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Eduardo Mendoza: <i>El enredo de la bolsa y la vida</i> (Seix Barral, 2012)

Eduardo Mendoza: El enredo de la bolsa y la vida (Seix Barral, 2012)

    TÍTULO
El enredo de la bolsa y la vida

    AUTOR
Eduardo Mendoza

    EDITORIAL
Seix Barral

    OTROS DATOS
Barcelona, 2012. 272 páginas. 18,50 €



Eduardo Mendoza

Eduardo Mendoza


Reseñas de libros/Ficción
Eduardo Mendoza: El enredo de la bolsa y la vida (Seix Barral, 2012)
Por Justo Serna, lunes, 7 de mayo de 2012
Eduardo Mendoza tiene un gran éxito. Lo siguen lectores de mucha enjundia y gentes del montón (si se me permite decirlo así). Logra la aleación de lo incompatible, de lo aparentemente insoluble: la alta y la baja cultura, el guiño de la elite y la conformidad del público municipal y espeso. Mendoza es un hombre de gran sabiduría, de gran labia, de gran zumba, alguien que se oculta tras un pronto tímido, adusto: como un perito en lunas, dueño de grandes destrezas verbales; o como un perito en lunáticos, que conoce la psicología averiada de los coetáneos. Algunas de sus creaciones más festivas, algunas de sus novelas más socarronas, logran alcanzar los primeros puestos de ventas. ¿Un ejemplo? El enredo de la bolsa y la vida (2012).

Es ésta una historia divertidísima en la que se burla de la crisis, nuestra crisis: en sus páginas salen bazares chinos en plena expansión y peluquerías de señoras sin clientas; salen estatuas vivientes y fanáticos de chiste; salen alcaldes de Barcelona de gran facundia, mandatarios europeos de postín y vecinos recelosos, ya resignados. Esta historia es, sí, un enredo: en el fondo, una novela nada fantasiosa. Es decir, una farsa algo insensata, por momentos asombrosa y finalmente costumbrista.

 

En tiempos de recesión, nada es tan raro, nada es tan extravagante  como creemos. ¿Un terrorista que se llama Alí Aarón Pilila? ¿Unos comerciantes asiáticos de gran pompa? ¿De qué nos sorprendemos? Pasamos apuros o estrecheces (unos más que otros, oigan), no esperamos gran cosa y hay pocos cuartos en la bolsa. De esa bolsa habla Mendoza en su novela: como los pícaros de siempre, como Lázaro de Tormes. Y habla de la vida que comparten los personajes de El enredo…: tipos locos, incluso majaderos, pero fraternales. No es pequeña lección para el género humano: quizá, la meta no es ser enteramente racionales, sino sensatamente razonables y solidarios. Podemos estar desnortados, qué remedio. Pero a la vez podemos remontar nuestros desvaríos --esa brújula perdida-- con un poco de arrojo y mucha hilaridad. ¿Es posible? A mí, si me permiten esta expansión, me gustaría vivir en una Barcelona de esa índole. El colmo sería convertirse en un personaje de esta fábula.

 

El autor no bromea con lo grave. Lo que hace es quitarle hierro, empañar el brillo o restarle solemnidad a la hinchazón. Además nos habitúa a lo hilarante. Pese a lo que pueda parecer, los contemporáneos no estamos acostumbrados al júbilo y a la inteligencia: nos resignamos a la pompa y al abatimiento. Lo bueno de estas hazañas que Mendoza nos cuenta es que tienen su contexto corriente, su circunstancia ingrata, su cosa ordinaria. Desde El misterio de la cripta embrujada (1979) hasta El enredo…, la chirigota es su motivo y la pesadumbre es su trasfondo: protagonizadas por un tipo avenado que habla en primera persona, que narra con desparpajo y celo, dichas historias son un retrato del desatino que nos envuelve. Hay que ver cómo se expresa. Parece catedrático de Salamanca.

 

Un pasatiempo de Mendoza nos hace pensar y dolernos: nos hace interrogarnos sobre lo inverosímil, sobre la incoherencia que nos rodea. Si no fuera por el humor, sus novelas serían reprimendas muy feroces. Pero Mendoza es un caballero que espera desternillarse. O un señor que aspira a desatornillar las tuercas de este inmenso engranaje. Que dichas historias despierten la simpatía del gran público no significa que sean objetos de mero consumo, algo banal y puramente alimenticio. Desde luego, esas novelas alimentan, nutren: como un aperitivo, sus ocurrencias nos sacian temporalmente. No es poca cosa. Cuando disfrutamos de un tentempié no buscamos el empacho. En un piscolabis identificamos sabores conocidos y reconocidos, buena materia prima y esmero en la elaboración. No esperamos el empalago de una comilona. Queremos exquisiteces livianas. Entre risas –las del autor y las de sus destinatarios--, las ficciones de Mendoza nos instruyen, nos regañan: nos ilustran, en fin.

 

Hay una tradición cervantina que el novelista asume. Y hay unas corrientes (la que viene de Galdós y la que viene de Baroja) que el autor incorpora. Antes que nada, Mendoza es lector de esos gigantes y como tal se propone pasárselo bien. Procura aprender, asimilar y aceptar lo que en el género novelesco más hondura tiene: el humor, que es esfuerzo y transpiración, sí. A la etiqueta y la solemnidad, Mendoza opone la carcajada y lo chocarrero, esa juerga de señor circunspecto.

 

Hay un lugar común: aquel según el cual hacer reír es tarea menor; aquel según el cual lo atormentado es más distinguido que lo cómico. Y sin embargo, como ya nos advirtió Umberto Eco, la risa es disolvente, la expresión del sentido común que tanto temen los poderes ampulosos, que no facundos. Mendoza tiene mucho sentido común y gran elocuencia, que no grandilocuencia. De hecho, cuando lo ves, parece un señor parco, incluso conservador: un catalán morigerado, moderadamente burgués. Tal vez por eso, Mendoza no tiene nada de enfático o campanudo. Como tampoco las historias que cuenta: siempre escritas en un español de gran precisión, de  mucho celo.

 

Sencillamente, el novelista desconfía de la marcha de las cosas. Por ello, sus creaciones son logros: como pequeñas son las hazañas humanas. Y por ello sus novelas son ligeras, deliberadamente ligeras: vodeviles, sainetes, comedietas. Por su parte, los personajes son livianos. Con dos trazos están definidos y nombrados: Rómulo el Guapo, Quesito, etcétera. Ahora bien, esos mismos tipos se ven como personajes de farsa o de ficción y hablan al modo de máscaras ante un público atento (“Nací bonita y bien formada…”). Eso les da un toque sardónico y consciente, paródico, posmoderno: no son marionetas del autor, sino peleles del destino que se sienten observados. Al igual que los humanos, se saben autómatas que un tercero acciona. O en otros términos: se saben servidores de una fatalidad ciega, feroz y mediocre; protagonistas de una farsa de tres al cuarto. Lo esperamos todo, no llegamos a casi nada y, al final, todos acabamos fiambres y calvos, con los pies por delante.

 

Yo espero que estas novelas tengan secuelas o efectos secundarios; que continúen, vaya. Y espero también evaporarme antes de que acabe la saga de Mendoza: sencillamente, para morirme de risa, que no de llanto.

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