centro moderno de Madrid), que no era precisamente un barrio de votantes de izquierda, la gente paseaba tranquila, que el pueblo es sabio y preveía el fracaso de la intentona (¡pero qué bien conocen algunos al subsodicho, leñe!) (ABC, 22-2-2001).
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