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Opinión/Cartas al director
¡Qué bello es vivir!
Por --------, martes, 7 de junio de 2005
¡Qué bello es vivir! Estoy embriagado (enamorado) de la vida.
Me siento enganchado a la vida, y la pulsión de Thanatos no existe, como bien ya definió Wilhelm Reich contradiciendo a Sigmund Freud. La pulsión de Eros, cuando es llevada a su máximo esplendor, es la generadora del bienestar, del deseo de reproducir eternamente el momento, el instante inabarcable, el placer inmenso que produce la vida, si ésta es saboreada sin reparos, sin peros, comprometido con el devenir. Es cuando el instante se hace sublime, cuando se extiende plenamente, como el ‘Gran Big Bang’ cósmico, fundiéndose con todo el pasado y todo el futuro, en la eternidad. Es cuando el ‘libre albedrío’ se siente que no tiene nada de importancia, es cuando ‘el camino se hace al andar’ de Antonio Machado pero con la plenitud del instante que enlaza todo: pasado, presente y futuro. Es cuando la pulsión por el arte se hace Arte (con mayúsculas), cuando la vida se hace Vida, cuando te das cuenta que vivir no es sobrevivir.
Yo soy hombre, y ya en la ‘tercera edad’, y dicen que si la ‘Lolita’ puede producir placer a una persona como yo, pues no lo sé, puede que sea un placer más de saborear la vida, no me importa, soy de la opinión de que la belleza está en todo y sobre todo sin olvidar la de ‘una hoja de hierba’ como diría Walt Witman.
Amo la vida cuando me ‘comunico’ con ella, mi genética, heredada de mis progenitores ascendiendo hasta el principio del principio, o sea el Todo, la hago mía plenamente, comprometido con todo el acontecer que ha habido, integrándolo como un todo necesario, con todo lo que a nivel humano llamamos relativamente ‘bueno’ y ‘malo’, pues todo es vida y debe ser vivida en su plenitud.
El no querer aceptar el acontecer tal como viene es lo que nos hace infelices, es lo que nos llena de deseos insatisfechos, generadores de: tristeza en el vivir. ¿Por qué querer cambiar el momento, por qué ‘no querer’ ver la belleza inmensa, el arte sublime que aporta, en sí, el momento y, vivirlo plenamente?
La pulsión por vivir la Vida dionisiacamente como propuso Friederich Nietzsche, con ese comprometerse con el instante único e inabarcable, pero no por ello desanimándote, y, por cobardía desenganchándote, y, por desánimo frente al reto de la potencia vital que representa la lucha titánica y tragicómica del vivir, abandonar este compromiso en beneficio de un ‘más allá’ hipotético y cobarde con el ‘más aquí’ vital y real.
El abrazo vital con el instante, sin peros, es el único camino a eso que idealmente llamamos felicidad. Cuando se abraza el instante sin cortapisas, sin prejuicios, fresco como un niño, con la curiosidad vital en la Unicidad con el Todo, es cuando se alcanza la felicidad, es cuando, siendo la pulsión de Eros máxima decimos embriagados de la vida: ‘ya no me importa morirme ahora mismo’; es una explosión tal de plenitud que se expresa en su opuesto como un espejo: invertido.
Dejarse acunar por el río de la vida, como diría Heráclito el oscuro, es la máxima integración con el Todo, también se puede decir que eres Dios; ¡por qué no, si verdaderamente sientes que está todo unido!
En fin, ¡qué bello es vivir: así!
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