Sin embargo, las memorias de J. G. Ballard muy poco o nada tienen en común
con el tono general de sus ficciones, y siendo en mi opinión magníficas, sí hay
que anunciar que están escritas ateniéndose a las normas más habituales del
género y casi en voz baja, sin alharacas ni sobresaltos de ningún tipo. La
autobiografía de Ballard, a grandes rasgos, plasma la vida normal de un hombre
completamente normal, afectado o condicionado, eso sí, por su vocación de
escritor y por el contexto histórico que le tocó en suerte vivir, contexto
plagado, como todos los momentos de la historia, de acontecimientos más o menos
extraordinarios.
Otro dato que me parece suficientemente significativo a
la hora de acercarnos a estas memorias, es que son una despedida. Al autor, que
cuenta ahora con 78 años, su médico y amigo le diagnosticó un cáncer, y a la
vez, como parte del tratamiento, le convino a escribir este libro, la historia
de su vida, con el doble objetivo de dejar rastro directo de su memoria y su
tiempo, y también de olvidarse de la enfermedad en la medida de lo posible.
Señalemos, por tanto, la obviedad: en Milagros de vida (una
autobiografía), J. G. Ballard nos cuenta su vida, una vida, como ya he
señalado más arriba, completamente alejada de la extravagancia o la rareza que
sus obras de ficción pudieran sugerir.
Ballard nació en 1930 en China,
en la ciudad de Shanghai, casi dos décadas antes de que Mao y sus huestes
aislaran el país y lo sometieran al comunismo y la Revolución Cultural. La
ciudad en la que vino al mundo el escritor era entonces una urbe cosmopolita,
dominada por las delegaciones de las viejas potencias imperiales occidentales,
fundamentalmente Gran Bretaña, Francia y Alemania. El padre de Ballard dirigía
una industria textil en Shanghai y su familia vivía exactamente bajo los
parámetros más tópicos que podamos manejar del colonialismo decimonónico, casi
victoriano: mansión inmensa, un ejército de criados nativos al servicio de los
señores, lujos y adelantos occidentales, un sentido sólido de superioridad
racial, cultural y moral…, todo acompañado de una intensa vida social y de unas
frívolas distracciones completamente ajenas al entorno en el que éstas se
producían.
Ballard y su familia, así como otros
occidentales que vivían en Shanghai, ciudadanos de países en guerra con Japón,
fueron encerrados en 1943 en el campo de concentración de Lunghua. El
confinamiento duró hasta el término de la guerra en 1945. La experiencia en el
campo de concentración no fue traumática para el futuro escritor, aunque sí
determinante para su existencia por la propia excepcionalidad del caso. Las
páginas de Ballard dedicadas a aquel tiempo son de lo mejor del
libro
Así, la infancia de Ballard se desarrolló en una atmósfera
de completa y confortable seguridad colonial, siendo uno de los miembros
inconscientes de la élite dirigente europea en la gran ciudad china, estando
rodeado de un sinfín de comodidades materiales, siendo educado en la creencia
inmutable de la superioridad indestructible del imperio británico, paseándose
libre y alegre por las calles del Shanghai europeo, contemplando en la distancia
la pobreza y sometimiento de los nativos chinos, y alejado casi por completo del
cariño y trato de unos padres demasiado ocupados en trabajar y en asistir a
recepciones, bailes, fiestas, partidas de bridge y demás acontecimientos
sociales que tenían lugar en el seguro sector occidental de Shanghai.
Los primeros años de su infancia en China los cuenta Ballard con una
naturalidad pasmosa, sin hacer especial hincapié en las problemáticas
económicas, sociales o políticas que entonces se daban. Es decir, el escritor
narra con detalle y pulcritud, cuenta sus recuerdos y experiencias de esa etapa,
pero nos libra de extensas reflexiones políticas realizadas a posteriori, nos
ahorra moralinas o autojustificaciones. Tan sólo trata de poner un espejo
preciso y sincero ante los recuerdos que estructuran su pasado, su propio
tiempo, y somos nosotros, los que contemplamos el reflejo que nace del espejo,
quienes debemos establecer, si nos place, las pertinentes conclusiones, las
inevitables moralejas. Ballard narra su realidad, lo que para él fue real en
aquel tiempo, y, al menos directamente, no juzga, no establece cerradas
conclusiones.
Parte de los años de infancia de Ballard coinciden con la
ocupación de China por parte del ejército japonés, ocurrida en 1937. El suceso
apenas sí supuso cambios significativos en el día a día del muchacho, cambios
que sí se dieron, y de forma radical, con el segundo acontecimiento histórico
que marcó la vida infantil y adolescente de Ballard. Me refiero, como habrán
adivinado, al bombardeo japonés de Pearl Harbour, y la entrada en la II Guerra
Mundial de Japón y los EE.UU.
El término de la guerra y la salida
del campo de concentración marcan el final de la primera parte de la
autobiografía de Ballard y también un antes y un después en su vida. Tras la
guerra, Ballard fue enviado por sus padres a Inglaterra, dando paso así a un
duro periodo de adaptación a la vida en el país de origen
Ballard y su familia, así como otros centenares de
occidentales que vivían en Shanghai, ciudadanos de países en guerra con Japón y
Alemania, fueron encerrados en 1943 en el campo de concentración de Lunghua. El
confinamiento duró hasta el término de la guerra en 1945. La experiencia en el
campo de concentración no fue traumática para el futuro escritor, aunque sí
determinante para su existencia por la propia excepcionalidad del caso. Las
páginas de Ballard dedicadas a aquel tiempo son de lo mejor del libro, y se leen
con un subrayado interés en el que se entremezclan lo patético y lo divertido,
la tragedia y la comedia, lo terrible y lo excepcional, lo decididamente macabro
y lo decididamente dulce y sentimental. El tiempo pasado en el campo de
concentración, filtrado por el tamiz de la fábula y la ficción, sirvió de base
para una de las novelas más conocidas del autor, la que llevó al cine con éxito
el cineasta Steven Spielberg,
El imperio del sol.
El término de
la guerra y la salida del campo de concentración marcan el final de la primera
parte de la autobiografía de Ballard y también un antes y un después en su vida.
Tras la guerra, Ballard fue enviado por sus padres a Inglaterra, dando paso así
a un duro periodo de adaptación a la vida en el país de origen. Comienzan en
Inglaterra los años de búsqueda de sí mismo, años marcados por la difícil
relación con su familia, el inicio de estudios y actividades profesionales que
no acabó de llevar a puerto (Medicina en Cambridge, o piloto del ejército
británico), y la vocación de escritor.
Cuatro son en mi opinión los
puntos determinantes de la segunda parte del libro, la que ocupa los años
iniciales en Inglaterra hasta el tiempo presente. El primero es la lúcida
descripción y constatación de la profunda decadencia de la Gran Bretaña, la
constatación in situ, sobre el terreno, de que el viejo sueño del imperio
inmarchitable era sólo una tosca y almibarada pesadilla. En este sentido las
páginas de Ballard son impagables, una lección de historia escrita desde la
perspectiva personal. Kipling pero al revés.
Desde la crónica y memoria personal
de un mundo ya desaparecido, también se hace crónica y testimonio de momentos
claves de la historia del siglo XX. Milagros de vida ofrece un milagroso
testimonio de vida y de historia
El segundo
punto de notabilísimo interés es la vida familiar, tan esencial en el devenir
vital del escritor. Él mismo lo reconoce, pocos, muy pocos sospechaban que el
autor de tramas tan duras e impactantes como
Noches de cocaína o
Crash, abandonaba en su punto álgido las fiestas literarias celebradas en
Londres para acudir al cuidado de sus tres hijos pequeños. La temprana muerte de
su mujer, su condición de viudo y padre treintañero, hizo que Ballard
antepusiera la crianza y educación de sus hijos a cualquier otro aspecto de su
vida, elección de la que asegura no sólo no arrepentirse, si no que, junto a su
segundo matrimonio, es la clave, los cimientos sobre los que ha desarrollado
todos los aspectos importantes de su vida.
El tercero es el desarrollo
de su carrera como escritor, y sobre todo sus opiniones sobre la importancia y
caminos de la literatura de ciencia ficción en las últimas cuatro décadas. De
nuevo estamos ante un verdadero tratado con respecto al tema, pero un tratado
alejado de todo academicismo, contado con sencillez y honradez…, una lección
magistral.
El cuarto y último punto es el que se refiere a la
efervescencia cultural y artística londinense que explotó a partir de los años
sesenta del siglo pasado, y de la que el viudo Ballard fue testigo y
protagonista directo. También estas páginas se me antojan fundamentales a la
hora de abordar el asunto, y creo que en el futuro serán ineludibles para los
estudioso de esa parte de la historia de la cultura británica y occidental.
El regreso a Shanghai en 1991 para volver a ver los escenarios de la
lejana infancia, y la llegada de la fatal enfermedad, determinan el final de la
obra, y funcionan como una elocuente y conmovedora caída de telón que señala el
final de la obra, el final de la representación. Y en efecto, estas memorias,
esta magnífica y elocuente autobiografía, es el final, la despedida de la escena
de un gran escritor, J. G. Ballard.
Ya sólo en este sentido la obra
merecería la pena, pero es que, como ya se ha dicho, el libro es mucho más, y
desde la crónica y memoria personal de un mundo ya desaparecido, también se hace
crónica y testimonio de momentos claves de la historia del siglo XX.
Milagros
de vida ofrece un milagroso testimonio de vida y de historia, y lo hace en
voz baja, sin levantar la voz, en el tono de una amable y cuidadosa conversación
entre amigos, mientras se toma el te y se contempla el viejo jardín desde la
ventana un poco desconchada de lo que fue nuestra vida.